CARLOS AGUILAR ISLAS: “ESCRIBIR Y SOBRE TODO LEER SON LAS MANERAS QUE ENCONTRÉ PARA BURLAR LOS CALLEJONES QUE APARENTAN NO TENER SALIDA”

Carlos Aguilar Islas nació en Puerto Montt en 1991 y cuenta con un libro de poesía y una novela a su haber, Zappingy ABCXYZ, respectivamente. Prefiero presentarlo así, de manera seria, formal, porque lo que se viene es un juego de me caigo y me levanto, como a él le gusta decir. Parte de mi relación durante el último tiempo con la ciudad puertomontina a continuación, pero lo más importante: nos metimos junto a Carlos en las mazmorras de Zappingy desmembramos su historia y funcionamiento. Tomen asiento, pues, como dice la poeta ancuditana Rosabetty Muñoz, “Desde ahora les anuncio:/ esto no será bello de ver ni bueno./ Llegó el tiempo de cobrar justicia./ Ahora que los vientos nos arrastran/ desclavan los techos/ hacen volar techumbres/ …/ Llegó el tiempo del juicio/ Nadie escapará de la furia desatada”.

Por Cristian Salgado Poehlmann

1

“Culea con el doble oficial de Boric. Despedidas de solteras. Servicio de gigoló. Swingers. Cuckholding. Encuéntrame en Demonic Rage”.

            Los servicios ofrecidos aparecen en un promocional que circula desde hace años en Internet y hace alusión a Iván, mente maestra detrás de la agrupación portomontina de death metal Demonic Rage, debido, por supuesto, a su parecido con el Presidente de la República. Además de sus benditas y prometidas características en la cama y más allá, el flyer incluye jugosas fotografías. Se consigna, asimismo, la posibilidad de pago a dos cuotas, pues Iván sería “el doble de falso”.

            Vuelvo a este promocional cada cierto tiempo. Cuando quiero reírme un poco o necesito compartírselo a alguien por algún asunto puntual. Para mí se ha vuelto un clásico. Y si estrujo mi cabecita un poquito y me pongo a darle vueltas al asunto, en eso se ha convertido la ciudad de Puerto Montt: un punto de encuentro recurrente, una plaza en la que me he detenido, sin siquiera proponérmelo, en ocasiones, ocasiones y ocasiones. Las razones son diversas y se desplazan entre lo tangible y lo que no.

            Puede ser coincidente en términos de azar y nada más, pero por estos mismos días, en los que me siento a redactar este escrito, mi mejor amiga, Pamela, está en Santiago, de breve visita. Ella vive en Canadá, pero es originariamente de Puerto Montt. Nos conocimos en la universidad, aunque más precisamente nos conocimos porque compartimos un proyecto juntos, el de un webzine en el que escribíamos sobre metal. Pamela tuvo que hacer un viaje exprés a Chile a causa de una inminente muerte de un familiar. De Puerto Montt le gustan los grupos Infernal Slaughter y Strigoi. También Raúl Ruiz. Le cuento que estoy haciendo un texto sobre un escritor de su ciudad. Pamela me pregunta si es narrador o poeta. En Infernal Slaughter tocó el doble oficial de Gabriel Boric.

            Desde hace más o menos un mes, participo en un programa sobre metal cuyo soporte es YouTube: Al Pie del Cañón. Algo sencillo: una crítica de un disco de un grupo nacional por episodio. Pablo Rumel, hará tiempo de dos semanas, uno de los iniciadores del proyecto, autor, entre otros libros, de la novela El detective del Absoluto, me mostró una banda: Temple. Se trata del primer EP que sacaron, allá por 1999. Resultó sorprendente: un doom metal de excelente factura. Indagué un poco más y resultaron ser portomontinos.

            Carlos Aguilar Islas vive en Puerto Montt y desde allá me contacta. La historia de nuestro acercamiento no deja de estar mediada por la Fortuna, como enfatiza buena parte de mis últimos encuentros con la ciudad del sur. Un poco de historia, parte uno: en octubre de 2025 publico, vía La Antorcha Magacín, una crónica acerca de la humorista gráfica Denisse Valdenegro Durán, Oficinismo, que Aguilar Islas lee, a raíz de lo que me escribe. Me dice que le gustó el texto –por allá abundan tahúres, a decir de Borges– y que tiene unos libros publicados y que le gustaría hacérmelos llegar para ver si podemos armar algo. Comenzamos a trabajar desde la distancia. Esa fue la génesis de lo que tú ahora lees.

