Hay pocos libros que me hacen llorar. Uno de ellos fue Las uvas de la ira de John Steinbeck. Puedo decir que me destruyó. Solo tardé diez años en permitirle eso.
Debo haber estado en enseñanza media cuando me llegó el primer libro de John Steinbeck. A una compañera le saqué De hombres y ratones en inglés, pues —según recuerdo— ella tenía que leerlo para una prueba de la asignatura. Removida por el final, pero más hambrienta que saciada, pedí a un familiar mío que viajaba constantemente a Estados Unidos que me trajera todo lo que pudiese encontrar de Steinbeck. La perla fue uno de los primeros que tuve en mis manos. Otra vez, la historia me destrozó. Luego llegó Al este del Edén que, con una lógica bíblica subyacente, contaba la historia de “campesinos miserables” (como suelo etiquetar burdamente a sus personajes) en el país estadounidense. Ese fue el libro más extenso que tuve en esa época, y habiéndolo leído en inglés antes de siquiera egresar de cuarto medio, puedo inclinarme a decir que no lo debo haber entendido completamente. La prosa de Steinbeck es clara, concreta, y usa a su favor todo lo magistral de su idioma natal, lo cual puede exigir más de la cuenta a la lectora más inexperta.
Entre esos libros, esos viajes, y esas maletas con souvenirs, llegó Las uvas de la ira. La edición era de bolsillo, con papel muy fino, más de quinientas páginas y, junto a la fotografía de unos trabajadores estadounidenses de la época, estaba ese título en inglés, amenazador y violento. The grapes of wrath. Un libro cuya historia, ambientada tras la crisis económica de Estados Unidos del 1929, muestra los procesos en los cuales los productores agrícolas son expulsados de sus tierras y forzados a emigrar a California. La historia se enfoca en la familia Joad. Trabajadores, numerosos, exiliados. Algunos de los personajes son un hijo criminal, un ex–pastor, una mujer embarazada. La novela fue transgresora para la época en que se publicó, el año 1939, y tiene una fuerte crítica social. De buenas a primeras, este libro puede que no muestre demasiado atractivo, menos para una adolescente, pero de alguna forma —y por el cariño de quién me los traía, sin cuestionar el material educativo que contenían— terminó en mis manos. Cuando lo recibí debo haber estado finalizando la enseñanza media. ¿Por qué lo postergué tanto? Si fue el libro que me voló la cabeza. Pero, como todo en la vida, tuvo sus vueltas para llegar a ser eso.

El libro es complejo. Las palabras que usa no son sencillas. El trasfondo es difícil de comprender, un poco menos de cien años desde su publicación, sin haberlo estudiado antes. Leerlo en inglés era un desafío, pues escapaba de mi uso diario de este, pero lo acepté con ganas. Tenía que terminar mi cruzada de Steinbeck. Tenía que hacerlo. Está de más decir que Steinbeck es de mis autores favoritos. Aun así, las quinientas páginas eran algo desalentadoras, o más bien intimidantes —es difícil volver a leer como cuando uno era más joven, sin tantas notificaciones, ni listas de libros pendientes—, pero había sucedido algo que me provocaba querer terminarlo, más allá de la necesidad imperante de cumplir con mis lecturas: el familiar que me lo regaló hace más de diez años había fallecido poco tiempo después de entregármelo. Me sentía en deuda una vez que el libro regresó a mí. ¿Cómo honrar sus queridos regalos de viaje? ¿Cómo volver a hablar su idioma? La respuesta era sencilla: leyendo.
Volver a llegar a este ejemplar no fue fácil. Sin querer, lo había dejado a cargo de otro familiar en medio de mudanzas propias, y —finalmente— llegó a mis manos más de diez años después gracias a otra mudanza de esta persona. ¡Diez años después! Pienso en el libro y las vueltas que dio por la vida. También pienso en el valor sentimental que tenía: apenas recibí la caja de libros devueltos, lo tomé como quién toma el Santo Grial. Una promesa, un regalo, un desafío personal. Cuando lo empecé a leer, supe que era lo que había estado esperando tanto tiempo. Una historia compleja, con una riqueza impresionante, un relato de una sociedad que no conocía tan bien y, por supuesto, el valor humano. No hay nada que valore más que eso.
Quizá, por ello también es que el otro libro que me ha hecho llorar ha sido Stoner de John Williams. Acompañar a la familia Joad en sus tragedias, una tras otra, me rompía el corazón y lo enmendaba a la vez. Los discursos del ex–pastor, alejado de la religión, pero con el poder de la palabra aún en su cuerpo, el dolor de la madre, la incomodidad de la embarazada, la muerte inevitable de algunos personajes (¡sin spoilers!) me removió completamente. El final, sobre todo, fue devastador. Lloré, como nunca hago con lecturas. Y podría haberme tirado al suelo del impacto de la historia, pero también porque finalizaba esta cruzada de leer al autor, y mi propia historia personal con él. ¿Habrá quedado contento mi familiar, de verme terminar mi lectura? ¿Estaba yo contenta con hacerlo? A esa última pregunta puedo decir que sí, aunque simultáneamente puedo decir que no. Estaba destrozada. Solo tardé un poco más de diez años en dejar que eso sucediera.
Hoy puedo decir que valió la pena la espera. Las uvas de la ira fue mucho más de lo que esperaba, y esta lectura se alojó en mi corazón sin dudarlo. No hay libro igual a este. No hay historia que se le compare. Aunque, debo confesar algo: nunca he visto la película.

Sofía Troncoso (Santiago, 1997) Escritora. Creció en la ciudad de Antofagasta. Licenciada en Artes y Humanidades en la Universidad Católica de Chile y Máster de Escritura Creativa en la Universidad Adolfo Ibáñez. En 2022 fue reconocida con el premio Roberto Bolaño por su novela Funerales (2023). También participó en la antología Mosaico (2024).








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