ENTREVISTA: Entre pogo, zapatillas extraviadas y filosofía: el ensayo punk de Eduardo Schele

¿Qué tienen en común personajes como Sócrates, Diógenes, Nietzsche o Camus con bandas tan icónicas como los Sex Pistols, Bad Religion, Fiskales Ad-Hok o Flema? Aludiendo a diversos autores, el filósofo Eduardo Schele profundiza en el libro ¿Han visto mi zapatilla? Las filosofías tras la fiesta del punk (Santiago-Ander 2023) en las principales ideas que están tras el movimiento punk, las que muestran una gran similitud con las más variadas teorías filosóficas de estos y otros pensadores. En esta entrevista profundizamos en algunos de esos temas y en las motivaciones para crear un libro poco habitual en las vitrinas de este lado del mundo.

¿Qué te impulsó a escribir este ensayo? ¿Fue una necesidad personal de reconciliar tu juventud punk con la reflexión filosófica o un intento de reivindicar la profundidad intelectual del movimiento?

En parte, este ensayo nace como un ejercicio autobiográfico. Si, como sostenía Nietzsche, las creencias a las que adherimos están intrínsecamente ligadas a nuestra forma de ser, entonces realizar un ejercicio genealógico respecto de la filosofía que uno abraza se vuelve fundamental. En mi caso, desde la infancia cultivé ciertas disposiciones propias del espíritu filosófico: el afán contemplativo, la capacidad de asombro y la necesidad de cuestionar el entorno. Durante la adolescencia, esos rasgos encontraron un cauce natural en las ideas críticas del punk, el aspecto que más me cautivó de este movimiento.

El punk, a mi juicio, puede comprenderse al menos desde cuatro ejes: la música con sus ritmos característicos, la estética que marcó incluso una moda en la forma de vestir y diseñar, la actitud rebelde y, finalmente, las ideas que sostienen esas prácticas. Mi interés se ha concentrado siempre en este último eje: el universo de las ideas críticas, expresadas tanto en las letras como en los manifiestos, que constituyen el corazón del movimiento. En este sentido, encuentro un paralelo con la filosofía, cuyo origen hace unos 2.500 años también se funda en la necesidad de interrogar el mundo.

Las preguntas que me abrió el punk me llevaron a buscar interpretaciones y respuestas más elaboradas. Por eso, no considero que el movimiento se caracterice por una profundidad intelectual en sí misma, sino más bien por ser la expresión de un malestar: el desencanto y la decepción frente a un modelo económico corrupto. Ese inconformismo, como muestra la historia, puede derivar en un nihilismo pasivo —el que canta al “no hay futuro” y a la autodestrucción— o en un nihilismo activo, que desde la conciencia crítica aún se atreve a imaginar un mundo distinto.

En este marco, mi motivación principal al escribir el ensayo fue rescatar tanto al punk como a la filosofía como medios para ampliar la conciencia crítica del lector, subrayando las similitudes que ambos comparten en el plano de las ideas. De ahí la relevancia de figuras como Diógenes el Cínico, cuya actitud vital dialoga sorprendentemente con el ethos punk. En mis escritos busco aportar con análisis e interpretaciones de aspectos poco explorados, que puedan considerarse un aporte a la reflexión. En este caso, el cruce entre filosofía y punk —al menos en lengua española— prácticamente no existía, por lo que la motivación, más allá de lo personal, también respondía a esa necesidad de abrir un espacio nuevo de discusión.

¿Por qué decidiste titularlo ¿Han visto mi zapatilla? y qué simboliza esa anécdota dentro del contexto filosófico del libro?

El ensayo está atravesado por varias anécdotas personales, y la principal —la que da título al libro— ocurrió a comienzos de los 2000 en un bar icónico de Valparaíso. Esa noche tocaban Los Miserables y, como suele suceder en los pogos, uno de mis compañeros de curso perdió una zapatilla. Lo relevante, por supuesto, no era el objeto en sí, sino lo que simbolizaba. Su preocupación no tenía que ver con el valor material ni con el apego a una prenda ya gastada, sino con lo que esa zapatilla le permitía: entregarse sin reservas a la catarsis del baile tribal que provoca esta música, y hacerlo sin salir demasiado herido en el intento.