            Un poco de historia, parte dos, ocurre cuando con Carlos ya estamos trabajando en una entrevista que se desarrolla en varias etapas: me entero de una lectura que se llevará a cabo el 27 de noviembre en el Centro Cultural Anandamapu. Participarán los poetas Roxana Miranda Rupailaf, Juan Carlos Villavicencio, Isabel Guerrero, Hernán Contreras, Priscilla Cajales y Gerundio. Cajales había sacado hacía poco un nuevo libro, El año de la quila, y su libro anterior, Mella, me gusta mucho: “mi papá está llorando dos piezas más allá/ lo puedo escuchar/ porque nunca hubo puertas// a comienzos de los noventa en esta casa/ solo había tarros con los nombres de los condimentos/ el arroz o el té// se sientan a la mesa a untar el pan con leche/ agua y azúcar/ fue fácil aprender la consistencia precisa para esta pasta dulce// recuerdo que la chaqueta de mi papá/ siempre olía a pescado ahumado/ y a humedad// una tarde recordaron que en el ropero estaba intacto el vestido de novia/ lo pusieron sobre la alfombra/ y comenzaron a cortar jirones/ que luego pintaron con témpera/ para vender cintillos del NO en el parque O’Higgins// nos acostumbramos a creer que la historia terminaba bien porque ese día/comimos pollo y papas fritas// ahora él sigue llorando/ su mujer lo abandonó// nunca fue militante// y los hijos vienen a casa/ cada vez menos”.

Llego temprano al metro Cerro Blanco, comuna de Recoleta, una hora antes, Anandamapu queda a unos cinco minutos caminando de la estación, golpeo la puerta y “Voy y en tres patadas/ hacen aparecer cada cosa en su lugar/ señoras y señores damas y caballeros/ ¿Y por qué no?/ si en otras versiones el mundo y sus detalles toman siete/ y aquí no ha pasado nada/ bien gracias// La fundación de cualquier cosa/ sospecha ser la trama perfecta de escenarios”, quien abre la puerta es el Carlos Aguilar Islas y los versos corresponden a la apertura de su libro Zapping.

La sorpresa es mayúscula. Ninguno pensó encontrarse allí. Pienso en Brujerizmo.

Aunque Demonic Rage, la banda del doble oficial de Gabriel Boric, diría que se trató de una “Sulphuric Congregation Towards the Holocaust of All Sacred and Holy”.

2

“Mi familia es de clase trabajadora, lo que por supuesto no quiere decir que exista una relación rota con lo literario o el arte en general. Mis viejos eran tipos normales, sin trasfondo universitario y con trabajos de tiempo completo en oficinas, pero ambos tenían, naturalmente, intereses fuera del mundo de la familia y el trabajo. Mi madre en particular representa una figura asociada a la lectura en el imaginario de infancia. Aun cuando ninguno de los dos fuera en realidad una o un gran lector, teníamos igualmente una biblioteca en la casa. Era en general de plan lector o colecciones de kioscos, pero tenía también títulos fuera del programa escolar: cuentos, crónicas, novelas, poesía de todo tipo: religiosa, del Siglo de Oro español, chilena”. Quien habla es Carlos Aguilar Islas, autor de Zapping, un poema largo dividido en treintaidós episodios, editado en junio de 2025 por Ediciones Kultrún. Una de los méritos de este libro es que recrea el acto de “hacer zapping” en la televisión en la medida en que lees: la sumatoria de los treintaidós fragmentos genera una sensación de rebalse, un efecto, pero sin tratarse de algo completamente definido. Cuando le pregunto por qué ese formato escritural y por qué el concepto televisivo responde: “Lo del concepto televisivo tiene quizás que ver con la pregunta sobre la familia y los libros. Había biblioteca, pero también jornada laboral doble, así que el electrodoméstico crucial para salir del paso en esa situación era la TV. Yo y mis hermanos nos criamos pegados a la tele, como también muchos amigos de mi generación. Ambos objetos –el libro y la TV– habilitan lecturas de la realidad de distinto tacto, de distinta profundidad. En esa época estaba además la coyuntura entre una entretención pública y privatizaciones de la diversión a través de los distintos servicios de TV cable. Me interesó rescatar cierto ritmo, el movimiento de canales interminables repletos de nada. Me parecía un medio interesante para explorar las preguntas que mencionaba antes, y que se fueron reuniendo con el pasar del tiempo”.

