(Por Martín Sepúlveda)
No hay nada más agradable que salir del cine con esa sensación rara y maravillosa de haber visto algo que se va a quedar contigo más tiempo del que esperabas, algo que apenas terminó te hizo decir: maldito genio. Porque One Battle After Another no es solo una película nueva de Paul Thomas Anderson, es un recordatorio de que en el cine todavía hay historias, imágenes y momentos que pueden sacudirnos de una manera que muchos creen que ya no existe.
En esta gloria narrativa comienza con Leonardo DiCaprio como Bob, un revolucionario tan adorable como patético, al que Anderson filma siempre al borde del colapso, como si un viento un poco más fuerte lo fuese a derribar. Su compañera Perfidia (una encandilante Teyana Taylor) es todo lo contrario: violenta, magnética, feroz, casi una caricatura de poder que se come la pantalla y a cualquiera que se le cruce, incluido a un coronel reaccionario con aires de caricatura reptil, que representa una de las mejores actuaciones de Sean Penn, y probablemente uno de los mejores villanos de la memoria reciente. Es la tensión entre lo desbordado y lo íntimo en este triángulo de personajes lo que detona una explosión que no se detiene hasta los créditos finales y más allá.
Sin embargo, la verdadera película comienza dieciséis años después de nuestro primer encuentro con estos revolucionarios, en un momento en el que ya no queda lucha alguna en el cuerpo alcoholizado y ahumado de Bob. Por un momento Anderson baja un poco la velocidad y se dedica a mirar cómo las nuevas generaciones cargan con las ruinas de las viejas revoluciones. DiCaprio, hundido en drogas y recuerdos, contrasta con la energía implacable de su hija adolescente (la increíble Chase Infiniti) que practica artes marciales con un Benicio del Toro que se roba cada escena. Luego, el pedal se pisa a fondo sin descanso.

Adaptar Vineland de Thomas Pynchon suena a una misión imposible y de plano descabellada, pero lo que hace Anderson está a años luz de una adaptación convencional. No le interesa la literalidad, sino el espíritu: toma la rabia política, la paranoia histórica y la comedia desbordada de Pynchon y las convierte en una especie de cóctel pulp, nervioso y acelerado, donde las ráfagas de metralleta y silencios fúnebres tienen el mismo peso. Una mezcla que me hizo pensar varias veces en los hermanos Coen, y su propia mirada absurda y brutal del No Country for Old Men de McCarthy: el caos del mundo desatado, pero filmado con la calma implacable de quien sabe exactamente dónde clavar la cámara.
El mayor acierto sobre esta adaptación, fue haberla traído al contexto actual: los campos de detención en la frontera, la violencia policial, las redadas del ICE, la sombra de Trump como un asco generalizado. Anderson no filma un panfleto, no busca dar sermones, pero sí coloca a sus personajes en un mundo donde la represión está normalizada y donde el contraataque revolucionario tiene algo de tragicómico, algo de desesperado. El eco de los años sesenta y ochenta de Pynchon se trae aquí al presente, y aunque hay alusiones reconocibles, lo que queda es la sensación de que todo sigue igual de podrido.

Lo más impresionante, sin embargo, es que One Battle After Another nunca se siente solemne. Tiene acción desbordada, escenas surrealistas, diálogos que rozan lo absurdo, pero nunca pierde la gravedad de lo que cuenta. Es un thriller, es una comedia política, es un drama familiar, y al mismo tiempo es todo junto, y funciona. Anderson parece tener el secreto para que el caos se vea ordenado, para que la violencia no ahogue la ternura, para que la farsa conviva con el dolor.
Pero no todas las flores son para PTA, hay que aplaudir a su eterno colaborador musical: Jonny Greenwood. Otra vez desafiando la paciencia del espectador con un pulso eléctrico que empuja la película como si fuera una metralleta con balas infinitas. Una música incidental maratónica que combinada con las increíbles selecciones musicales revolucionarias, terminan logrando que la película en sí misma sea un organismo que respira a su propio ritmo.
Anderson es uno de los directores con más tema y talento que hay en el mundo hace bastante tiempo, y es difícil mencionar favoritas en una filmografía que bordea la perfección, por lo que no voy a decir si esta es su mejor película o no. Solo puedo decir que es de esos eventos que nos recuerdan que el cine está para contar historias y removernos, que las películas siguen siendo tan mágicas y trascendentales hoy en día como lo fueron en su mejor época.
One Battle After Another es puro cine.








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