El punk, entendido como forma de arte, ha sido para muchas generaciones una válvula de escape frente al desencanto. Pero ese desencanto no necesariamente deriva en abatimiento; también puede convertirse en un impulso vital, en una invitación a la fiesta compartida. En este sentido, la anécdota de la zapatilla funciona como metáfora: lo que parece una pérdida trivial revela, en realidad, la tensión entre fragilidad y libertad, entre el riesgo del caos y la necesidad de expresarse.

Aunque hoy muchas distopías parecen rozar la realidad, no tenemos por qué acompañarlas únicamente desde la melancolía o la ansiedad. La virtud del punk radica justamente en esa paradoja: denunciar lo caótico de nuestro tiempo y, al mismo tiempo, hacernos bailar.

Portada de «¿Han visto mi zapatilla?»

En el libro haces dialogar al punk con pensadores como Camus, Nietzsche y Freud. ¿Qué tiene el punk que lo vuelve un terreno fértil para la filosofía existencial y crítica?

Todo movimiento, ya sea político o artístico, se sostiene en una filosofía de base: una forma particular de ver y valorar el mundo. El punk no es la excepción. Aunque sus iniciadores nunca lo formalizaron explícitamente, en él pueden rastrearse influencias de vanguardias como el dadaísmo, la Generación Beat o el situacionismo. De manera indirecta, muchos de los temas que atraviesan al punk han sido también objeto de discusión filosófica.

La crisis de los grandes relatos metafísicos y de los ideales de progreso fue anticipada magistralmente por Nietzsche y otros pensadores del siglo XIX, quienes a su vez inspiraron corrientes características del siglo XX, como el existencialismo. Desde esta perspectiva, la existencia humana precede a cualquier esencia, lo que nos condena a ser libres y a asumir la responsabilidad de otorgar sentido a nuestra vida. Esa ausencia de un significado originario resuena en buena parte de las letras del punk, que expresan con crudeza la experiencia de lo absurdo.

En este terreno, el punk se vuelve fértil para la filosofía crítica y existencial: su actitud, su música y su estética encarnan la ruptura con los cánones de la tradición y la denuncia de un mundo caótico. Todo ello ha sido posible gracias a la defensa irrestricta de la libertad que caracteriza a sus adherentes, lo que ha abierto paso a la creatividad y a múltiples formas de manifestación artística.

¿Cómo ha sido la recepción del libro? Pregunto porque la filosofía no parece ser un área en la que en general el público masivo quiera entrar…

La recepción del libro me ha sorprendido gratamente. Ha tenido una buena circulación y he recibido críticas muy positivas. Es cierto que los tratados filosóficos no suelen atraer al gran público, pero no ocurre lo mismo con las preguntas y temas filosóficos en sí. Al ser cuestiones vitales y trascendentes, difícilmente pueden dejarnos indiferentes, porque los problemas que plantean nos atraviesan a todos.

Esto explica, en parte, el éxito de filósofos contemporáneos como Slavoj Žižek o Byung-Chul Han, quienes han logrado acercar la filosofía a un público más amplio mediante ensayos que dialogan con experiencias y preocupaciones cotidianas, alejándose del tono hermético de los textos clásicos.

Por otro lado, creo que la buena acogida también se debe a la originalidad de la propuesta. No abundan los libros que crucen filosofía y punk, y menos aún desde un anecdotario que recoge episodios de la historia reciente y de la música. Ese cruce ha generado identificación en muchos lectores, que encuentran en él un espacio distinto para reflexionar sobre su propia experiencia.

La rebeldía es un eje central en el libro. ¿Cómo se diferencia, según tu visión, la rebeldía punk de otras formas de disidencia política o cultural?

Creo que la principal diferencia de la rebeldía punk frente a otras formas de disidencia radica en lo caótico de su propuesta, que en rigor no funciona como un programa estructurado. Por eso resulta más adecuado hablar del punk como un movimiento: su carácter cambiante y contradictorio lo define mejor que cualquier intento de sistematización.

