Por Cristian Salgado Poehlmann

En Golem –publicado en 2023 por Oso de Agua–, Pablo Lacroix (San Fernando, 1987) despliega, en lo que a lenguaje respecta, una poesía poco pretenciosa. Los hablantes que construyen las imágenes en este poemario se encuentran lejos de los fuegos fatuos, la solemnidad o la pedantería lírica. No emerge en Golem, al menos en una apariencia primera, superficial, la imagen del ilusionista de la palabra, ese poeta preciosista que se dedica a construir versos cultores del disfraz lingüístico, engordados y maniqueos. Opta, en cambio, por una estética composicional delgada, filosa y concreta, cuya construcción sintáctica obedece a la del castellano normado. Evoca, además, imágenes de manera rápida y práctica, sin chimuchina ni devaneos intelectuales: “Hojas muertas/ que se hunden en el patio// fragmentos del pasado/ que rasgan las encías/ proyectando a contraluz/ la inmanencia del relámpago/ que desaparece bruscamente// una casa vacía/ y la presencia del viento// una puerta que no abre/ y que carece de cerradura”.
Como se ve, no es una poesía cercana a la de Nadia Prado o Julieta Marchant, aunque tampoco bebe de las aguas parrísticas o bertonianas. Estos últimos en su calidad de opuestos a las autoras del desafío. En Golem la poesía de Lacroix se emparenta con el Tomás Harris de, por ejemplo, Lobo y Gesta de lobos, pero con una miríada de elementos más; a saber: la literatura “clásica” –Borges, Meyrink y Donoso–, la cultura pop –Bela Lugosi, John Carpenter, Nostradamus, Joy Division–, el cine de terror y el de Jodorowsky, y cierta figuración punk: “Vomité por varias horas/ y recordé que cuando niño/ padecía de reflujo// Me expulso y me trago/ riachuelo de bilis/ y sutiles manchas/ que guardo en una bolsa// Bestia de presa/ degenerada y sin dientes/ acumula papeles/ que no sabe tragar// Panfletos enfermos/ que se aferran a los muros/ en busca de ayuda”. La puntuación no es necesaria en el estilo seco y directo de Lacroix.
Como es evidente desde el título, el Golem de Lacroix se hace cargo de una tradición literaria, mayormente conocida por la novela El Golem, de Gustav Meyrink, publicada en 1915, y por el poema “El Golem”, de Jorge Luis Borges, de 1959, aunque es un concepto referido por varios. A su vez, las obras de Meyrink y Borges se hacen cargo de otros relatos, tanto fundacionales como interpretativos. El original reside en una leyenda judía sobre la creación de una criatura de arcilla, el Golem, cuyo objetivo es la defensa del pueblo; el ente cobra vida por medio de la recitación de una palabra sagrada. Este conocimiento vendría dado por los poderes místicos basados en el conocimiento esotérico de cómo Dios creó a Adán. En pocas palabras, es un texto que hace al texto que hace al texto que hace al texto. Y a la vida. Y así sucesivamente, hacia el infinito, pues, en su afán por imitar a dios, el producto de la creación humana siempre será fallido, simulacro. El Golem como representación de un yerro cuyo motor es el desvarío humano. La caída libre a partir del advenimiento de una desventura que genera horripilancias. Se entreteje, de esta forma, y con los pocos textos aquí nombrados, una compleja red tanto cultural –en contenido– como literaria –en procedimiento–. Destacable es esto último al momento de abordar el Golem de Lacroix, una reescritura, eminentemente, ya no solo a partir de la tradición, sino también aderezada desde su contemporaneidad.
Liberados de títulos, los poemas de Golem se acoplan unos con otros como si de un relato único se tratase, característica que vuelve aún más vertiginoso el ritmo de lectura del volumen. A ratos pareciera que asistiéramos a fotogramas de Begotten, la película de 1990, dirigida por Edmund Elias Merhige, con elementos del imaginerío de El obsceno pájaro de la noche, de Donoso. «Hay un cubo de sangre que no se coagula Hay un cubo aquí dentro que no me permite mover las piernas que atrofia mi cerebro lo encarcela Hay un artefacto interóseo invisible agitante destructivo pérfido un demonio Hay una voz que sofoco que intento apagar Un espacio intranquilo que revive y colapsa y vivo”, dice el remate de la tercera parte del libro.
No obstante la aparente desvestidura poética de Golem, lo cierto es que Lacroix consigue un delicado tornasol en el registro de voces. Invoca diversos hablantes, lo que genera un efecto de polifonía e incluso de atemporalidad, como si el texto estuviera siempre sucediendo, no ya en una cronología estricta. Verbigracia, la voz de Meyrink aparece en un poema: “Quisiera aprender a maravillarme/ de una forma distinta// aprender a ver las formas/ con ojos nuevos// en lugar de mirar/ como hasta ahora/ las formas nuevas con ojos viejos// tal vez así/adquieran la juventud eterna”.
Los fenómenos conviven en Golem y es por medio de la palabra que lo experimentado existe. El poder evocador del sanfernandino: establece una alegoría del mundo y la literatura. De hecho, dentro de Golem emerge una confesión, que es la adquisición de consciencia del propio hablante respecto de la reescritura de su propio libro, que es el que está en tus manos. Esto ocurre tanto dentro del poema como fuera, pues, según datos biográficos, se trata de la tercera versión de Golem. Vida y literatura se yerguen, pues, en dirección a un lugar común, comandado por la palabra: “Lo que lees ahora/ es la ramificación de mi carne/ la versión final de este libro/ o la contaminación del barro// mi terapeuta me recomendó/ no publicarlo/ que entierre el pasado/ y continúe con mi vida”.
Según Alan Rinzler, el editor de toda la vida de Hunter Stockton Thompson, el autor de El diario del ron mecanografió, en su totalidad, El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, con el propósito de sentir, tanto mecánica como intelectualmente, qué es producir una obra maestra de la literatura. El acto conjuga vida y arte y su eje articulador es –otra vez– la palabra. “Ni hombre ni mujer/ solo Golem”, dice uno de los hablantes del poema de Lacroix. Y más adelante: “[…] recordaré/ que mi nombre será Golem/ que he dejado de ser hombre/ para ser carne del poema”. Es dentro de este caudal donde reside la idiosincrasia del libro. Aunque no del todo original, sí invita a la apertura y al cuestionamiento, mediante interrogantes que nos llevan a pensar: si ha de existir, ¿cuál es el espíritu que antecede toda poesía y, por ende, la realidad?
Cristian Salgado Poehlmann (Santiago, 1982). Estudió Letras. En la actualidad se dedica a la narrativa, la poesía y el periodismo. Puedes ver una porción de su trabajo en https://linktr.ee/cristiansalgadopoehlmann y/o contactarlo para algún asunto periodístico y/o literario acá: @poehlmanncristiansalgado. Fiel seguidor de Rangers de Talca.






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