Treinta años después de su muerte, la figura de Kurt Cobain sigue ardiendo con la misma intensidad. En esta conversación, Walter Lezcano reflexiona sobre El chico que moría todos los días y propone mirar al líder de Nirvana desde el presente: no como un mito congelado en los 90, sino como un artista que aún interpela nuestra relación con la rabia, la sensibilidad y la autenticidad.
Partamos por lo más simple, pero también significativo. ¿Cómo llegaste a Nirvana? ¿Qué significó para ti en esos momentos en los que descubriste su música?
Nirvana me llegó por la radio. A principio de los 90 escuchabauna radio alternativa chiquita, de barrio, llamada Suburbana. Y ahí pasaron la canción “About a Girl” de Bleach. Me gustó, pero hasta ahí no más. No me voló la cabeza, pero me alcanzó para que el cantante llame mi atención y prestar atención a ver si agarraba algo de Nirvana en algún canal de cable o en alguna revista o diario. Me atraía mucho esa sensación de furia contenida de Cobain y que todo le molestara, esa sensación de incomodidad constante. Como adolescente me identificaba mucho con eso. Y otra cosa que me gustaba era que Cobain no parecía un cheto, se le notaba la cara de pobre, de vencido que había encontrado en el rock una forma de venganza. De ahí en adelante, desde “About a Girl”, seguí lo que hicieron. No pude ir a verlos cuando vinieron a la Argentina porque mi familia no tenía guita para darme, así que me los perdí. Creo que desde que se suicidó Kurt Cobain, se volvió una suerte de, digamos, obsesión tranquila para mí. Tengo debilidad por los artistas suicidas. Considero que tienen una verdad que se llevan con ellos y nuestro trabajo es tratar de comprender cuál es esa verdad.
En tu análisis, Cobain nunca buscó ser “voz generacional”, pero lo fue igual. ¿Cómo lees esa contradicción entre intención y recepción? ¿Tiene que ver con la personalidad de Cobain, con una especie de “mesías” que encarnó lo que una generación estaba esperando, o más bien con cómo lo vendió la prensa?
Quizás el grunge fue uno de los últimos movimientos “reales” del rock. Es decir: que creció como escena real gracias al público y las bandas y no fue armado por nadie más que por la propia gente que amaba una música que era reflejo de los sentimientos de la época. El grunge fue honesto, de las bases, y luego el mainstream lo agarró y le chupó toda la sangre. Porque eso es el capitalismo y el mainstream: destruir todo lo hermoso y real de este mundo. En este contexto: había un público que había encontrado una banda honesta y del palo como Nirvana, pero fue la prensa y el mainstream que se aprovecharon de esa sensación para llevarla a otro nivel. Y es en ese nuevo posicionamiento en el que se erige esa figura de voz generacional. Cobain era un ciego guiando a otros ciegos. Hasta el último día de su vida dijo que no quería ser el líder de nada, y ni siquiera podía guiar su propia vida.
En el libro se percibe una tensión entre el Cobain artista total (músico, pintor, escritor, cineasta frustrado) y el Cobain reducido al ícono grunge. ¿Cómo trabajaste esa complejidad para evitar el cliché del “mártir del rock”?
Cobain fue una persona muy solitaria casi toda vida. Y en esa soledad cultivó todo eso que bien decís: el cine, el dibujo, la escritura, la pintura, el diseño y el coleccionismo de distintas cosas (loncheras, instrumental médico, etc.). Por lo tanto,tenía una vida interior muy profunda, lo que muestra en su Diario, que en realidad son unos cuadernos y que luego se hizo una selección de ese material escrito. Entonces, y teniendo en cuenta todo esto, traté de ver a Cobain como un artista que aspiró a una suerte de totalidad para poder romper el decorado de considerarlo solo como un músico. Y, además, me interesaba pensar lo siguiente: ¿cuándo empezó a morir Cobain? Creo que la mayor tensión de Cobain era con la vida misma, hizo muchísimas cosas en corto tiempo porque no toleraba la existencia misma. La velocidad y urgencia por crear antes de que se le agote el combustible era parte de esta aventura que intento reflexionar en el libro. Y eso me llevó a pensar algo de esta época: la salud mental como problema y su relación con los procesos creativos de ciertos artistas, la pobreza de Cobain y la manera que influyó en su manera de ver el mundo, y, yendo a lo personal, mis propios pensamientos de suicidio.

