«Cachorro» es un cuento del último libro de Martín Sepúlveda B., ilustrado por Fa Casol, publicado por la editorial Desastre Natural. El evento de lanzamiento será en el mes de enero y será anunciado en las redes de la editorial.
Le daba pena mirarse al espejo sin ropa. Tenía las estrías de los embarazos, pero nunca escuchó el llanto de una guagua propia. Había probado con cremas, con terapia, con bohemia. Al final la pena y las marcas seguían ahí, y le pareció más fácil vivir con la polera puesta.
Hace tiempo que pidió que la trasladaran de área en el trabajo. Durante años fue la mejor a la hora de cubrir los shows de moda, pero ya no aguantaba mirar esos cuerpos, esas pieles tersas, miradas vacías que no habían sufrido nada más terrible que una sesión de fotos demasiado larga. Logró cambiarse al área de videos locales. Noticias chicas, gente especulando, vecinos que dicen que vieron algo o que lo escucharon de la boca de otro vecino. Poca realidad. Poco espejo en el cual evitar mirarse.
Cada día quedaban menos de los que estuvieron cuando Bárbara “se vino abajo”, como decían. La mayoría de sus compañeros que la vieron perder esas dos guaguas ya trabajaban en otros lugares. Pocos de sus colegas actuales sabían que antes ella se paseaba por los pasillos con tacos brillantes y ropa que marcaba su figura mantenida a pulso y sacrificios. A veces se decía que cuando ya no quedara ninguno, tal vez se podría sentir realmente libre. Pero si fuera por eso, ya se hubiese cambiado de trabajo.
Pensaba en la contradicción en la que se puso a sí misma. Luego de todo el dolor, de todos los gritos, de infinitos minutos con los ojos cerrados para no tener que ver un mundo que le destrozaba el corazón, había decidido llevar una vida silenciosa, una vida tranquila sin expectativas ni sueños que pudieran romperse como siempre lo habían hecho antes. Pero el centro de esa vida era su trabajo en un lugar caótico, donde lo real y lo falso conviven en pos del entretenimiento de millones de personas que buscan día a día llenar el vacío con todo el ruido posible.
Las noticias como la de ese día eran algo común. Hombres-lagarto, mujeres-pájaro, figuras oscuras que aparecían y desaparecían a vista de nunca más de dos testigos, que luego eran seis y luego el barrio entero. Hasta tenían a un “especialista” que aparecía a veces en sus reportajes porque cuando chico había visto al chupacabras. Quizás ya no era así, pero cuando ella entró a trabajar ahí, la credibilidad era algo importante.
—Pero Bárbara, si es verdad puede ser algo grande.
—Esa mentalidad nos ha llenado de fake news —Esta conversación tenía lugar al menos dos veces a la semana entre Bárbara y sus redactores, pero ella era jefa de contenido y no se dejaba llevar—. Pruebas concretas, Valeria, las noticias se hacen con pruebas concretas.
—¿Esperamos a que el niño aparezca muerto entonces? ¿A que la persona que le puso ese collar de perro decida sacrificarlo? Estas son las cosas que podemos hacer llegar a la gente para que se solucionen.
La idea de que fuese real, de que en realidad en un basural fuera de la ciudad existiera un niñito que se pasea sin más ropa que un collar de perro, que se alimenta de basura y que ladra, era algo que le hacía picar la piel como si tuviera hormigas en lugar de nervios.
—Siempre aparecen estos mitos urbanos. Lo sabes bien, porque muchos de ellos se han inventado en esta oficina —Lo dijo con años de frustración, con el peso de una integridad que pensó que había perdido el día que fabricó su primera noticia falsa a pedido de sus jefes—. Pero si se trata de niños, no nos vamos a meter a inventar cosas como esas.
—¿Y si es verdad?
—Si es verdad, hay gente más capacitada que nosotras para ayudar a ese niño.
Hace tiempo que Bárbara se enteró de lo que decían de ella en la oficina. Que antes fue un tiburón cazando noticias y haciendo lo necesario por llevar la empresa hasta la cima, pero que ahora la menor mención de algo relacionado con niños era suficiente para romperla. Algunos nuevos aplaudían que un jefe tuviera un código ético, pero muchos de los redactores antiguos sabían que la ética no llegaba demasiado lejos en el mundo en que trabajaban.
