Botellas contra el pavimento: las grabaciones de Pinochet Boys
  • Texto extraído del libro «Disco Punk. Veinte postales de una discografía local» de Ricardo Vargas y Emilio Ramón

La de Pinochet Boys es de esas historias que se cuentan un poco desde “lo que pudo haber sido”: rechazaron ser manejados por Carlos Fonseca —se quedaría con Los Prisioneros—, quien los quería contratar e insertar en el mercado, a condición cambiarse el nombre. Permanecieron incorruptibles. Miguel Conejeros en los teclados y guitarra, Sebastián Levine en batería, más Iván Conejeros y Daniel Puente, quienes se intercambiaban en voz, bajo y guitarra, fueron quienes dieron vida a uno de los capítulos más honestos y legendarios del rock en estas tierras.

Miguel e Iván Conejeros eran dos hermanos oriundos del sur del país, específicamente de La Unión, que para 1984 ya se habían instalado en Santiago y cursaban sus estudios universitarios. Iván conocía de los patios de la facultad a Daniel Puente y lo presentaría a Miguel. Los tres tenían en común un profundo desprecio hacia la dictadura y el rechazo hacia todo lo que oliera a peña, hippie y canto nuevo. La cuarta pieza de este engranaje sería Sebastian “Tan” Levine, un adolescente que aún no salía del colegio, con un sorprendente talento y experiencia en la batería que se había ganado tocando con músicos mayores, como en La Banda del Gnomo.

El nivel de compromiso de los hermanos Conejeros los llevó a vender el Fiat 600 de Miguel para financiar los inicios de la banda. Daniel Puente valida el gesto: “Se compraron los instrumentos y comenzaron a tocar cuando hicimos el grupo, lo que, para mí, tiene mucho mérito”. Levine, por su parte, recuerda su primera impresión: “Daniel, con su bajo rápido y eslapeado me partió la cabeza, no nos separaríamos más en mucho tiempo, fue química pura, bajo funky, batería industrial-punk y los sonidos electrónicos y la guitarra ruidosa y amorfa. ¡Perfecto!”.

El manejo de una información musical arcana, el inquieto y desafiante espíritu de sus miembros, elementos que, al chocar con la realidad totalitaria y opresora de la dictadura, originó la reacción que denominaron Pinochet Boys. “Renuncié a los Gnomos. Al mes siguiente terminaba mi Cuarto Medio y el 23 de diciembre encontramos nuestra primera casa en la calle Santo Domingo, frente al palacio del Tony Caluga y su familia, al costado de la Quinta Normal. Vivíamos Daniel con la Berni, el Iván en otra pieza, el Miguel y yo en la habitación del fondo. Por fin teníamos nuestra propia sala de ensayo veinticuatro horas. Creo que en seis meses no paramos nunca de tocar; eran tiempos de experimentar en todo sentido, con nuestros instrumentos y todo tipo de drogas que se cruzaran en el camino. Fueron tiempos muy movidos de contracultura muy creativa”. Así describe Levine, los días de la primera guarida de la pandilla, la que comenzó a ser frecuentada por artistas plásticos que pasaron a autodenominarse La Contingencia Psicodélica, a la que el cuarteto agregó su música como banda sonora.

La fotógrafa y artista visual Bernardita Birkner, quien vivía con los Pinochet Boys, recuerda: “Coincidimos en el momento preciso en que comenzábamos a rebelarnos contra el gris que imperaba en los tiempos de la dictadura y se estaba armando una tribu de jóvenes que compartíamos la música, la gráfica pop, el cómic, el cine, los libros. Nos gustaba bailar y nos diferenciaba del resto los cortes de pelo y la forma de vestir, con ropas de los años ‘50 y ‘60 compradas en locales de ropa americana. Estábamos viviendo lo que fue el comienzo del punk y el new wave en Chile, con la certeza de que eran tiempos de cambios y con la determinación de ser protagonistas”.

El exuberante estilo de vida y estrafalaria vestimenta (para la época) de los jóvenes arrendatarios y sus visitas, puso en alerta a uno de los moradores del sector, lo que desencadenó un hecho que pudo haber terminado en tragedia. Tan Levine lo recuerda: “De Santo Domingo tuvimos que arrancar luego de sufrir un atentado incendiario en nuestra puerta alrededor de las tres de la mañana; nos podría haber costado la vida de no ser por Iván, quién descubrió las llamas entrando por debajo de la puerta en una providencial ida al baño nocturna. A nuestro vecino, ex carabinero, le preocupaba la integridad de su hija, que nos había comenzado a visitar con demasiada frecuencia. A los pocos días arrancamos; ya habíamos conseguido nuestra segunda guarida, la mítica Herrera 506”.

