(Por Emilio Vilches Pino)
Dee Dee Ramone, de nombre real Douglas Colvin (1951- 2002), vivía hace años frente a la casa de John Cummings (a.k.a. Johnny Ramone), pero no fue hasta 1972 cuando comenzaron a frecuentarse. Dee Dee atendía la correspondencia de un edificio en la 51 con Broadway mientras que Johnny instalaba unas tuberías. A la hora de almorzar cruzaban a un bar, el Mardi Gras, tomaban una cerveza y hablaban de los Stooges o de los conciertos a los que habían ido últimamente. En el documental End of the Century cuenta Dee Dee: “Me dijeron ‘escuché que te gustan los Stooges’, o algo así. Yo dije ‘sí, me gustan’. Era como si en toda el área solo a tres personas les gustaran, así que si te gustaban te convertías en amigo”.
Dee Dee nació en Virginia, Estados Unidos, pero por el trabajo de su padre debió trasladarse muy niño a Alemania, donde se crio y vivió hasta los quince años, principalmente en Berlín. Su padre era un oficial de ejército violento y alcohólico, con un largo historial de violencia física y psicológica contra él y su madre. No se sabe bien qué tipos de abusos recibió el pequeño Dee Dee (“Doug” para los amigos), pero se sabe que fueron graves y constantes. Recuerda Dee Dee en una entrevista con Legs McNeil: “Mis padres se peleaban mucho y muy fuerte. No quiero entrar en eso, pero lo recuerdo vívidamente, recuerdo muchas otras cosas desmoronadas, y algunas cosas buenas también, pero tuve una mala infancia. Lo que hice para compensarlo fue vivir en un mundo de fantasía total. Crecí en Alemania y cuando fui a la escuela, reprobé el primer grado y nunca volví. De hecho, traté de regresar el próximo semestre, todos mis amigos iban a segundo grado, y tuve que girar a la izquierda y seguir por el pasillo, y me dijeron: ‘¿Adónde vas?’. Dije: ‘¡Me voy a casa!’. Era una escuela del ejército estadounidense para los militares estacionados allí”.

Como abandonó temprano los estudios y su familia se cambiaba constantemente de casa, el pequeño Doug nunca pudo hacer amigos de verdad y comenzó a engendrar ese espíritu gitano que lo acompañó hasta el final de sus días, además de desarrollar la imaginación y buscarse pasatiempos literalmente entre los escombros: “Vivíamos en las afueras, y había algunas tierras de cultivo y muchas casas viejas bombardeadas en la segunda guerra. Paseaba por allí y me metía en estas fantasías intensas, e imaginaba que era un piloto de combate. También viví en Pirmasens, que es un pequeño pueblo justo en la frontera con Francia. Deambulaba por los viejos búnkeres y buscaba reliquias de guerra, como cascos viejos y máscaras antigás y bayonetas y cinturones de ametralladoras. Esto duró como un año y comencé a vender estas reliquias de guerra, pero también me divertía con ellas”.
Entre esos escombros era habitual encontrar elementos que habían pertenecido a soldados nazis. Dee Dee comenzó a recolectarlos y venderlos. Le parecían objetos “glamorosos y bonitos”, provocando el enojo de sus padres. Y así, entre soledad, abusos, fantasía y escombros, la infancia de Dee De se encaminó directo al mundo de las drogas: “Para mí, consumir drogas siempre fue algo muy solitario. Lo hacía solo, generalmente en algún pasillo o en algún techo. Empecé a drogarme con morfina, no tenían marihuana ni heroína ni nada por el estilo en Alemania. Empecé muy joven, como a los doce años. Solía cambiar dagas y esas cosas por jeringas de morfina de unos soldados que conocía”.
A los quince años, Dee Dee y su familia volvieron a Estados Unidos para instalarse en Forest Hills. El joven ya estaba muy interesado en la música y comenzó a frecuentar a los chicos del barrio que iban en la misma dirección. Sus primeras influencias tuvieron que ver con los pioneros del rock and roll y el pop de los sesenta, como Elvis Presley, los Rolling Stones y los Beatles, y todo lo que encontraba en la radio. Y si bien Forest Hills era un lugar tranquilo, Dee Dee no lograba encajar. Su carácter solitario, sus gustos extraños y su consumo de drogas lo apartaban de los chicos de su edad. Ingresó al Forest Hills Institute, pero nunca pudo relacionarse con los demás, ni mucho menos con los estudios. Su cabeza comenzó a girar en torno a la música, a los cómics y las películas de terror, además de, obviamente, las drogas. Para costearlas ya comenzaba a hacer pequeños robos y a ejercer el microtráfico.