La empresa tenía equipos para todo tipo de temáticas, y el de Bárbara iba a la baja. Ella se cobijaba en el discurso de trabajar en base a hechos y de tener las noticias con mejor información y fuentes, pero los otros jefes discutían eso con ingresos muy superiores a los de ella. Y no era algo que la gente que trabajaba bajo su alero siguiera queriendo celebrar. Ellos habían entrado al negocio del periodismo online por su alcance virtualmente infinito, pero trabajaban para una persona que buscaba acotar cada día más su público.
Por eso no le sorprendió cuando su equipo completo le pidió una reunión de pauta. Lo que sí le sorprendió fue que el jefe de toda el área estuviera ahí. La idea no pudo ser de él, no era ese tipo de jefe. Y en su equipo solo había una persona con suficiente personalidad como para enfrentarla de esa forma. No necesitó más confirmación que el hecho de que Valeria fue la primera en hablar.
—Creemos que ya hemos perdido suficientes buenas noticias. Entendemos la ética periodística tan bien como tú, pero eso no significa que no podamos seguir una investigación solo porque a ti te toca una fibra particular.
Nadie esperaba que Valeria fuera tan directa respecto a ese último punto, y la incomodidad se tradujo en movimientos sobre las sillas, algunas gotas incipientes de sudor y caras que se tornaron rojas como si se hubiese subido al máximo el termostato de la oficina.
—¿Cuál sería esa fibra? —Bárbara le dio su mirada más penetrante a Valeria y a José Luis, su jefe.
—Es obvio que te pasa algo con las noticias de niños, y yo todavía no trabajaba acá, pero todos saben lo que te…
—Sí, todos saben que perdí dos guaguas trabajando acá. Y, claro, tú todavía no trabajabas en este lugar, no habías ni salido del colegio. ¿Sabes qué más pasó en esa época? Pasamos de ser el medio más grande de Latinoamérica, a una resaca de videos viejos que pierden su vigencia en cuestión de horas. Y eso es porque se llenó de noticias falsas, de reportajes truchos inventados para sacar números. ¿Me toca una fibra tu historia del supuesto niño perro? Sí, por supuesto que lo hace, me toca la fibra de que por ese tipo de pelotudeces este lugar se está viniendo abajo, porque nos llenamos de pendejas como tú que…
—¡Se acabó!
Con dos palabras José Luis le dejó claro a Bárbara que ella no iba a ganar esta discusión. Dos palabras y un gesto para que todos salieran menos ella y Valeria. Dos palabras y todo el poder que había tenido sobre su equipo durante tantos años, se desvaneció como tantas otras cosas se desvanecieron en su vida. José Luis le había dejado otra marca imposible de borrar.
A la semana siguiente se anunció que Valeria sería responsable de sus propios reportajes especiales, trabajando directamente para el editor en jefe, sin tener que pasar por Bárbara, que se ocuparía del día a día. En la oficina apareció una pizarra con un calendario, algunas impresiones, los nombres de varias personas del equipo junto a un cronograma, y sobre todo eso, escrito con la letra prístina de Valeria: “Niño-Perro”.
Quería pensar que era su profesionalismo lo que la había llevado a esta pelea, pero las palabras de Valeria resonaban en su cabeza. ¿Sus propios traumas estaban realmente afectando su trabajo y el de otros? Le costaba pensar que lo que nunca pudo tener estaba empezando a desgastar lo que siempre se mantuvo como su centro: su trabajo. Con un par de vueltas conseguía llegar a la conclusión de que ella era la que estaba en lo correcto. No podían seguir una historia basada en rumores que pudiese generar un pánico sin sentido.
Luego apareció la foto. Era imposible verificar su veracidad, pero era más imposible no sentirse afectado por ella. El color de su piel era indescifrable a causa de la mugre, al igual que lo era su edad por culpa de la desnutrición. Detrás de unos brazos, que no eran más que huesos cubiertos por piel, se intuían costillas demasiado marcadas, y aunque la foto estaba tomada de lejos y era borrosa, se podía sentir el hambre en su estómago inflamado.
El pelo oscuro de su cabeza cubría casi por completo el rostro del niño, no tenía mirada, ni rasgo alguno que permitiera identificarlo. Bárbara llevaba muchos años en ese trabajo y sintió pena por lo que estaba a punto de pasar. Si no habían ojos tristes por los cuales suplicar clemencia, la gente inventaría un monstruo al cual atribuir atrocidades.
