Han pasado diez años desde esa llamada. Abrí los ojos medio perdido, porque estaba durmiendo en la casa de una tía en la playa y no reconocía la pieza. Me pareció demasiado temprano para que mi polola estuviera llamando y, como pasa siempre a esa hora, pensé en alguna desgracia, pero no en una de ese tamaño. La frase “se murió Bowie” no me la enseñaron en la universidad ni en el colegio ni existía en ningún rincón de mi cabeza, porque nunca fue una posibilidad. ¿Cómo puede morirse algo tan infinito?
Con mi tía nos encontramos después en el living, los dos moviéndonos como fantasmas, sin saber muy bien qué hacer, hasta que alguno atinó a la única opción plausible: prender el equipo de música. Escuchamos el Ziggy entero, nos abrazamos, tomamos café. Ella llamó a su hijo, yo llamé a mi papá. Y entre el llanto y el rock me cayó encima el pensamiento más terrible: nunca voy a ver a David Bowie en vivo. Nunca voy a estar cerca de él en esa liturgia que, incluso a través de YouTube, ha logrado levantarme del piso y fundirme con la música, en ese cosmos sensual que es la voz del Duque.
Diez años más tarde esa idea sigue siendo inconcebiblemente dolorosa, pero mientras escucho la versión de “Modern Love” en el Live Aid pienso que, aunque nunca voy a estar junto a otras setenta mil personas siendo elevados por Bowie, sí estoy muy bien acompañado en este duelo, que solo es posible por el amor profundo que compartimos por David y por todo lo que significó. Con esa sensación en el pecho hablé estos días con amigos, colegas, gente que escribe, escucha, piensa y crea con Bowie en alguna parte del cuerpo. Les pregunté cómo se enteraron y qué sintieron. Las respuestas fueron distintas, pero el golpe fue el mismo.

Francisco Ortega, escritor y rey del podcast, estaba literalmente dentro del mundo de Blackstar cuando llegó la noticia. Llevaba días escuchándolo de forma obsesiva mientras escribía Bahamut, una novela que, dice, terminó empapada de ese mismo clima cósmico y oscuro. Esa mañana trabajaba con el disco de fondo, abrió Twitter casi por inercia y quedó paralizado. “No podía creerlo. Bowie se supone que no se iba a morir nunca, po. El hueón venía del futuro… yo hasta el día de hoy creo que no se murió, creo que simplemente volvió al futuro.”
Después vino algo más hondo: la sensación de que ya no viene nada más. “Sentí que se acababa el futuro. Como cuando ves los autos que imaginaban en los años cincuenta y sesenta y piensas: el futuro ya fue, porque como que ahora todo es más feo, nada es espacial, nada es cósmico. Esto es algo parecido, el futuro ya fue, se acabó con la salida de Blackstar, que es el inicio del réquiem, hasta la muerte de Bowie”. Pero es entre ese dolor y esa oscura visión que aparece la mayor admiración por la precisión brutal del gesto final: “Es el más grande. Un loco que planificó su propio funeral, sacó uno de los mejores discos de su carrera y se murió. Un conchesumadre bendito”.

La periodista musical Fernanda Schell se enteró en su casa, escuchando música y revisando redes sociales. Primero vio publicaciones sueltas en Facebook, después muchas, demasiadas. No lo creyó. El disco había salido anteayer. “Fue demasiado extraño. No me calzaba. Pensé que era mentira”. Con las horas, la sospecha se convirtió en certeza, y la certeza en otra cosa: la idea de una despedida cuidadosamente diseñada. “Después reflexioné y pensé que era eso: una despedida”.
Recuerda una mezcla rara de sorpresa, extrañeza y tristeza. “Sentí que una gran figura de la música se había ido de nuestro planeta. Y todo cambió. En esa época lo escuchaba mucho, me acompañó en varios momentos”. Para ella, Bowie quedó flotando convertido en símbolo: “Sé que su legado trascendió como una estrella negra”.

Desde Montevideo, el escritor Ramiro Sanchiz, autor del libro Blackstar de Bowie, me habló de su vida visualizada a través de dos escenas con Bowie como polos opuestos. La primera ocurre en 1995, frente a una televisión de catorce pulgadas en blanco y negro, durante unas vacaciones en Pinamar. Bowie canta The Man Who Sold the World en los MTV Europa Awards. “No sé quién es, la canción la recuerdo por el Unplugged de Nirvana pero suena distinta, oscura, amenazante, como el hombre (tiene la misma edad que tengo yo ahora) algo demacrado que la canta, cubierto por un sobretodo enorme y, aparentemente, sin muchas ganas de estar allí”.
La segunda escena llega una madrugada más de dos décadas después. Está en la casa de sus padres cuidando a su abuela. Un mensaje de una amiga española: un abrazo, un pésame. No entiende. Vuelve a dormirse. Horas más tarde lo sabe. “El resto de mis amigos y amigas siguieron escribiéndome, como si se hubiese muerto mi tío o algún familiar querido, cercano e ineludible”. A eso de las diez de la mañana, mientras ve sus videos favoritos de Bowie, su hija de apenas dos años y medio le pregunta por qué está así, llorando frente a la pantalla. “Porque se murió la estrella más brillante, digamos que le respondí”.

