Silver Foxes: cuando los papás de Tarantino y Pacino usaron sus apellidos para buscar la fama

Hay algo profundamente cinematográfico, y ligeramente patético, en la idea de que el padre de uno de los directores más importantes del mundo haya intentado colgarse del apellido que abandonó décadas antes. Como si la vida fuera una película de bajo presupuesto que nadie pidió, pero que igual terminó estrenándose directo a VHS.

La historia la contó el propio Quentin Tarantino en WTF, el podcast de Marc Maron: su padre biológico, Tony Tarantino, lo abandonó en la infancia para intentar brillar en Hollywood, fallando espectacularmente. Y treinta años más tarde, reapareció con una idea radicalmente ridícula y tal vez brillante: usar la fama de su hijo abandonado para intentar por segunda vez conseguir el sueño.

Mientras su hijo reinventaba el cine criminal con diálogos imposibles y violencia coreografiada, Tony encontró un espacio en esa zona nebulosa de la industria donde las películas no se estrenan: las cintas de videoclub. Producciones directas a video, thrillers olvidables, títulos que simplemente aparecían en estanterías polvorientas de videoclub con carátulas sospechosamente grandes en tipografía. Era Tarantino, pero no ese Tarantino.

Tony Tarantino

Tony había dado en el clavo con esta idea catastróficamente ingeniosa, pero todavía faltaba algo. Tarantino era el apellido de un director, pero no el de un protagonista. Necesitaba otro gancho más, y la vida le entregó al más grande de todos: Pacino… solo que no ese Pacino. Según Quentin contó en el podcast, su padre y Sal Pacino se conocieron intentando ser famosos de cuarta categoría, y el padre de Michael Corleone se sintió atraído a la gran aventura de Tarantino Sr., dando vida a carátulas blancas con grandes letras que invitaban a ver lo más nuevo de “Tarantino y Pacino”. ¿Artificioso? sí. ¿Falso? No.

Sal Pacino

No importa demasiado si los detalles son brumosos, lo que importa es la imagen: padres orbitando el éxito ajeno como satélites tardíos, buscando reflejar un poco de esa luz. Hay algo incómodo ahí. Algo que no es exactamente ambición, pero tampoco es inocencia. Es más bien esa zona gris donde la identidad propia se vuelve inseparable de las posibilidades que han sido heredadas en sentido inverso. Y si hay algo que no falta en Hollywood, son personas buscando sobresalir a costa de la fama ajena… dando a esta saga tragicómica su momento de máximo clímax: Silver Foxes.

En 2001 apareció Silver Foxes: Power Pilates, un VHS de ejercicios para mayores de cincuenta años que reunió a padres y madres de celebridades como si fuera una especie de Avengers del nepotismo tardío. Ahí estaban Tony Tarantino y Sal Pacino, en un nuevo capítulo de su ridícula búsqueda del éxito, pero esta vez eran acompañados por una serie de apellidos que no encargaban con el rostro esperado: Patsy Swayze (mamá de Patrick), Jenny Crawford (mamá de Cindy) y Christine Johnson (mamá de Magic).

Es imposible no imaginar la escena como una secuencia dirigida por el propio Quentin: zoom lento, música irónicamente retro, cuerpos que ya no responden como antes intentando sostener la ilusión de una vejez plena. Y ahí no solo existe la risa y el cringel, se vislumbra algo profundamente humano en este carnaval patético. ¿Qué hace un padre cuando el hijo se convierte en mito? ¿Cómo se convive con una sombra que crece hasta taparlo todo?

La cultura pop está llena de hijos que cargan con el peso de sus padres, pero esta es la versión invertida del relato: padres intentando subirse al tren cuando ya pasó la locomotora, posando en una cámara doméstica sus sueños de grandes pantallas y planos épicos. Y en ese intento hay algo que roza lo conmovedor, porque en el esfuerzo de estos “zorros plateados” no hay ninguna nobleza, pero si hay una tremenda y dolorosa fragilidad.

Tal vez esa sea la verdadera película: no la del genio consagrado, sino la de quienes intentan existir en los márgenes de su fama. Un spin-off involuntario, directo a video, donde el crédito más grande no es el talento sino el parentesco. En un mundo obsesionado con los legados, Tony Tarantino y compañía encontraron su propia forma de resistir al olvido. Puede que haya sido torpe. Puede que haya sido oportunista. Puede que incluso haya sido un poco triste. Pero, como en las mejores historias pulp, también fue inevitable.

Martín Sepúlveda B.

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