El punk, como forma de arte, surge como síntoma de desilusión, como expresión de un pesimismo profundo que se manifiesta en la lírica, los ritmos, las actitudes y la estética. Pero lo hace sin recurrir a manifiestos homogéneos ni a sistemas teóricos universalizables. Su fuerza está en la defensa irrestricta de la libertad, lo que lo sitúa en el marco de un “anarquismo epistemológico”: una resistencia a aceptar criterios fijos, objetivos o normativos de cualquier índole.

Esto no significa que el punk se limite a negar. Al contrario, al no comprometerse dogmáticamente con nada, mantiene la posibilidad de abrirse a nuevas ideas y formas de expresión. Esa apertura, difícil de encontrar en otros grupos disidentes más rígidos, es lo que convierte a la rebeldía punk en un terreno fértil, siempre en movimiento y en tensión con su propio tiempo.

Eduardo Schelle

En el libro planteas que, más allá de la diversidad de interpretaciones y manifestaciones, algunas ideas son más o menos transversales, como la autenticidad y el hacer las cosas por uno mismo. Sin embargo, un disco fundacional del punk -probablemente el disco fundacional del punk como concepto armado-, el Never Mind the Bollocks de los Sex Pistols está brillantemente producido, con decenas de capas de guitarras, que dejan a la banda sonando muy diferente a lo que realmente sonaban. Y tanto Sex Pistols como The Clash y Ramones, los “fundadores” nunca grabaron por su cuenta ni en sellos independientes. ¿No estaría el punk fundado también en la contradicción? O ¿cómo se resuelve este tipo de contradicciones desde una perspectiva filosófica?

Esto se vincula directamente con lo señalado antes: el punk, al ser un movimiento tan amplio y heterogéneo, no siempre se ha definido por la lógica del “hazlo tú mismo”. Es cierto que hubo bandas y escenas que lo asumieron casi como un principio moral —particularmente a partir de los años 80, con el auge del hardcore—, pero ese no ha sido un rasgo universal.

Más que una cuestión de forma, lo esencial en el punk ha sido la libertad para crear y manifestar ideas, por más críticas, incómodas o absurdas que estas resulten. En ese sentido, podría decirse que el fin justificó los medios: sin la producción y amplificación que tuvieron discos como Never Mind the Bollocks, difícilmente el punk habría alcanzado el impacto cultural que terminó teniendo.

A mi juicio, en el punk la música, la estética y la actitud están siempre al servicio de las ideas que lo sostienen. Por eso, la verdadera contradicción no radica en grabar en grandes sellos o sonar más pulidos en estudio, sino en traicionar las proclamas de libertad de conciencia, de creación y de autenticidad que constituyen su núcleo.

Hasta hoy siguen apareciendo libros y artículos que vuelven a pensar al punk desde diferentes ópticas. ¿Por qué el punk, a diferencia de muchos otros géneros y movimientos, sigue siendo tema de interés intelectual y cultural?

Creo que el interés persistente en el punk radica en que representa uno de los últimos grandes movimientos contraculturales. Aunque ya no exhibe el auge ni la masividad de sus primeros años, aún pervive en bandas, colectivos y en una memoria cultural que lo mantiene vigente.

Hasta hace un par de décadas resultaba casi natural que la juventud se identificara con alguna tribu urbana que encarnara el espíritu crítico propio de la adolescencia. Hoy, en cambio, el nivel de enajenación es tal que parece haber desaparecido el deseo de pertenecer a algo que escape a la lógica del consumo masivo promovido por los medios digitales. La obsesión ya no pasa por diferenciarse, sino por integrarse a la masa y disfrutar de los mismos objetos y experiencias que el sistema neoliberal ofrece como horizonte común.

En este contexto, valores como la autenticidad o el “hazlo tú mismo” adquieren un interés renovado, incluso teñido de nostalgia. Representan momentos históricos en los que el descontento logró imponerse al conformismo, recordándonos que la rebeldía puede ser también una forma de resistencia cultural frente a la homogeneización de nuestra época.