En el libro de Legs McNeil, Please Kill Me, declara: “A los quince años empecéa comprar heroína en la fuente de Central Park, lo llevaba a mi barrio de Queens y lo revendía. Compraba quince bolsas de dos dólares a mi dealer. En Queens me pagaban las bolsas a tres dólares, de modo que ganaba algo y todavía me quedaban cinco bolsas para mí. Me iba muy bien hasta que un día me quedé sin material y empecé a sentir la abstinencia. Volví al piso de mi madre, temblaba y me encontraba fatal. Mi madre se cabreó tanto que cogió un cacharro de la cocina y me lo tiró encima. Luego rompió mis discos y tiró la guitarra por la ventana. Como mi padre no estaba, no tuve miedo, y me puse a gritarle: ‘¡Lárgate, zorra!’. Y lo hizo. Después de la pelea con mi madre ya no podía vivir en casa. En Forest Hills no tenía ningún sitio donde vivir. Pero tenía que ir a alguna parte, de modo que decidí hacer dedo hasta California. Unos tipos de Flint, Míchigan, me cogieron en algún punto de Illinois en un coche hecho polvo. Yo no sé demasiado de coches, pero aquello era un pedazo de mierda. Aquellos tipos eran unos dementes, hablaban como unos locos. Decían que querían cortarle la cabeza a alguien, estrangular a alguien. Tenían un alambre y dos capuchas. Al final pararon en una gasolinera de South Bend, Indiana, la asaltaron, y nos detuvieron a todos por atraco a mano armada. La policía nos cogió porque ese puto coche no arrancó. El poli que nos detuvo intentó ser amable conmigo. Me concedió diez llamadas telefónicas para que pudiera conseguir el dinero de la fianza. Llamé a todo el mundo. Llamé a mi padre, a mi abuela de Misuri, y todos me dijeron: ‘Que te jodan’. Era la primera vez que le pedía algo a mi padre. Estaba desesperado. Mi padre me dijo: ‘¡Que te jodan! Púdrete, te lo mereces’, y colgó. Me condenaron a noventa días por ir armado. Los otros tipos salieron en libertad, porque sus padres vinieron a buscarlos. Yo tenía quince años. Pasé tres meses en la cárcel y me soltaron. No tenía ningún sitio donde ir, así que regresé a Queens. Volví a casa de mi madre y conocí a un chico que vivía enfrente de mi casa, John Cummings, que más tarde se convertiría en Johnny Ramone”.
El temprano paso por la cárcel, sus gustos musicales —que se habían ampliado del rock and roll y el pop a los Stooges y MC5—, y el consumo creciente de drogas, fueron perfilando la personalidad errática y extravagante de Dee Dee, incluyendo sus costumbres más arraigadas, como portar siempre una navaja. Era creativo, sensible y carismático, pero también podía comportarse como un verdadero patán, sobre todo si se trataba de conseguir dinero para comprar drogas. Monte Melnick, futuro road mánager de Ramones, lo describe así en su libro: “Era divertido, brillante, emocional y dulce, pero también violento, químicamente inestable, demente. Tenía múltiples personalidades y era capaz de volar de una en otra dirección en menos de lo que canta un gallo. Podía ser tu mejor amigo y compañero de copas y un minuto después agarrárselas contigo y provocarte, o escaparse y drogarse en solitario y terminar deprimido”.
Dee Dee hizo amistad con Johnny y, junto con Tommy, comenzaron a ir a conciertos, sobre todo de los New York Dolls, la banda que les volaba la cabeza. Johnny recuerda en su libro: “Tommy, Dee Dee y yo íbamos a los clubes, que es donde de verdad empiezan las bandas; éramos amigos, teníamos los mismos gustos musicales y nos gustaba arreglarnos (hasta cierto punto) al estilo de aquellos días chillones. Tommy siempre decía: ‘¿Por qué no arman un grupo tú y Dee Dee?’. A lo que yo le contestaba: ‘Eso es una ridiculez de anormales, y yo quiero ser normal…’. Yo creo que a Dee Dee en el fondo le gustaba la idea, pero repetía lo que yo decía: que no quería estar en un grupo, que había que ser normal y tener un trabajo y todo eso”.