En Santiago comenzaba a sentirse un extraño sonido en respuesta a la represión, censura, hambre, tortura y muerte. Nombres como Niños Mutantes, Orgasmo, Dadá, Zapatilla Rota, Los Jorobados y los mismos Pinochet Boys, eran bandas que, con elementos y conocimientos precarios, guiados más bien por la intuición, dieron forma a lo que tentativamente podríamos llamar primera camada punk en Chile.

El sonido de estas bandas quizás no encajaba en el molde del género venido de Nueva York y Londres, pero podían ser tan punks como lo fue Suicide —dúo compuesto por Martin Rev y Alan Vega—, que basaban su sonido en un sintetizador y caja de ritmo, provocando un intimidante efecto, gentileza de la performance de Vega golpeando una cadena contra el piso. Daniel Puente sitúa a la banda en esa tradición: “Creo que, por posicionamiento político y actitud, éramos absolutamente anarquistas y libertarios, y merecemos estar incluidos dentro del movimiento. Creo que fuimos el grupo más salvaje y polémico en Chile. Musicalmente éramos demasiado libres para centrarnos en algún estilo, como el punk o el hardcore. Tocábamos lo que se nos antojaba y pasábamos del post-punk al no wave hasta la psicodelia”.

La casa de calle Herrera fue donde se establecieron. La pareja conformada por Daniel Puente y Bernardita Birkner buscaron hogar en otra parte, y para suplir esa baja en el arriendo, se les sumaría desde Concepción el futuro fotógrafo Gonzalo Donoso. Fue ahí donde se originaría la leyenda de la banda y sería lugar de encuentro de pintores, fotógrafos y miembros de la incipiente movida punk y artística santiaguina: las tocatas, las veladas de aguardiente, LSD y drogas harían que rápidamente llegaran personajes como Titín Moraga (futuro vocalista de La Banda del Pequeño Vicio), Rubén Roli Urzúa y Álvaro España (quienes formarían Fiskales Ad-Hok), Rafael Guíñez (músico de conservatorio que ganaría notoriedad como bajista y violinista en Los Parkinson), Sergio Cristián Sáez Jara (más conocido como TV Star) y otros integrantes de los Dadá.

Foto por Berni Birkner

El fugaz paso de Pinochet Boys estuvo marcado por eventos violentos; pensar en otro escenario en el contexto que ofrecía la dictadura sería ingenuo. Daniel Puente analiza ese sacrificio y su efecto: “Me imagino que cada una de las bandas que tocábamos confrontando al sistema en esa época tan oscura y represiva —lo que de por sí ya era un acto de coraje y rebeldía— de alguna manera tuvo necesariamente que influir en el desarrollo de la música en Chile y no tan solo en la música punk”. Levine recuerda algunas anécdotas: “En esos tiempos estaba todo prohibido, parecido a lo que estamos viviendo ahora con Piñera y el virus, y nuestro nombre no ayudaba para nada, los pacos llegaron a todos los conciertos, siempre terminaban mal, con cortes de luz o atentados, como el del Campus Oriente, que terminó con una bomba de agua en el escenario tirada desde la calle; cayó muy cerca del Iván con su guitarra eléctrica. ¡Podría haber sido electrocutado! En el concierto más grande que hicimos, en la Casa de La Constitución de Bellavista, tuvimos que parar después de que nos sabotearon cortando la luz del teatro. Fue muy peligroso también, estaba lleno, nosotros tocando un tema muy industrial con tarros de aceite microfoneados y golpeándolos con cadenas, en el escenario había varios músicos invitados y ¡empezó el caos! La gente se descontroló, querían que siguiera el recital, todo en oscuridad total y ahí empezaron a llover botellas, tuvimos que arrancar. Habíamos tomado San Pedro —peyote— todos. El concierto era una especie de ceremonia chamánica y se descontroló con el corte de luz”.

En 1984 Pinochet Boys era la sensación del pequeño underground santiaguino y el oído del productor Carlos Fonseca notó el potencial a explotar. Para el invierno de ese año, agendó una sesión en un estudio, donde registraron las dos canciones que les sobrevivieron: “Botellas contra el pavimento” y “La música del general”. Daniel Puente resume: “La idea de Carlos Fonseca era desarrollar la banda, pero estaba el insalvable problema del nombre, que Carlos insistió que cambiáramos para poder acceder a los medios de comunicación y que, por supuesto, nosotros, ignorantes del todo en estas materias y solo deseosos de armar líos, no aceptamos. Las grabamos en vivo y después hicimos las voces y alguna pista de guitarra encima. Hay un solo de guitarra con wah-wah muy freak en la ‘Música del general’ que toqué sobre la base”.

