LOS LIBROS QUE NOS VOLARON LA CABEZA
En mi casa siempre se leyó harto, y desde chico mis papás me pasaron libros que consideraban importantes, mucho antes de que tuviera la edad “apropiada” para ellos. Pasaba lo mismo con el cine, y esos dos mundos se fueron mezclando y ayudando a formar mi personalidad desde muy chico. Todavía no entendía demasiado sobre cómo iba a ser la vida real, pero ya había leído dos libros que fueron igual de formativos para mi: El guardián entre el centeno y La senda del perdedor, novelas que mi papá me mostró como contrapartes del coming of age.
Debo haber tenido once años cuando intentaba malabarear las dos visiones tan opuestas que esas novelas presentaban sobre lo que significaba crecer, sobre lo que los adultos representan y sobre el convertirse en un individuo en busca de un futuro ya fuese luminoso o sombrío. En medio de eso, iban apareciendo más clásicos literarios, más películas, más discos y todo me maravillaba, pero faltaba algo en ese proceso. Y fue una película la que me dio la respuesta.
Rebeldes (The Outsiders) apareció de chiripa en la tele abierta cuando estaba entrando realmente a la adolescencia y me mostró lo que había estado buscando: una pandilla. La historia de Dallas, Johnny y Ponyboy representaba algo que muchos libros no me habían podido enseñar de forma tan directa, no era la camaradería épica de Tolkien ni las amistades poéticas y artísticas de Bolaño, eran solo un montón de chiquillos queriendo crecer juntos y vivir aventuras que los mantuvieran unidos. Eso era lo que yo quería, y Coppola me lo restregó en la cara con doblaje al español a través de La Red.
Esa misma semana me enteré de que la película estaba basada en una novela de Susan E. Hinton, y corrí a la biblioteca a buscarla, pero no estaba y la bibliotecaria me dijo que no era un libro que estuviera en todos lados, pero que la misma autora tenía una novela todavía mejor, y que estaba ahí mismo en la repisa: La ley de la calle.
La portada mostraba a un chico con chaqueta de cuero y una moto al fondo. El título gritaba peligro. Mis manos se aferraron a esa edición escolar vieja como si hubiesen encontrado el texto sagrado de una religión creada solo para mí. Lo leí entero ese mismo día, y lo volví a leer al día siguiente. Ese libro tenía más que lo que yo había conseguido viendo The Outsiders, porque también retrataba las amistades, el compañerismo y las aventuras; pero presagiaba algo que yo ya empezaba a intuir: las cosas no duran para siempre, y estos años maravillosos son pocos y solo viven en el recuerdo.
En mi casa me dijeron que más adelante en el colegio mis compañeros también iban a leerlo, porque a mi hermano mayor le había tocado. Intenté conectar con él sobre la increíble relevancia que ese libro tenía para cualquier adolescente, pero a él no le había pasado nada similar, incluso lo había encontrado latero. Mi papá tampoco había conectado mucho con el libro, pero me dijo que había una película maravillosa también de Coppola . La consiguió pirateada en pocos días.
Rumble Fish representaba exactamente esa diferencia que yo había hecho entre las dos historias de Hinton. Era un película en blanco y negro, mucho menos alegre, misteriosa, triste, abrumadora. Mickey Rourke como el Chico de la moto era la viva imagen de un descontento adulto que yo solo podía imaginar por esos días. Rusty-James, por el otro lado, era todo lo que yo quería ser en ese momento: un chico con actitud, con amigos siempre a su lado, con la única meta de vivirlo todo y verse bien haciéndolo.
Convencí a mis amigos de leer el libro y ver la película, y varios de ellos encontraron eso mismo que me había cambiado la vida. Nos citábamos partes de la novela, y cada uno andaba con su copia para todos lados. No podíamos comprar cigarros, así que conseguíamos papelillos y los llenábamos con lo que quedaba en las colillas de los paraderos. Sabíamos que había mejores maneras de conseguir tabaco, pero esa nos hacía sentir más en blanco y negro. Más cerca de la moto.
Dejamos de andar en bici y en micro y empezamos a caminar a todos lados. Cambiamos las poleras infantiles por sudaderas blancas que nuestras mamás nos compraban en Caffarena, y usábamos muñequeras de cuero que conseguíamos en ferias artesanales en puestos hippies. Incluso llegué a pedirle a mi mamá unos pantalones de cuero suyos que me quedaban apretados y me tiraban los pelos de las piernas. Parecíamos una mala banda tributo a Bon Jovi, pero nos sentíamos rebeldes, y aunque alguien se riera, las páginas de ese libro eran el mayor refugio.
El tiempo iba pasando y aparecieron nuevas cosas que nos volaron la cabeza. El grunge nos hizo cambiar las sudaderas por camisas a cuadros y chalecos rotos. La mayoría de mis amigos cambiaron el tabaco por los pitos y las caminatas se volvieron más sobre sentir la naturaleza citando a Spinetta que sobre ser una pandilla y jurar venganzas imaginarias. Mi pandilla descubrió los libros que mis papás me habían hecho leer cuando yo era muy chico, y Salinger con Bukowski volvieron a mi vida a decirme que quizás necesitaba una relectura con más experiencias en el cuerpo. Tenían razón.
Hace un par de años me encontré una edición vieja de Penguin de La ley de la calle en su idioma original, lo releí en una sola tarde y luego vi la película. Unos días después encontré, de la misma colección, una copia de Rebeldes e hice lo mismo. La sensación fue parecida a cuando uno ve una foto antigua y se pregunta en qué momento perdió su polera favorita de los Sex Pistols. Me pregunté en qué momento específico había pasado de Rusty-James a un Holden Caulfield treintañero. Nostalgia de esa que te deja en un limbo etario.
A esta edad y con esta guata si salgo a la calle solo con sudadera, parezco más un personaje de Los reyes de la colina que de La ley de la calle, pero hubo algo en este reencuentro con ese libro, el que me voló la cabeza, que hizo un click maravilloso en mi memoria. Escribiendo este texto tuve que parar unos minutos para enchufar la guitarra y tocar todos los riffs que no tocaba hace años y que en un momento creí que eran lo más importante que existía. Lo hice recordando a amigos que ya no sé dónde están, y pensando en escribir un cuento sobre pandillas. Y tal como esa noche viendo La Red, esa mañana en la biblioteca del colegio, y tantos otros días que espero sigan llegando… mi cabeza estalló en mil pedazos.

Martín Sepúlveda es autor de los libros de relatos El Diablo También y Los Perros Perdidos, y de los libros Twin Peaks: guía de campo y Los Soprano: guía de campo. También es guionista de cine y pintor.








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