Rubber Soul
The Beatles
Parlophone, 1965
Un ritmo melancólico.
Esta historia tiene un ritmo melancólico, porque es una historia nostálgica y, como toda narración melancólica, es también un relato de amor.
Intento hacer memoria y la primera imagen que me viene es la de mi casa en el barrio Yungay. En concreto, la habitación que compartía con mi hermano Miguel, esa habitación de muros verdes, con nuestras camas de metal, el velador a juego, el techo alto y con el piso y puertas de madera. Era una casa antigua. Enorme. O, tal vez no tanto, pero ahora, en mi memoria, a mí me lo parece.
Yo tendría siete, a lo sumo ocho años y, ese día, en cierto sentido mi vida iba a cambiar.
Pero yo no sabía.
Era poco más de las dos y mi hermano llegó del colegio. Llegaba después que yo algunos días y lo esperábamos para almorzar, igual que a mi padre, que solía entrar unos minutos más tarde. No me acuerdo mucho de ese almuerzo, estábamos los cuatro (papi, mami y los hermanitos) conversando y mirando algún programa de esos clásicos ochenteros: El festival de la una o Almorzando en el 13, con José María Navasal.
Cuando nos levantamos de la mesa, la vida siguió como siempre, era la época de la estructura conservadora: padre regresa al trabajo, madre a los quehaceres de casa, los hermanitos hacen las tareas (forzados, claro está), miran tele, juegan, toman once. Pero ese día iba a cambiar mi vida.

No sé qué estaba haciendo, seguramente dibujando o en cuatro patas con los autitos en miniatura, no tengo una imagen clara, excepto que estaba encorvado (parece que sí, que estaba dibujando) y de pronto, por la radio que teníamos en la pieza con mi hermano, una radio-reloj muy moderna para entonces (regalo de mi tía que vivía en Estados Unidos y eso nos daba a Miguel y a mí un aura cool en el barrio) sonó una canción que fue como una ola que cambia la marea completa del océano.
Las voces fueron lo primero.
¿Cómo era posible que sonaran así? ¿Cómo era posible que un coro de voces sonara de ese modo?
Estaba en inglés y en ese entonces yo no entendía una palabra de ese idioma, lo que a la larga también fue bueno, pues, solo podía prestar atención a la musicalidad que emergía del parlante. Se trataba de una canción que te inundaba; los sonidos que estaban grabados, además, me parecían imposibles, literalmente inauditos… la grabación incluía, incluso, un acople y hasta ese “recurso” sonaba perfecto en la totalidad.

Francamente, todo lo que he dicho sobre esos sonidos (el texto completo, en realidad) es un bellísimo fracaso, porque, la indefectible verdad, es que no hay capacidad mimética en mis palabras para describir lo que estaba escuchando.
Me obsesioné con la canción. Totalmente.
De niño fui así, obsesivo.
Mi madre dice que es porque soy geminiano, pero es trampa, porque mi madre es pesada, encuentra todo malo y cada que puede darte una orden o mostrarte un defecto, lo hará. Es como un sargento de caballería rusa del año 20, pero en versión chilena, es decir, peor.
El casete, evidentemente, lo había llevado mi hermano a la casa. Miguel era (y es) mi ídolo total. Entonces yo le creía todo lo que dijera (todavía un poco) y, por supuesto, le pregunté el nombre de la canción. Me lo dijo y todo se hizo más misterioso aún, porque claro, era inglés y yo creía que ese idioma (como el árabe que hablaba mi abuelo con mi papá y mis tíos) era una suerte de lengua mágica que podía integrar a este mundo cosas inexistentes, lo cual en cierta manera estaba sucediendo en ese instante.
La canción se llama «Nowhere Man», explicó Miguel y luego: son los Beatles.
No, dije, no pueden ser los Beatles. Miguel se rio, porque yo era muy chico y, como me ha contado después, se lo dije con mucha seguridad, como un hombre adulto y riguroso que sabe algo a ciencia cierta. Sí, son, insistió él. Le pedí que la oyéramos otra vez.
Y otra. Y otra. Y otra.
Muchas veces.
La canción, en todo caso -y en mi defensa- es para obsesionarse. La letra, que entonces no entendía, es preciosa, son líricas que durante años volverían a mí, una y otra vez, identificándome con ellas permanentemente en distintas etapas de mi vida, por lo que no deja de ser sintomático que me gustara tanto, aun cuando no las entendía. Sin embargo, no solo se trata de esa letra dulce, colorida y tristemente optimista, sino que también es la cualidad musical del tema -y del disco- que ya utiliza ciertas técnicas diferentes a los anteriores álbumes de los Beatles: las voces, por ejemplo, se nota el tratamiento de la armonización de la melodía principal (en realidad eso sucede en casi todos los temas del disco que -supongo ya se habrá deducido-, se trata de Rubber soul), esa armonización de la melodía central, con otra voz generalmente más aguda, aunque no siempre, que concierta sobre la misma frase, eso es muy típico de ese álbum, además, las voces ahora comienzan a usarlas como un instrumento, mejor dicho, como un grupo de instrumentos, por ejemplo, como un bloque de bronces; así, con dos o tres voces, cantan las notas que componen el acorde, es decir, están armonizadas, pero hacen una melodía distinta (en otro temazo del disco, que es «You Won’t See Me», eso se nota particularmente en esos coros “Uuuuu, lálala”).
Se trata de grandes descubrimientos, porque exponen una maduración compositiva de la banda y cambios que, si bien son aún embrionarios, ya apuntan a un estilo más sicodélico. Es cierto que el primer disco donde aparecen estos cambios es en Revolver, pero allí, son todavía un juego, un recurso indeterminado, en Rubber soul se hace patente una exploración intencionada de ese lenguaje, por eso resulta correcto hablar de una maduración creativa en los Beatles a partir de aquí.
Miguel comenzó a aburrirse de escuchar tantas veces «Nowhere Man» -con razón- pero yo le dije que teníamos que saber que decía la letra. Así le dije: tenemos que saber, como una especie de mandato divino (ahora que lo pienso mi hermano me regaloneaba tanto que me convirtió en un diminuto tirano con él). Con la generosidad y paciencia que siempre me ha tenido (mentira, no tiene mucha paciencia, es un cascarrabias), me dijo que iba a tratar de hacer algo.
Que mi hermano diga que va a hacer algo, significa, sin lugar a duda, que lo va a solucionar.
Finalmente, seguimos escuchando el disco que, como ya dije, en realidad era una casete.