Tan Levine recuerda aquel día y nos muestra la creatividad y actitud del cuarteto: “Un día nos pasaron a buscar con un furgón, subimos todos nuestros instrumentos y todas las drogas que encontramos y nos llevaron a un estudio. Estuvimos todo un día y recuerdo que era como un sueño hecho realidad, ¡los cuatro con un estudio a nuestra disposición! Grabamos dos canciones creadas completamente en el estudio. La letra de “Botellas contra el pavimento” estaba dando vuelta en la cabeza del Daniel hace un rato y ahí se dio la magia. Grabamos y mezclamos los dos temas en un día. Carlos Fonseca estaba ahí supervisando y nos hablaba de planes, de hacer un disco. No estábamos en ese rollo de grabar ni ser famosos, lo nuestro era tocar en vivo, muy libres, cambiábamos de estilos todo el tiempo, estábamos re’ locos”.

En “Botellas contra el pavimento” habitaba un irrespetuoso desgano que leía adelantadamente el espíritu de la frase “no estoy ni ahí”. Sobre la base rítmica, un anárquico teclado y ruidos de las seis cuerdas arman el escenario para las telegráficas declaraciones de Puente: “En mi tiempo libre estoy parado en la calle/ En mi tiempo libre estoy fumando en la calle/ En mi tiempo libre estoy parado en la calle/ En mi tiempo libre estoy drogándome en la calle/ No tengo tiempo de sentir amor// Fue un placer conocerte, mirarte y rodar/ Pero ese tiempo se me hizo largo/ Y ahora tus palabras me suenan botellas contra el pavimento”. Las palabras de Puente no eran pronunciadas con lástima o despecho, sino como una indiferente autoafirmación. La borrachera del amor había pasado y las botellas vacías avisaban, con su estruendo contra el suelo, el final. La opción de escape ante promesas y cambios irrealizables en el orden vigente y la rutina alienante eran los hábitos callejeros.

“La música del general” muestra la cara vitalista de la banda, lanzando un ataque frontal contra el dictador: “Esto es, esto es Pinochet, Pinochet Boys/ Dictadura musical / Nadie puede parar de bailar/ La música del general”. En ese punto los instrumentos se detienen y sobreviven leves acoples y el eco sostenido del teclado, para que se pronuncie un lento y modulado: “Hijo de puta”. La intensidad de la canción puede llevarlo a uno a imaginar que, con algo más de producción, hubiera sido la respuesta local y lúdica a temas como “T.V. as eyes” de Chrome. El final guarda otro insulto, ocupando su última silaba (“chet”), la repiten fonéticamente de igual forma que la palabra mierda en inglés (“shit”).

Recuerda Daniel Puente: “Las letras de las dos canciones son mías, ya que en general era el que más escribía, aunque en ‘La Música del general’ hay un par de versos de Miguel. ‘La Música del general’ nace de un ritmo de batería de Tan al cual yo armonizo con la guitarra y escribo una letra intentando darle algo de melodía. ‘Botellas contra el pavimento’ nació de un riff en la guitarra de Iván al cual yo le sumo la parte del coro, la letra, la melodía de la canción y el bajo funk”.

Con el contenido y la actitud poco domesticable del cuarteto, no es difícil entender la decisión de Carlos Fonseca de no seguir adelante con ellos. Musicalmente estaban bastante adelantados a las bandas que sonaron y triunfaron en lo que se conoció como “rock latino”; su actitud y letras garantizaban, en el mejor de los casos, una nula rotación.

Su inquieta ruta, los llevó a organizar un recital que hasta hoy es un hito fundacional. Tan Levine había hecho amistad con Silvio Paredes —bajista de Electrodomésticos— en el paso de ambos en Primeros Auxilios (de la cual saldrían miembros de Upa!, María Sonora y Javiera Parra) y se enteran de un local de colectiveros, en la calle El Aguilucho. En junio de 1986 se llevaría a cabo en ese lugar lo que se anunció como “El Primer Festival Punk”. Pinochet Boys invitó a sus amigos Dadá, Índice de Desempleo, Niños Mutantes y Corruption Girls. Se estiman cerca de doscientas personas las asistentes. Sin ningún registro conocido, los Pinochet Boys estaban cimentando las bases del punk local.