Al leer tu libro, así como tras ver documentales y leer las biografías, pareciera ser que la palabra clave con Cobain es la contradicción. ¿Cómo explicar o pensar a Cobain entre toda una red de contradicciones que, a veces intencionadamente y otras sin poder evitarlo, tejía en torno a sí mismo y su música?
Estoy estudiando psicología en estos momentos. Y llegué a la conclusión de que no se puede vivir si no se acepta la contradicción. Solo sobrevive quien incorpora la oscuridad a su existencia. Quien quiere escapar de sus demonios termina devorado por ellos. Me da la sensación de que Cobain quería resolver las contradicciones que son irresolubles y eso lo llevó a un final trágico, cuando todavía tenía mucho para dar. Si Cobain hubiese comprendido que se puede vivir pensando cosas totalmente contrarias todavía estaría entre nosotros. Pero no tenía ganas de crecer y meterse a fondo en la adultez. Y además no pudo zafar de su adicción a la heroína. Era un combo que lo acorraló. También creo que le daba vergüenza ser tan dependiente de la droga. No pudo aceptar que era un yonqui. Cuando tuvo un baño de realidad, cargó la escopeta y se voló la cabeza. Eligió la peor forma de negar la realidad. Pero la realidad no se va por más que uno se esfuerce en rechazarla, la realidad insiste siempre.
Tras leer el libro, queda la sensación de que, tras la admiración, ves a Cobain con un poco de compasión, pero también con algo de temor. ¿Qué tanto hay de cierto en esto?
Es muy complejo admirar a un suicida. No lo recomiendo. Son personas, los suicidas, muy contaminantes, que te pueden llevar a lugares jodidísimos de tu existencia. Por eso, una vez que terminé el libro, me alejé de Cobain y de la música de Nirvana. Me sentía totalmente agarrado de pensamientos derrotados y perdido en un loop de sensaciones suicidas. Fue duro terminar el libro porque me enfrentó con un abismo que me estaba comiendo. Pero lo logré y me despedí de Kurt para que él siga su viaje y yo el mío.
¿Existe después de Nirvana alguna banda o artista que se le acerque en términos de importancia cultural y social, más allá de la música?
Kurt Cobain tuvo la fibra de los que son irremplazables. Por eso todavía su voz, su actitud, sus letras y su guitarra nos sigue hablando: porque nadie puede ocupar su lugar. Y está perfecto. Rompe con la lógica actual de esta época donde vivimos un capitalismo asesino donde todos son descartables y reemplazables. Cobain está, es irremplazable. Por lo tanto, el rock debe ser eso: encontrar otras lógicas para existir.
Para quienes aún no han leído “El chico que moría todos los días”, ¿qué encontrarán en él? ¿En qué se diferencia de otros libros sobre Kurt Cobain?
Este libro es un intento de diálogo con todas esas personas para quienes la música es todavía el misterio máximo que estamos intentado resolver de algún modo.

Walter Lezcano (Corrientes, 1979). Docente, periodista, editor y escritor argentino. Publicó libros de cuentos, novelas, poemarios, ensayos y crónicas. Condujo podcasts y programas de radio. Dirigió tres cortometrajes de ficción. También escribió y dirigió dos documentales. Escribió canciones para grupos de rock y algunos de sus poemas fueron grabados para distintos proyectos audiovisuales. Con su banda Semilla Negra sacó el disco El llamado de la violencia. Trabajó de extra en un videoclip de una banda pop a cambio de alcohol y sanguchitos de miga.








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