¿Cuándo partiste escribiendo poesía?

No tengo conciencia de un inicio formal. Imagino que es difícil saber, pensando que cualquier oficio puede tener como germen un juego más o menos respetuoso con la etiqueta. Escribí un par de poemas en clases cuando niño, pero en esos momentos me atraía mucho más el dibujo y la confección de cómics: sobre los profes, los amigos, los compañeros que me caían mal y así. Luego, en la adolescencia, es la música lo que reemplaza al dibujo: la intensidad de la contracultura, su promesa de algo más real. La escritura resurge finalmente más bien tarde, a los dieciocho o veinte años, luego de una seguidilla de tensiones que trazan un escenario donde la poesía se manifiesta como una posibilidad crucial de observación sobre las palabras y las cosas.

Cuéntame sobre esa seguidilla de tensiones y ese escenario que trazaron.

Ni la última ni la primera, eso sí una acumulación de pequeñas crisis creciendo sostenidamente: la vida adulta asomándose con sus obligaciones y rituales que todavía no entiendo muy bien. Lo de hacer porque sí, porque así es, siempre me puso y me pone en un estado de molestia. Los caminos de esa vida me llevaron a convertirme en un trabajador común y corriente, pero que burla constantemente la rutina para escribir. Por eso creo que la escritura gana terreno a esas otras formas de deseo ahí, en esa coyuntura: por la posibilidad de una voz entre tanto ruido.

¿Por qué escribiste Zapping?

Llevaba un tiempo acompañándome de lecturas que invitaban a escribir algo más que solo una revelación del mundo privado. También a mi parecer eso está presente siempre en todo texto, por más abstruso que sea, pero cierta distancia con los materiales más inmediatos de la vida afectiva me sigue pareciendo una herramienta liberadora, al menos en lo que hago. Lo confesional por lo confesional, podríamos decir que lo selfie, no me interesa particularmente. En esa dirección aparece la idea de articular un libro que a través de su estructura aloje dudas, desconfianzas y preguntas acumuladas en torno a la memoria, la redacción histórica y la reacción de las poblaciones habitando esos pasillos históricos. La TV viene inmediatamente a la mente cuando hablamos de montajes artificiosos de la realidad, con el “zapping” además como una actividad de época, pero operando con la idea de pantallas y anglicismos como el vaticinio de lo que vendrá.

Además de escritor de poesía, también eres narrador. Hablemos sobre tu proceso de escritura, tu método, de las diferencias y similitudes entre estos dos mundos.

La principal diferencia en mi caso pienso que tiene relación directa con la velocidad. Lo narrativo en general se me da más en aparatos, mientras que la poesía trato siempre de escribirla a mano, tomándome tiempo para ir dibujando las letras, a veces escribiendo una misma palabra, verso o texto entero una y otra vez hasta entrar por algún flanco que se manifiesta producto de esa ritmicidad.

Lo que ambas escrituras tienen como puente es una insistencia en generar una situación: el tomar asiento y observar, escribir a veces sin mucho que esperar, pero poner algo en marcha y así posibilitar la sorpresa. Estoy muy comprometido con la escritura en ese sentido.

¿Y cómo fue el proceso de escritura de Zapping?

La versión primera ocurrió producto de varios soportes. Primero un boceto completo en computador para robar velocidad al registro de TV, luego una reescritura íntegra a mano. Llegué también a usar una máquina de escribir para tener un intermedio y finalmente un traspaso de vuelta a computador. Cuando retomo la edición y las reescrituras luego de tres o cuatro años, vuelvo a escribir todo a mano, con las hojas impresas de la versión 2019 como guía. En esa escritura repasada aparecen cosas, ritmos, también la idea de titular con números los textos. El resultado final es lo que está en el libro publicado.