Foto por Gonzalo Donoso

Más de un cuarto de siglo pasó para que se concretara el gesto de justicia pendiente con el grupo. Hueso Records rescató esta grabación mediante la ayuda de Miguel Conejeros. La carátula del single está trabajada sobre el negativo de una foto del cuarteto, tomada por Bernardita Birkner, acompañados por unos niños y una radio. Tanto la portada y contraportada están en tonos blancos y negros. Birkner hacía de algo así como “fotógrafa oficial” de Pinochet Boys y casi todos sus registros visuales fueron tomados por ella o por Gonzalo Donoso. Con respecto a la imagen de la portada recuerda: “En la casa sonaba música en casete todo el día, yo dibujaba y tomaba fotos en blanco y negro que luego intervenía con colores. Hacíamos sesiones de fotos, nada era tan planificado, a veces la motivación podía ser un gorro de carabinero que alguien robó y se los hizo llegar, alguna chaqueta adquirida de segunda mano, o un nuevo teñido de pelo, y salíamos a caminar por el barrio, recorríamos calles y esquinas que nos hablaran, y ahí tomábamos las fotos en un proceso de creación colectivo. La foto con los niños —que se usó para la portada del vinilo— también fue un recorrido por calles de Santiago, relacionándonos y sorprendiendo a los transeúntes con las ropas y cortes de pelo estrafalarios que usábamos, algo entretenido en el caso de los niños, que fueron muy naturales, no hubo nada preparado, el acierto fue haber estado ahí, en el momento justo, con la cámara lista”.

La historia de Pinochet Boys en Chile duraría poco tiempo más. Demasiado llamativos e incorrectos. Punks para una sociedad pacata y aterrorizada por el fusil. Una noche de julio de 1986, mientras festejaban el cumpleaños de Rafael Guiñez, recibieron la visita poco grata de la represión. Levine recuerda: “Llegar y está toda tu casa hecha polvo, todo destruido, hoyos en las murallas producto de los lumazos. Algunos huyeron por los tejados y rompieron paredes para arrancar, realmente de película. Terminaron todos en cana, fue la gota que rebalsaría el vaso”.

Con Sebastian deavanzada en Sao Paulo, el resto de la banda haría una parada en Buenos Aires antes de cruzar la frontera a Brasil, donde les quitaron todos los instrumentos. “Tuvimos que pagar todo lo que teníamos, esa aduana era una mafia. Estuvimos lidiando con toda esa gente siniestra, estaban todos de acuerdo, el supuesto abogado con el agente de aduanas. La peor experiencia del viaje”, reflexiona el baterista.

Con los instrumentos de vuelta, gracias a los contactos de Johanna, novia de Tan, la banda realizó shows con destacados nombres del punk paulista, como Olho Seco, Inocentes, Cólera. Sebastián resume esos meses cariocas: “Hicimos tocatas grandes, teloneando a los más famosos del momento. Pero, siempre fieles a nuestro estilo irreverente e improvisado, para la tocata con Olho Seco y Cólera, exponentes del más duro hardcore punk junto a Ratos de Porao, que son una leyenda, a nosotros se nos ocurre tomar LSD y subirnos llenos de flores plásticas. Todos ultra skinhead y punk radicales y nosotros, tarados, en onda colores y flores plásticas, tuvimos que salir arrancando, nos querían matar. Con Los Inocentes hicimos una buena performance y sacamos buena crítica; de ahí vinieron varias entrevistas en diarios y revistas muy importantes, la cosa prometía y había mucho interés por oír nuestra propuesta, pero vivíamos todos hacinados en el departamento de estudiantes de Johanna. Después de seis meses los guardias nos funaron y tuvimos que dispersarnos. No teníamos dinero. Daniel se volvió a Buenos Aires y siguió un buen tiempo tocando allá. Los hermanos Conejeros volvieron al poco tiempo a continuar sus estudios a Chile, la vuelta a la democracia prometía cambios. Yo seguí estudiando percusión en Brasil un año más”.

Quinientas copias se prensaron del EP con las dos únicas canciones que grabaron aquel día invernal del año 1984. Confiesa Daniel Puente: “La de Carlos Fonseca fue la única grabación que sobrevivió en el tiempo. Todas las demás grabaciones caseras y bootlegs se perdieron entre tantos viajes físicos, como espirituales; si todavía existen, están hasta el momento en paradero desconocido”. Extraviadas cintas, que contenían ritmos que se bailaron en noches donde era prohibido y se cantaron en tiempos donde se castigaba, en un país donde las hojas se movían solo con la autorización de un dictador.

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