Durante las siguientes semanas vio la evolución de la noticia como hizo tantas veces antes, solo que esta era la primera vez que ella estaba mirando desde las gradas. Todos los medios dieron cobertura especial al niño, especulando, llevando expertos, recordando casos similares de otros lugares, dando la mayor cantidad de información inútil posible alrededor de un misterio que todavía no tenía base en la realidad.
El municipio cumplió con las demandas básicas del público y realizaron una búsqueda que de lejos se veía bien, pero que no fue totalmente seria. Quisieron dejar claro rápidamente que era imposible que algo así sucediera en terrenos municipales como ese, pero que de todas maneras iban a mantener atentos a los guardias del basural. Bárbara intentaba no caer en el juego mediático, pero la foto del niño la acechaba sin descanso, y en secreto deseaba que el misterio se dilucidara lo antes posible, en lugar de hacerlo durar en nombre del entretenimiento.
—No tiene por qué vivir todo el día en la basura —Valeria se sorprendió de que Bárbara le estuviera hablando, pero la curiosidad era más grande que cualquier otro sentimiento.
—Creo que la gente notaría si un niño camina sin ropa por el centro —Sabía que si Bárbara le hablaba era porque tenía una teoría, y ella misma le enseñó que la confrontación es el mejor camino a la verdad.
—Una pensaría eso… pero hay tanto que ya nadie ve. De todas maneras, no es el centro donde hay que mirar. Tú misma le pusiste el nombre de “niño-perro”, todos dicen que es un salvaje que no sabe vivir en la sociedad. Lo convertiste en un animal rabioso, solo porque no has encontrado mejores respuestas.
—Ya, pensé que venías a aportar, pero que bueno que decidiste desahogarte.
—Escúchame. Tú misma diste a entender que es un animal inadaptado. ¿Has visto perros rabiosos andar por las calles repletas de gente? —Valeria hizo un gesto para decir que no—. Los perros salvajes andan por donde no los molesten, donde puedan comer tranquilos. El basural es un lugar tranquilo en la madrugada, pero el resto del día está lleno de camiones, trabajadores, gente que busca tesoros en la basura. ¿A dónde va? ¿Qué hay más allá del barranco donde queman las bolsas?
—El cerro —Valeria tenía los ojos como platos y el rubor cubrió sus mejillas.
Los esfuerzos dejaron de limitarse al basural y decenas de investigadoras, tanto profesionales como amateurs, comenzaron a dar vueltas de día y de noche por el cerro que dividía la ciudad en dos, por sus bosques aledaños, por todos los lugares abandonados que se les ocurriera. Parecía un juego infantil para adultos, una búsqueda del tesoro que prometía un premio terrible y desgarrador. Bárbara tenía razón. Entre las sombras y el abandono, los reportes de nuevos avistamientos comenzaron a aflorar uno tras otro.
El primer video apareció un martes, subido a una cuenta anónima. La imagen era granulada, como si alguien hubiera filmado con un celular viejo. Entre montones de plástico y chatarra se movía una figura pequeña, desnuda, que avanzaba en cuatro patas. La cámara temblaba. El niño levantó la cabeza. Ojos brillantes, la boca manchada de tierra, una sombra de pelo apelmazado. La filmación duraba menos de diez segundos, pero se viralizó de inmediato.
Bárbara lo vio en la pantalla de la sala de prensa. Nadie sabía si era cierto. Algunos decían montaje, otros hablaban de experimentos, de abandono extremo, de mutaciones. A ella se le apretó el estómago como si hubiera tragado una piedra.
Los días siguientes circularon más videos. Uno mostraba al niño corriendo hacia un cerro de desperdicios y perdiéndose en un túnel de latas oxidadas. Otro lo mostraba agazapado, comiendo con las manos algo irreconocible. Cada registro era más borroso que el anterior, pero la figura se repetía. Siempre ese cuerpo pequeño, huidizo, sucio de basura.