3

Mawün es el nombre de una revista que aborda la literatura de la Región de Los Lagos. En su número uno me encuentro con una crónica redactada por Aguilar Islas. Trata acerca de la historia de la harina Molino Rahue y de cómo los campesinos de la zona hicieron al segundo dueño de la marca reincorporar la “A” original a los sacos –instaurada por el anarquista Walter Ohnen, fundador– como logo de la empresa osornina. La crónica se titula “La letra persistente” y algo de esto también hay en Zapping.  

Parece ser que la voz del poema es la de un asalariado común y corriente –“Increíble que para pagar esto/ llego todos los días/ del trabajo / a la hora X”–, quien no solo ve con ojos negativos la producción cultural de su época, sino también la religiosa, entendida desde el punto de vista Occidental. ¿Qué tan preponderante crees que es la religión en el Chile actual? También en el epígrafe de Zapping le otorgas un espacio importante a esta perspectiva.

Parto de atrás para adelante. El epígrafe corresponde al poeta No Vásquez, particularmente de un poema de su obra REVO&LUSIÓN. Su poética está estrechamente relacionada con la de Juan Luis Martínez, y la inclusión de esas dos líneas pienso que entregan ciertas coordenadas sobre un tono patafísico que me interesa, en particular de poetas considerados menores.

Chile actual experimenta una suerte de restauración valórica extraña, muy ligada a una concepción de la realidad pasada por el cedazo estadounidense. El anglicismo del título es un guiño a esa lectura, pero también lo es la pacificación o la evangelización de América. Ese reyno que se despliega es una invitación a pensar todo ese cúmulo de distorsiones.

Conectándolo con eso, Chile en particular para mí es un país fuertemente religioso, en el sentido católico-evangélico. Quizás no tanto como pensaba cuando escribí Zapping, pero hoy en día queda bastante claro con ese fascismo que pretende recuperar quién sabe qué y a costa de quizás cuánto, pero seguro de hacerlo con biblias y pistolas como modus operativo.

¿Qué te interesa de la patafísica y a cuáles poetas menores harías alusión?

La capacidad ácido-irónica en la patafísica me parece un elemento divertido, interesante, qué sé yo. La atención a lo que no tiene ninguna utilidad, la crítica aparentemente desenfadada –un desenfado inteligentemente cínico–, en especial en la poesía de No Vásquez, que me parece una fuente de lecturas múltiples, sin ser él necesariamente un poeta patafísico declarado. José Antonio González de Requena Farré es otro escritor al que le tengo mucho cariño y respeto. Recomiendo su libro Breviario de metafísica punk en décimas conceptuales. También Thito Valenzuela y su Manual de sabotaje, en fin.

Las etiquetas son meramente referenciales. Menores, y mayores por añadidura, lo comento sin intenciones de caer en lo canónico o categorías de calidad, sino más bien en relación a qué tan under se perciben ciertos fenómenos. Pensando en estas preguntas a su vez me pregunto, ¿qué no sería marginal en un medio lector fuertemente influenciado por el mercado? Sobre todo si hablamos de poesía.

¿Consideras tu poesía una poesía primordialmente política? ¿Y por qué es necesaria una poesía política en estos tiempos?

Antes de contestar, me permito una pequeña digresión.

Estalla la revuelta algunos meses después de terminar una primera versión del libro y ocurre que no me siento del todo a gusto mostrándolo o mencionando algo siquiera. De una u otra forma intuía cierto eco del momento político que podía ser “aprovechado”. Con gusto lo desaproveché porque consideraba y sigo considerando muy importante todo lo que entró en juego ese octubre de 2019, pese a todo. Lo último que quería era acabar ideológicamente en el saco de la gente a la que le vi promociones pagadas de proyectos relacionados. Recuerdo muy ingratamente a músicos invitando a EPs y discos titulados “Dignidad” o “Estallido” o qué sé yo.

Entrando en terreno de las preguntas, caigo en cuenta de que es un motivo recurrente cuando la poeta Roxana Miranda Rupailaf, maestra y amiga, me comenta algunos trabajos señalando que están siempre ligados a una textura política subyacente, a una incomodidad que persiste y deambula en lo que escribo.

Diferenciaría político de panfletario para poder comentar algo sobre necesidades o urgencias en poesía. La política para mí es parte inseparable de la vida cotidiana, en el sentido de las relaciones y sus intensidades. A estas alturas parece un lugar común, pero en un país donde el auge de las reversiones pinochetistas de la historia y la memoria tienen cada vez más cabida y menos o nulas sanciones, creo necesario pensar esos movimientos a través de una membrana de lenguaje que permita su captura, cierto tono del que habla el poeta Pinos, a propósito de las constataciones poéticas.

