Texto por Bernardita Bravo
Libro: Tres cuentosAutora: Alfonsina Storni
Editorial: Oso de Agua
Escribió poesía, teatro, periodismo, cuentos. Alfonsina, dispuesta a todo. Dentro del grupo de sus lectores mediocres, del cual formo parte, sus cuentos llegan de pronto como un descubrimiento, una sorpresa que transforma el gesto a medida que me sumerjo en ellos, en ese mar de olas. Porque dicen por ahí que un cuento debe ser eso: una marea precisa, que de entrada nos envuelva y de salida nos deje, al menos, frescos, inquietos, reconfortados. Todo a la vez. Una precisión que nos remueva con precisión, pero que nos abra al vacío, que deje espacio a la acción, a la lectura que infiere, que se interroga, que suscita el goce y el estremecimiento.
Estos cuentos no son su poesía, no son su teatro, no son sus artículos en revistas. Sin embargo, hay algo de ellos: descripciones líricas, escenas dramáticas, ironía fina. Pero son, más que nada, cuentos en todo su esplendor: dicen algo mientras cuentan otra cosa, o mientras en eso dicho hay más capas y disparan sentidos posibles. También dicen algo y es eso lo que quieren hacer, decir lo que están diciendo, con una voz propia pero que emparentamos con otras voces; sabe desde el principio mantenerte alerta. Sus finales son como esa última ola que te deja en la orilla con un gesto de impresión y risa, de estupor y goce. Todo a la vez.
Horacio Quiroga lo expresó bien en su decálogo del cuentista: “Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final”; “No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego”: los cuentos de Alfonsina se adhieren perfectamente a estas sugerencias, finos como arena para delinear personajes, penetrantes como arena para mostrar el daño, la perversión, la ternura y la obsesión con justa distancia, sin concesiones. Lo esboza ella misma en uno de los relatos: “En mi curiosidad no había, sin embargo, simpatía. Conversaba con él como quien lee un libro de anécdotas crudas”.
Sí, sus relatos son crudos y tienen la habilidad de hacernos reír. Condensan en una sola frase el retrato de un personaje: “una espesa jalea compuesta de animalidad”. En unas pocas páginas, el protagonista de Don Paulo se nos presenta con todo ese peso que lo define: una espeluznante serenidad para ejercer poder y daño, con la convicción desafectada de quien disfruta de su perversión sujeta a una suerte de fisonomía moral disparatada. Ser el padre y a la vez el “punto muerto de la vorágine de su familia” lo sitúan en ese lugar rígido que permite, al tiempo, preguntarse: ¿por qué actúa así? ¿existe acaso una pulsión, un patrón que rige esta acción? ¿Es Don Paulo lo que cree ser? ¿o lo que nosotros creemos que es?
En El primer huevo, hay un manejo de la tensión, de lo latente en perfecta combinación con una narración directa, de anécdota aparentemente simple. Ana, la protagonista, desiste de matar a una gallina porque descubre que va a poner un huevo. Esto despunta en ella el recuerdo de su hijo muerto. Su “humanidad”, entonces, se devela a partir de cuán próxima se muestra ante la animalidad. Este gesto, asumido como “débil” bajo su propia percepción, funciona como bisagra entre la inclinación a depredar y a cuidar, que terminan emparentándose de manera tierna y sutil.
En Cuca en seis episodiosnos adentramos en una genialidad inquietante desde el inicio, desde que la narradora elige la nuca para describir a ese sujeto/objeto de deseo que es deseable justamente por la hibridez que ella le otorga. Lo raro se nos presenta en todo su esplendor, la fascinación por un cuerpo que traspasa lo corriente, donde concebimos esa fascinación como un delirio hasta que el final nos sorprende: lo extraño se inserta en lo cotidiano. Donde debería haber sangre, hay aserrín. Eso no debería estar allí: la vocecita de madera que la narradora le confiere a Cuca se condice, entonces, con el cuerpo muerto de Cuca que existe fuera de ella. Storni logra introducirnos en el juego y en un juego siempre hay agitación y risa.
“Sé la frase que encanta y que comprende”, dice Alfonsina en el poema Soy. En estos cuentos pareciera comprender qué hacen, qué desean y qué son sus personajes, y los arroja como una gran ola sobre nosotros, a ver si los comprendemos, y no. Lo seguro es que logran encantarnos y como arena fina, penetran en nosotros. Alfonsina, dispuesta a todo.








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