El gobierno finalmente decidió reaccionar. Un operativo en el cerro, carabineros con linternas y perros de búsqueda, helicópteros que sobrevolaron la ciudad. No encontraron nada. El informe oficial habló de “montaje digital, intervención de imágenes” y la prensa más cercana al poder lo repitió sin matices. Valeria insistía en cubrirlo de la forma más sensacionalista posible, mientras Bárbara trataba de frenar un poco el asunto, alegando todavía que todo podía ser un montaje, y que de no serlo, no le estaban haciendo ningún favor a ese niño al convertirlo en una especie de leyenda urbana. Pero en secreto, cada vez que volvía a su departamento, encendía el computador y repasaba las imágenes cuadro a cuadro.
Las ampliaba hasta que los píxeles se volvían manchas de color. Buscaba señales mínimas: una uña, un mechón, la curva de una espalda. Varias veces creyó descubrir una mancha de nacimiento, o algún lunar, y se encontraba imaginando las marcas cutáneas que sus propios hijos pudieron haber tenido. Nuevamente pensaba en esos cuerpos que nunca pudo abrazar.
Fueron dos embarazos, ambos detenidos en el umbral de la vida. Los médicos hablaron de mala suerte, de cuerpos que no resisten. Ella no volvió a intentarlo. Años después, seguía tocándose la piel del vientre como si ahí, bajo las capas del tiempo, permaneciera un vacío caliente. Luego miraba la pantalla y todo ese calor se congelaba ante la imagen de ese pequeño, que probablemente no sentía el calor de una madre desde que salió del útero de quien lo dejó en la penumbra.
En las mañanas, rumbo al trabajo, miraba de reojo los titulares de los kioscos. “El niño salvaje de la basura”, “Fenómeno o montaje”, “Expertos debaten”. El rostro del pequeño aparecía en portadas ampliado, deformado por el zoom. Bárbara evitaba mirarlo demasiado tiempo, aunque ya lo conocía de memoria.
Las noches eran difíciles. El edificio quedaba en silencio. Encendía la televisión, donde todo el país discutía sobre el niño: paneles de psicólogos, sociólogos, sacerdotes, veterinarios. Algunos pedían compasión, otros demandaban encierro, varios hablaban de milagro. El experto que ellos llamaron defendía la teoría de que el niño vivía en un sistema de cuevas. Ella apagaba el aparato, pero la sensación seguía, como si la respiración del niño se hubiera quedado flotando en la sala.
Y luego sucedió lo que siempre pasaba. Demasiados días sin novedades, las teorías seguían siendo las mismas y nuevas noticias empezaban a llenar los segmentos. Un famoso de la televisión local apareció descuartizado en varias bolsas de basura cerca de su casa, al parecer un guionista frustrado lo había asesinado y fue abatido por la policía. Habían fotos y videos en buena calidad, era suficiente para ganarle en rating y visualizaciones a un pequeño mito urbano.
Pasaron semanas. La fiscalía terminó declarando el caso cerrado. “No hay pruebas concluyentes”, decía el comunicado. La prensa hizo borrón y cuenta nueva, ya no querían saber más de los reportes sobre la criatura. Solo algunos insistían en que era verdad, que alguien debía seguir buscando. Bárbara, en silencio, lo hacía.
Guardó cada foto, cada video, en una carpeta secreta. Al llegar la noche, la abría y miraba en la penumbra las imágenes una tras otra, como si fueran estampitas de un santoral. A veces creía escuchar un ruido leve en el pasillo, como de uñas raspando la madera. Se levantaba, revisaba la puerta, pero nunca había nada.
Empezó a encontrarse caminando cerca del basural y a través de los árboles del cerro cada vez más seguido. No miraba a nada en particular, ni andaba con el teléfono en la mano como algunas de las personas con las que se cruzaba, que encontraban entre ellas algún tipo de camaradería al decirse cosas como “sigue acá”. No pasó mucho tiempo para que se sintiera más cómoda en esa mezcla de naturaleza y podredumbre que en su casa o entre los escritorios de su trabajo.
—Solo quiero saber si estás bien —le dijo José Luis luego de pedirle que entrara a su oficina—, hace tiempo que andas muy distraída, y te ves agotada, Bárbara. Sé que como tu jefe no debería decir estas cosas, pero también soy tu amigo… has bajado muchísimo de peso, no te ves sana. ¿Estás comiendo?
—Algo —dijo ella, recordando las arcadas al probar unos pedazos de sándwich a medio pudrir que encontró en un basurero en una de sus caminatas—. No se necesita tanta comida para seguir caminando.