Mientras Tommy intentaba convencer a Johnny de formar una banda, el festín de drogas de Dee Dee no tenía límites. Recuerda en Please Kill Me: “Además de fumar buena yerba, empecé a consumir mucho pegamento, Tuinales y Seconales. Cuando no podíamos conseguir pegamento, iba al supermercado y compraba latas de crema batida e inhalábamos el gas. Tomábamos cualquier cosa para colocarnos”. Pero sin duda la adicción que marcaría a fuego la vida de Dee Dee sería la heroína. Si bien trabajaba ocasionalmente de peluquero o en una lavandería, el dinero siempre se hacía poco, por lo que el joven Dee Dee —quien ya había adoptado ese apodo, aunque cada vez que le preguntaban por qué daba una explicación distinta— era capaz incluso de prostituirse para conseguir algo de dinero para comprar heroína. Aunque él nunca lo confirmó (o más bien, a veces lo confirmaba y otras veces lo negaba), todo indica que de verdad Dee Dee hizo de prostituto en la esquina de la 53 y la 3ra, una esquina de los bajos fondos muy peligrosa y reconocida por ser un centro de prostitución.
Legs McNeil en el prólogo al libro Poison Heart, surviving The Ramones, la autobiografía (o algo así) de Dee Dee, lo describe de esta forma: “El último de una especie moribunda de auténtica estrella de rock, un auténtico tipo malo que superó todo y, al hacerlo, cambió la cara del rock and roll. Dee Dee era un desastre viviente. Era un prostituto, eventual asaltante, consumidor y traficante de heroína, cómplice de robos a mano armada y un poeta genio que se dirigía a una tumba prematura, pero fue desviado por el rock and roll. No hace falta decir que dudo que veamos más Dee Dee Ramones en el futuro cercano. El rock and roll en estos días es demasiado limpio”.
Tres meses después de la ceremonia de inducción de Ramones en el Rock and Roll Hall of Fame, Dee Dee moría de sobredosis de heroína en su departamento en Los Ángeles. Su segunda esposa, la argentina Bárbara Zampini, lo encontró tirado en el piso, con el cuerpo apoyado sobre un sofá al que no alcanzó a llegar. Dee Dee había luchado toda su vida adulta con las adicciones, en un eterno ir y venir con largos periodos infernales y otros un poco más soportables, pero en los últimos años parecía que las cosas iban mejor. Se suponía que estaba limpio. Varios de sus amigos lo vieron o hablaron con él pocos días antes de su muerte y nadie sospechó que hubiera recaído en la heroína. Pero hay personas que nacen para morir en su ley y Dee Dee era una de ellas. Como dijo Marky Ramone en su libro: “Cuando finalmente no resistió a la tentación, era un material muy puro. Aquello, unido al tiempo que llevaba limpio, desencadenó la sobredosis. Su cuerpo no resistió el impacto. Era una amarga ironía que fuera la sobriedad la que mató a Dee Dee”.
La heroína, la droga que nos ha arrebatado a tantas mentes brillantes, ¿de qué otra forma iba a acabar el bajista de los Ramones, el de la navaja en “53rd & 3rd” y de las agujas de “Chinese Rocks”? Un genio loco, un genio incomprendido, Dee Dee durante mucho tiempo fue el alma de la banda y uno de los mejores compositores del rock and roll. Las palabras de Johnny son elocuentes con respecto a su compañero: “Dee Dee era punk. Tenía el look, era un gran letrista y fue el bajista más influyente del punk rock que haya habido nunca. Nadie ni siquiera se le acerca”.

(Este texto pertenece originalmente al libro Ramones en 32 canciones de Emilio Ramón /a.k.a. Emilio Vilches Pino/ publicado por Santiago-Ander Editorial.








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