En esa dirección me fascina mucho la poesía de Rosabetty Muñoz. Siento que en su poética coexisten muchas visiones de época y modos de ser y estar, particularmente en la insularidad Chilota, además desprovista de edulcorantes turísticos: el odio, la frustración y también la ternura de una escritura amarrada a su puerto, como ella señala, me parece una propuesta tremendamente política, en tanto da voz a cierta realidad que no es percibida más allá de sus confines sino a través del poema.

¿Crees que por medio de una obra poética se puede provocar algún tipo de quiebre respecto de la actualidad de las cosas?

En el sentido de tu pregunta veo más la poesía como una constatación de interrogantes, con replanteamientos que pudieran movilizarse a través de la afectación en el poema.

Pudieran.

Es interesante pensar esa actualidad de las cosas como un marco que tiene la capacidad de resquebrajarse, aunque no sé bien cómo podría la poesía habilitar esa fuga, más que permaneciendo en existencia y circulación. El expoeta Cuevas ya dijo que la poesía no le interesa a nadie, y quizás es por eso mismo que hay que seguir leyendo y escribiendo, para remarcar que pensamos e imaginamos otras posibilidades.

Utilizas la fórmula de la “suma negativa” o “suma de anulaciones” en dos poemas consecutivos de Zapping. “Cae la noche sobre el reyno de la tierra/ …/ vacía de casi todo…/ en mitad de ese silencio de ninguna parte/ y ya no pienso/ solo entro/ y restándome me duermo” y “Un viejo y su organillo/ …/ … sin niños/ más sin niños de todas las esquinas”. Cuéntame respecto de tu visión de este procedimiento estético y su función dentro del libro.

El libro está cruzado por una atmósfera de insularidad. La acumulación de grandes espacios de nada en la vida afectiva y política, propagada a través de las pantallas y de esa versión de la realidad que se impone en los medios masivos, en redes informativas y aparatos de distinto tipo. Es una soledad de trasfondo con la que he caído en cuenta posteriormente.

Conversando con el expoeta Víctor Caico, me comentaba hace poco su lectura de un renglón de versos que le hablaba particularmente y en una nota íntima: la sensación de no poder compartir sus lecturas, de no hablar de algo más que de las nimiedades de lo cotidiano, lo corriente o lo inmediato.

Con una ola de fascismos a nivel global y los vientos de antiintelectualidad que invitan a no hacer un supuesto alarde performativo –por ejemplo, en el simple hecho de leer en público–, me parece que es interesante rehusarse a vivir en una entrada o cápsula audiovisual de redes sociales, o al menos tratar de evadir esa sumatoria de banalidades a las que nos arroja el consumo, aun cuando el precio sea una sensación de desamparo.

¿Por qué asumiste el riesgo de realizar un libro principalmente discursivo?

El riesgo en la escritura me interesa como forma de sentir que algo se moviliza, más allá del texto que se articula. Trato de vivir en observación de los fenómenos, y esa es también una manera de llevar a cabo un simulacro constante, amargo algunas veces y extático en otras. Estoy en contra de la vida como un spot publicitario de bebida gaseosa o de agencia de viajes, también en lo que respecta a la literatura. Me gusta esa inquietud laborante de buscar qué hacer, la idea cabrona de que tiene que haber algo más que solo trabajar para pagar cuentas y morir.

Escribir y sobre todo leer, son las maneras que encontré para burlar los callejones que aparentan no tener salida.

Cristian Salgado Poehlmann (Santiago, 1982). Estudió Letras. Escribe periodismo y ficción. Fiel hincha de Rangers de Talca. Una muestra de su trabajo y contacto aquí: https://linktr.ee/cristiansalgadopoehlmann y/o @poehlmanncristiansalgado.

Deja un comentario

Biblioteca Rara es un espacio sin fines de lucro para leer y compartir ideas sobre literatura, música, cine y cultura pop en general. Buscamos crear contenido de calidad y que anime a todo quien nos siga a bucear en su propia biblioteca rara y sacar a la luz su amor por los libros, los sonidos y las imágenes.