(Por Daniel Hidalgo)
“Apenas tengo dieciséis, pero sé que los momentos más felices que pasé nada tienen que ver con plata” cantaba Milo J, producido por Bizarrap, en «Toy en el Mic». En otra canción de la misma sesión había dicho: “de niño pensé que a los dieciséis iba a morirme y con dieciséis creo que llego a los veinte millonario”. Hoy tiene dieciocho años y hace unos días acaba de lanzar su tercer disco, La vida era más corta, en donde, lejos de explotar su juventud, exuda madurez y una precoz nostalgia que podría entenderse como un pathos de los tiempos.

En la línea de Motomami de Rosalía, El Madrileño de C. Tangana y el más reciente DeBÍ TiRAR MáS FOToS de Bad Bunny, La vida era más corta en lugar de innovar, escarba —que termina siendo otra forma innovar—, en lugar de dar el siguiente paso hacia adelante, va a los orígenes de una cultura argentina, en momentos en que pesa sobre ella una ola de discursos nocivos. En trabajos anteriores ya había realizado ejercicios de exploración, en el trap, en el pop y en los corridos tumbaos, esta vez va al folclor argentino y andino, a la chacarera, la zamba, la tonada, a la guitarra de palo, los charangos y las zampoñas. Pero también a los bandoneones de la milonga y el tango, en ese caudal de influencias que convergen en la tradición rioplatense, cruce entre lo campero y lo urbano. Cabe mencionar la colaboración de Soledad Pastorutti, reconociendo el valor estético del folclor pop, en Lucía; la cita a Violeta Parra en Llora Llora —junto a la chilena AKRIILA— y a la aparición fantasmática de Mercedes Sosa —el feat. como ouija— en la versión del clásico de Jaime Dávalos, Jangadero.
En su Teoría de la vanguardia, Peter Bürger define a ésta como la búsqueda de reintegrar el arte a la práctica vital, arrebatada esta idea por el arte burgués, representado en la institucionalidad que los dadaístas estuvieron cerca de derrocar. Por su parte, el cubano Iván de la Nuez desarrolla en su ensayo Teoría de la Retaguardia una interesante lectura del estado del arte contemporáneo, ya no marcado por la búsqueda de un arte vital en oposición a un arte industrial, sino derechamente por la supervivencia. De la Nuez no indaga mucho más en las posibilidades de una retaguardia estética, sin embargo es evidente que en periodos de crisis del presente, se abre una posibilidad de vanguardia también en el pasado como territorio, archivo y artesanía de un tiempo otro. Así, no resulta extraño que, en contextos en que la separación entre arte y mercado es inimaginable, los propios artistas del gran mercado se refugien en la retaguardia para escapar de él.

El gesto no es solo nostalgia por el pasado ni exclusivamente horror por el presente, es una forma de crítica hacia el ahora y sus dinámicas fagocitarias, en el deseo constante de innovación —“nos vendieron el futuro y nos robaron el ahora”, canta Milo J en «Mientras tanto»— como forma de prolongar su existencia. Esto se evidencia en que, si bien se rescata la memoria sonora y cultural, no se abandona la sensibilidad actual, ni una noción de lo urbano como ideología global, ni las propias reglas del mercado, centrado en reproducciones a gran escala. Bad Bunny, en un ejercicio de descolonización, tuvo también su mayor éxito económico. Del mismo modo, Milo J, rompe con el estigma de promesa de la industria para darle rienda a su trabajo más íntimo y comprometido. Dando a un monstruo, universal y quirúrgicamente formateado, como el denominado género urbano —que ha consolidado su hegemonía no solo a punta de patrones sencillos y repetitivos, sino también con una gramática centrada en todas las representaciones del deseo—, más que un respiro, una bifurcación, donde lo nuevo se reflecta con lo antiguo, donde caben Trueno y Silvio Rodríguez en una confluencia de tradiciones.
Si ya resultaba llamativo que artistas cercanos a los treinta años se valieran de la nostalgia como herramienta estética, La Vida Era Más Corta la ha consolidado como una condición de una actual juventud a la que se le ha arrebatado su identidad. En la Argentina de hoy, en donde un presidente sigue la pauta del Make America great again de discutir infantilmente con sus artistas, a punta de redes sociales y humillación, ejercicios como el de Milo J, nos permiten reimaginar las relaciones humanas y artísticas. No es que Milo J sienta nostalgia por el folclore de los setenta —que no vivió—, sino que establece, a partir de esta nostalgia heredada, un cuestionamiento feroz a un presente borroso o, como dice en la canción que da título al disco, un tiempo en que “fuimos o seremos, ya no importa”.








Deja un comentario