En el libro encuentras paralelos entre el punk en Chile y el punk original del hemisferio norte. También hablas sobre los problemas sobre modernidad y posmodernidad. Según tu punto de vista ¿existe algo así como una “modernidad periférica” en la forma en la que se desarrolló el punk en Chile?

Si entendemos lo posmoderno en los términos definidos por Lyotard —como una crisis marcada por la desconfianza hacia las grandes promesas de progreso y mejora—, tanto el punk nacional como el internacional se ven atravesados por el escepticismo: una duda radical frente a cualquier visión globalizante que pretenda alinear al individuo bajo ideales externos. En Chile, este rasgo se manifestó con fuerza a mediados de los años 80, en la denuncia abierta contra la represión y la censura impuestas por la dictadura de Pinochet, y volvió a cobrar relevancia a comienzos de los 90, cuando se cuestionó la supuesta “alegría” que debía acompañar el fin pactado del régimen.

En este sentido, aunque el surgimiento del punk en distintos lugares comparte una misma base de escepticismo y afán cuestionador, los factores que lo detonaron han sido diversos. Esa diferencia revela una de las virtudes del movimiento punk: su capacidad de adaptarse a contextos específicos, manteniendo siempre la vigencia de su impulso crítico allí donde resulta necesario.

La base bibliográfica del libro son filósofos clásicos. Pero ¿qué hay en relación al punk con miradas más actuales y culturalistas, como Berardi o Reynolds, por ejemplo? ¿Hay ideas ahí para renovar la discusión sobre el punk o ya está todo dicho al respecto?

Me interesaba partir desde los autores clásicos porque en su génesis encuentro un paralelo muy sugerente entre filosofía y punk: ambos nacen como gestos de ruptura, como impulsos que cuestionan lo dado y que buscan abrir espacios de libertad frente a estructuras opresivas. Esa afinidad originaria me parecía fundamental de mostrar.

Ahora bien, eso no significa que la discusión esté cerrada. Autores más contemporáneos, como Berardi, permiten pensar el punk en relación con la mutación del capitalismo hacia lo que él llama “semio-capitalismo”: un régimen donde la comunicación, la sensibilidad y la subjetividad se vuelven terreno de explotación. Desde ahí, el punk puede leerse como una resistencia a la colonización de la vida cotidiana por la lógica del mercado. Por otro lado, Reynolds, desde la crítica cultural, aporta claves para entender cómo el punk se reconfigura en diálogo con la industria musical, los medios y las transformaciones tecnológicas, mostrando que no es un fenómeno estático, sino en constante negociación con su tiempo.

En ese sentido, creo que el punk sigue siendo un campo abierto de análisis. Su fuerza está precisamente en esa capacidad de adaptarse y rearticularse frente a nuevos contextos, lo que lo convierte en un objeto fértil para pensar tanto desde la tradición filosófica como desde las miradas culturalistas más recientes.

Finalmente, recomiéndale el libro a alguien que no lo ha leído y quiere saber de qué va antes de adentrarse en él.

Este libro es un ensayo que entrelaza historia, anécdotas, canciones e ideas para tender un puente entre la tradición filosófica y el punk. Fiel al espíritu de este movimiento, busca presentarse de manera más accesible y dinámica que el academicismo clásico, cuya jerga y metodologías suelen resultar crípticas para quienes no están familiarizados con ellas. A través de esta “filosofía punk”, la obra propone revitalizar el pensamiento crítico, ofreciendo una mirada esencial tanto a la historia de la filosofía como a las claves de este movimiento cultural.

Más que un texto para especialistas, es una invitación abierta: si alguna vez te has sentido interpelado por una canción, por una idea que desafía lo establecido o por la necesidad de pensar el mundo desde otro ángulo, este libro puede ser un buen punto de partida. No se trata solo de leer sobre punk o filosofía, sino de dejarse provocar por ambos y descubrir cómo, juntos, pueden iluminar preguntas que hoy siguen siendo urgentes.

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