—Estamos preocupados. Estás sucia, al borde de la desnutrición, viéndote de lejos te llegas a parecer a…
—No hables de él. Ustedes lo abandonaron, decidieron dejarlo olvidado. Ya no tienen derecho a hablar de él.
José Luis suspiró y se acercó a ella.
—Hablas de ese niño como si lo conocieras, como si fuera uno de tus hij…
Tres personas tuvieron que entrar corriendo a la oficina para quitar a Bárbara de encima de su jefe. Le alcanzó a enterrar las uñas pero no a morderlo, y de un cabezazo le soltó dos dientes. Aun así, José Luis amenazó a todas las personas de la oficina con despedirlos si es que veía cualquier atisbo del altercado en una de sus páginas de noticias. Bárbara salió caminando sola, dejando todas sus pertenencias en su escritorio.
Su living se convirtió en un reflejo del basural en el que había pasado sus días. Comía sin ganas lo que quedaba en su casa, sin cocinar nada. El papel del baño se había acabado y solo se limpiaba con un poco de agua, pero ya ni siquiera percibía sus propios aromas. Todos sus sentidos estaban enfocados en la pantalla de su computador, en donde se turnaba entre los registros del niño y fotos de sus ecografías, que no pudo ver durante muchos años.
Solo sabía qué día era por los sonidos del exterior. Y esa noche al despertar, entendió que debía ser viernes, porque pasaba tanto el camión de la basura como el del reciclaje. Al sentir la polera mojada asumió que había vomitado un poco mientras dormía, que no era algo raro últimamente, pero un vértigo la invadió junto al dolor que le era tristemente familiar.
Al meterse la mano bajo la polera sintió la hinchazón, al mismo tiempo que descubrió esa humedad pastosa de la leche que había empujado su camino a través de sus pezones. Sus guaguas nunca pudieron probar su leche, y el dolor de estar llena era uno que no podía volver.
Llegar a la puerta fue una tarea titánica entre todos los desperdicios amontonados, pero el dolor la llenó de determinación. Caminó hasta la periferia de la ciudad, donde empezaba el basural. El aire tenía un olor ácido, mezcla de plástico quemado y fruta podrida. Avanzó entre bolsas abiertas, latas, fierros oxidados. Se descalzó para no hacer ruido. El frío de la tierra se sentía correcto, una humedad que combinaba con la suya mejor que la sequedad en la que vivó los últimos años. En medio del silencio escuchó un movimiento. Pequeño, rápido. Se agachó. Entre los restos brillaron dos ojos que parecían esperarla.
Bárbara comenzó a dejar la ropa en el suelo. Una a una las prendas fueron cayendo hasta que su cuerpo quedó desnudo, temblando bajo el aire de la noche. La leche empezó a manar desde sus pezones y a bajar por sus estrías, cauces para el líquido blanco que la recorrió hasta llegar al suelo. El niño se acercó con cautela, por primera vez podía verlo de verdad, sin pixeles. Estaba asqueroso y completamente desnutrido, su única vestimenta era ese collar de perro que estaba casi pegado a su piel, notoriamente irritada por el roce.
Bárbara no se movió y dejó que fuera él quien se acercara. No contó los minutos, porque el tiempo en ese momento no tenía significado, solo la distancia. Cada paso era un milagro, y con cada mirada que cruzaban, el charco de leche a sus pies se agrandaba. Cuando sintió la mano del pequeño sobre su brazo, las lágrimas cayeron para unirse al pequeño lago bajo sus dos cuerpos.
Posó su mano en la cabeza grasienta del pequeño con cuidado y lo llevó hacia ella. Cuando estuvieron piel con piel, sintió unos labios delgados y partidos apoyarse en su vientre y buscar la leche con una mezcla de miedo y desesperación. Bárbara le levantó la cabeza a ese niño que tanto había buscado y, mirándolo a los ojos con amor, le sacó el collar por el cual lo llamaron monstruo y criatura. Se agachó lo suficiente para poder apoyar su pezón en la boca hambrienta, que enterró sus dientes sin duda ni cuidado alguno.
Con su pequeño ya en brazos y alimentándose, ella cambió su nombre por el que él quisiera darle cuando estuviera listo, y se adentró en una oscuridad en la que nada importaba más que el brillo en los ojos de su niño. Su cachorro.








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