La crítica de cine Alejandra Pinto despertó temprano ese día y prendió la radio. La noticia la alcanzó de frente. “¿Cómo es posible que haya muerto, si recién tuvimos disco nuevo, fotos por su cumpleaños, su presencia estaba ahí mismo?”. Fue al baño a llorar. “Era imposible. Las personas como él no parecen estar hechas para morir”. Recuerda ese día lleno de conversaciones cruzadas, con fanáticos y con gente que apenas lo conocía. “Para todos era rarísimo. Para mí fue un quiebre, un antes y un después”. Hay una frase que repite hasta hoy: “El mundo se fue al carajo después de que murió David Bowie”.
Esa noche, ya dormida, despertó con la música que venía desde un departamento vecino. Sonaba Moonage Daydream, una de sus canciones favoritas. “La partida se volvió agridulce. Teníamos pena, pero no estábamos solos. Hasta hoy no lo estamos”.
El escritor Pablo Padilla, autor del Libro blanco del Rock, se enteró por su pareja, así, sin preámbulos: “Oye, se murió David Bowie”. Lloró un rato. Lo sintió como un deber. “Porque a los difuntos hay que llorarlos; porque el luto a veces es una manera de aplaudir”. Después vinieron los detalles, la información del suceso, todo eso que uno se pone a leer para decorar el dolor. “Me sorprendió su muerte, más aún ante la paradoja de que David Bowie mismo sorprendió a la muerte”. Le quedó grabada esa imagen final: “Su último disfraz fue el de un Lázaro ciego y elegante que se entregaba al morir, sabiendo que no habrá resurrección, pero sí la eternidad de su obra”.
Con los años entendió que no se cerraba algo, sino que se expandía. “Sentí que se cerraba una vida, pero que su resonancia estética no haría más que crecer”. Y da un ejemplo mínimo y demoledor: sus alumnas de séptimo básico eligiendo Blackstar entre varias carátulas. “La portada negro sobre negro les sigue diciendo algo. Después escuchamos el disco y confirmaron su preferencia”.

El escritor punk y editor de Santiago-Ander, Emilio Ramón, se enteró mirando Instagram. Bowie había cumplido años, Blackstar acababa de salir, las redes estaban llenas de fotos. “Pensé que eran por el disco o por su cumpleaños”. Hasta que apareció una imagen con una fecha. “Ahí quedé helado”. Describe ese momento como una falla en la realidad: “Era como una falla en la matriz: había salido un pedazo de disco, todo el mundo saludándolo, y de pronto ¡paf!, Bowie ha muerto”.
Para él, cuando muere alguien así, se pierde algo íntimo aunque nunca haya existido una relación real. “Es imposible no sentir que perdiste a alguien cercano, casi como si fuera tu amigo”. Y el gesto final le parece coherente hasta el extremo: “Morir dos días después de lanzar un disco así de grande es quizás la última de sus extravagancias. Su último cambio camaleónico”.

Es con esa idea de Emilio con la que pienso que tal vez por eso su muerte no se siente como un punto final, sino como otra de sus transformaciones. Una más en esa secuencia interminable de gestos con los que David Bowie nos fue enseñando que el arte también puede ser una forma de mutar sin desaparecer. Blackstar y la muerte no cierran nada: abren nuevos ciclos. Es un umbral extraño, oscuro y luminoso al mismo tiempo, donde el cuerpo se destruye, pero la obra se vuelve todavía más intensa, más presente, más imposible de encerrar.
Es por eso que este dolor no se vive a solas. Se reparte. Se escucha en discos ajenos, en recuerdos que no son propios, en voces que dicen lo mismo desde ciudades y eras distintas. Bowie se vuelve compañía incluso en la pérdida, convirtiendo su presencia en un eterno consuelo teñido por la tristeza. Y quizás esa sea su forma más radical de eternidad, no la de los monumentos, sino la de seguir resonando en otros, una y otra vez, cada vez que alguien aprieta play y recuerda que las estrellas no se apagan, solo cambian de forma.
Martín Sepúlveda B.







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