Iron Maiden
Live After Death
EMI, 1985
En mi casa se escuchaba música. Mucha música. En plena dictadura la música tenía un rol de resistencia cultural ante el oscuro panorama de la época. En una radiocasetera las canciones transitaban entre The Beatles, Inti-Illimani, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.
He de reconocer que por esos años la música no me llamaba la atención en absoluto. Con nueve años estaba más preocupado de otras cosas. Además que, por cierto, las melodías que sonaban en casa, las del catálogo de artistas antes mencionados, me aburrían más que otra cosa.
En mi curso había un compañero que tenía un papá músico. Baterista, para ser más exacto. Y medio famoso, ya que formaba parte de la orquesta de un programa estelar de la TV de aquella época.
El tema es que este papá-baterista tenía una colección de discos impresionantes en su casa y con mi compañero pasábamos horas mirando carátulas. Cat Stevens, Miles Davis, Jean-Luc Ponty, Janis Joplin y al final de la repisa, una donde salía un monstruo.
Capturó mi atención inmediatamente. Empezamos a dibujar el monstruo en cuadernos, inventábamos historias alrededor de él, nos daba miedo y curiosidad. No lo escuchábamos, ya que no sabíamos usar el tocadiscos, y a decir verdad andábamos más preocupados de jugar o andar en bicicleta.
Hasta que un día el papá-músico-baterista nos escuchó hablar del disco. Del monstruo y las fotos de la banda. Del cinturón con una calavera del cantante y los músicos tocando en medio de una momia gigante disparando fuego por los ojos.
Un par de días después llega este compañero. “Mi papá nos regaló esto”, una copia en casete del disco del monstruo. No decía ni el nombre de la banda, ni las canciones, solo “Monstruo”.
Nos turnamos para escucharlo, primero él y al otro día yo. Llegué a casa, me comí las corbatitas con huevo que mi mamá me dejaba en un termo, porque ella siempre estaba trabajando y con mi hermana estábamos solos en casa.

Tomé a “Monstruo”, lo puse en la radio. Play. Todo explotó a mi alrededor.
Nunca, pero nunca en mi corta vida de ese entonces había escuchado algo así. Se me aceleró el corazón, trataba de explicarme qué era eso que salía por los parlantes. Un señor hablando en inglés y luego una canción acelerada que hizo que volaran todos los cojines del living y me tenía saltando de la mesa al sillón.
“Monstruo” fue una revelación. Un punto de inflexión inmediato. Un quiebre y el inicio de una larga historia. Lo escuché dos, tres, cuatro veces esa tarde. Cada vez era mejor. Las fotos que veíamos tenían sentido. Eran energía pura, como la música.
Con el correr del tiempo y con la ayuda de alguno de los “cabros grandes” del barrio supe que “Monstruo” era Live After Death, de Iron Maiden. Por fin tenía nombre. Y sus canciones también.
Lo escuchaba y escuchaba. “Aces High” y su batalla aérea de los Spitfire ingleses contra los Messerschmitt de Hitler; “2 Minutes to Midnight” y su apología a la destrucción planetaria; “The Trooper”, “Revelations” y la que me marcó a fuego de por vida: “The Flight Of Icarus”.
También los trece minutos épicos de “The Rime Of The Ancient Mariner” y la sección de guitarras y bajo que parecía un muro de sonido que caía encima cada vez que la escuchaba.
La risa siniestra del faraón en “Powerslave”, el solo de guitarra de Murray en “The Number Of The Beast”, los gritos de Dickinson ‘scream for me Long Beach’ en “Hallowed By Thy Name”, la velocidad de “Iron Maiden”, la batería de “Run To The Hills” y el cierre perfecto con “Running Free”.
Cada escuchada de Live After Death era un escape. Imaginarse en movimiento las fotos del disco del papá-baterista-músico-grabador-de-casetes. El fuego de la momia, las luces, los jeroglíficos egipcios de la escenografía. Era ver en mi mente al “monstruo” de la portada emergiendo de una tumba mientras un relámpago se le metía en la frente.

Al año siguiente, el compañero no llegó en marzo a clases. Se habían ido de la ciudad con su familia. Pero “Monstruo” quedó en mis manos.
Pero ese año también llegó la segunda revelación. El “Monstruo” que nos grabaron estaba incompleto. Faltaba toda la segunda parte que el papá-baterista olvidó grabar. Y entonces empezó la búsqueda del preciado tesoro.
Una tía comenzó a trabajar en un videoclub. Aquellos extintos lugares donde se arrendaban películas en VHS y donde (también) vendían música. Y allí estaba. El famoso Vol.2 de Live After Death, editado en casete en Chile.
Si bien el lado A era el mismo del cierre del “Monstruo” regrabado, el lado B era totalmente nuevo y escucharlo fue entrar otra vez en el vórtice.
“Wratchild”, “22 Acacia Avenue”, “Children Of The Damned”, “Die With Your Boots On” y “Phantom Of The Opera”, se añadieron al “Monstruo” original y extendieron la experiencia imaginaria de soñar a la banda en vivo en mi pieza. De tocar una guitarra en un escobillón o ansiar llegar pronto a casa para volver a comer corbatitas con huevo y darle play a la casetera.
Fue el inicio de una hermandad profunda con la música. De una necesidad inexplicable de tener que escuchar álbumes, de coleccionar discos, de ir a conciertos y sentir que pase lo que pase, “Monstruo” y todos los demás “Monstruos” estarán siempre ahí. Incluso después de cuarenta años.
Me conecta con una infancia. Con una historia. Colores, recuerdos y canciones. Un hogar, amistades, conversaciones. Dibujos de niño que de adulto se transformaron en canciones de mi propia creación.
Y como reza la inscripción de H.P. Lovecraft en la lápida de la portada de Live After Death: “No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con el paso de los extraños eones, incluso la muerte puede morir”…
Algún día también yo habré de morir y confío en que, cuando el cerebro se extinga y la última llamarada de hiperactividad neuronal desate un torbellino de memorias, entre esos destellos fugaces aparezca “Monstruo”, aunque sea por un fugaz instante.

Matías Leonicio es cantante de la banda NUCLEAR
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