No podría decir que Rubber soul es mi disco favorito de los Beatles, pero fue el primer disco que me voló la cabeza, además no puedo ni quiero decirlo porque, en realidad, no puedo tener un disco favorito de los Beatles. Son la mejor banda del mundo mundial y eso es todo. Como dijo Charly[1], si conozco a alguien y me dice que no le gustan los Beatles, mmmmm… desconfío un poquito de esa persona.
En este disco también cambia a el uso de las cuerdas. Hay una transformación del paradigma pop que los hizo famosos, y es que empiezan a emerger guitarras con otros timbres, por ejemplo acústicas tratadas («Norwegian Wood»), nuevos efectos en las eléctricas, incluyendo reverberaciones y pequeñas distorsiones, de hecho, hay un tema que tiene un Fuzz, pero es en el bajo, no en la guitarra («Think For Yourself»). También hay un uso más complejo de los teclados, el piano eléctrico, el piano tradicional, algo que suena como clavicordio («In My Life», evidentemente), aunque en los créditos del disco dice que se trata de un piano que, por lo demás, tocó George Martin, alias, el quinto Beatle.
Dos días después (se los dije), Miguel llegó con la letra de «Nowhere Man», la de esa canción y como de treinta más. Le contó la historia a una compañera suya de curso[2] y ella le prestó un cancionero de los Beatles.
Un cancionero… me pasa algo fuerte con esto ¿cómo explicarles a los jóvenes lo que es? Claro, no es tan difícil diría uno: se trata de un librito donde vienen las letras de los temas de un artista (con traducción) y las posturas de guitarra con las notas para tocar las canciones, de ahí el nombre.
¡Pero es que no se trata solo de eso!
En los 80, tener un cancionero era poseer una suerte de tesoro medieval, una entrada a misterios para iniciados en la esotérica (y ya entonces agonizante) religión de la cultura, que durante la dictadura era mucho más inaccesible; sea por censura, falta de medios o el poco dinero para obtenerla.
Entonces, ese objeto extraño y maravilloso, me abrió una puerta igualmente extraña y maravillosa: las letras de las canciones.
No estaban todas las de Rubber soul, pero por otro lado, estaban las de varios otros discos. Definitivamente, eso fue una experiencia enorme en mi infancia, porque con mi hermano Miguel teníamos la extraña obsesión por descifrar esas letras, interpretarlas de cualquier forma para intentar encontrarles un significado que, de alguna manera, nos hiciera sentido. Ese esfuerzo semiótico, más que atinarle al sentido último del texto (dudo que esas letras lo tuviesen) nos permitieron pensar de un modo imaginativo y amplio, nos dieron la oportunidad de entender que las palabras eran más que meras palabras y, en última instancia, eso definió mi vida en muchos (tal vez demasiados) modos.
Y, por otra parte, me marcaron emocionalmente también.
In my life sigue siendo una canción que me toca el alma y sin duda es un himno universal, de hecho, creo que es difícil que alguien pueda superar esas líricas tan sencillas como profundas, remorar de esa manera las experiencias de vida, determinan una sensibilidad compleja, dulce y melancólica, como muchas de las mejores canciones de la historia.
Tal vez, todo este texto imita (pobremente) a esa canción, intentando asir lo inasible: la memoria… no solo la memoria racional, sino, sobre todo, la sentimental. La memoria, como juego, como melodía, como… como una pequeña resurrección, como un ritmo feliz.
[1] Supongo que si estás leyendo esto, te gusta la música de verdad, por lo que cuando digo “Charly” sabes de quién hablo. Si no lo sabes, deja este texto y ve a escucharlo ahora mismo, te estás perdiendo de algo mucho mejor que leerme.
[2] En ese entonces mi hermano no se enteraba, pero la chica estaba enamorada de él; es que Miguel era bien tonto en esas cosas… hasta que dejó de serlo.

César Farah es músico y cantante en Santo Barrio. También es dramaturgo, novelista y académico, docente en la Universidad de Chile, Universidad Adolfo Ibáñez y Uniacc. Es crítico literario y teatral. Ha escrito las novelas La Ciudad Eterna, El Gran Dios Salvaje y Trilogía Karaoke, además de dirigir varias obras de teatro.








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