por Emilio Vilches Pino
Los hijos muertos es el nuevo libro de relatos de Martín Sepúlveda B., tras el éxito de El diablo también y Los perros perdidos. Una colección de relatos oscuros, densos, muchas veces simbólicos, que amplían el registro del autor hacia nuevas formas de explorar el horror, como algunos elementos más cercanos al folk horror y a la introducción de ciertas temáticas relacionadas al género. Tal como en sus libros anteriores, el gran acierto de Martín Sepúlveda está en entender que el verdadero horror viene de estructuras humanas como la violencia familiar, la misoginia, el abuso médico, la homofobia, la precariedad, la soledad y el duelo.
El título del conjunto es potente porque atraviesa todos los cuentos, incluso aquellos donde no hay literalmente niños muertos. “Los hijos muertos” termina funcionando como una categoría espiritual de personajes destruidos antes de alcanzar una vida plena, generaciones mutiladas emocionalmente, hijos heredando traumas imposibles de sanar. El título unifica el libro porque todos sus personajes son, de alguna forma, sobrevivientes parciales de algo que ya los mató antes.

Probablemente el cuento más destacado sea “Los hijos muertos”, que sigue a un hombre que viaja por pueblos del sur de Chile investigando casos extraños ligados a desapariciones, mutilaciones y leyendas rurales. La búsqueda nace del trauma por la pérdida de su hija, que fue secuestrada siendo niña y apareció semanas después mutilada, traumatizada y convertida en alguien incapaz de volver a hablar. Y no fue la dictadura, sino algo mucho más oscuro, ligado a la tierra y al bosque.
En este cuento Sepúlveda mezcla varias tradiciones del horror latinoamericano y chileno de manera muy efectiva. Hay elementos del horror rural, del folk horror y del trauma político de la dictadura, pero lo interesante es que nunca se siente como una alegoría demasiado evidente. El texto insiste constantemente en sensaciones físicas: el olor del bosque, la humedad, los dientes, la sangre, la madera húmeda, los perros, las raíces. También destaca la estructura paralela entre pasado y presente, algo en lo que Sepúlveda viene trabajando con resultados cada vez mejores.
Otro cuento destacado es “Bencina”, que trata de una mujer cuya madre se suicidó prendiéndose fuego en un parque. Sin embargo, la narradora insiste en que no fue realmente un suicidio, sino el resultado de años de violencia obstétrica, humillación médica y trauma físico y psicológico iniciado durante el parto en que nació ella misma. Desde niña percibió el rechazo y la distancia de su madre, quien nunca logró reconciliarse con el daño sufrido ni con el hecho de que su hija representara el origen de ese dolor. El ígneo final del relato es uno de los más impactantes del libro.
En “Poder respirar”, un hombre marcado desde niño por un trauma de asfixia provocado durante una “broma” de su padre y su hermano. Ese miedo lo vuelve aislado y obsesionado con la respiración, hasta que conoce a Francisco, su pareja, quien lo introduce al running y a una vida más abierta y comunitaria. Ambos terminan involucrados en movimientos deportivos y sociales ligados a causas LGBTQ+, pero el país comienza a polarizarse violentamente. Grupos ultraderechistas organizados desatan ataques contra las marchas y corridas inclusivas. Lo que comienza como activismo esperanzador deriva en persecuciones, asesinatos y una especie de guerra civil callejera. Otro final brutal que, casi literalmente, dejará al lector sin aire.

Portada de Los hijos muertos
Por último, “Perras” nos presenta a una trabajadora de una embotelladora que vive aislada junto a dos perros callejeros que rescató. En un ambiente marcado por la violencia masculina y el miedo constante de las mujeres, un supervisor comienza a acosarla en la fábrica. Poco después, una compañera que intentó protegerla aparece brutalmente golpeada. La protagonista empieza entonces a ver a sus perros no solo como compañía, sino como forma de defensa. El texto mezcla realismo social, violencia de género y horror animal de manera muy efectiva. Uno de los aspectos más fuertes es cómo construye comunidad. La protagonista parte completamente sola, pero termina convertida en líder de una “manada” femenina donde los perros operan como extensión física del poder colectivo. La frase final funciona muy bien porque transforma esa unión en algo político y amenazante para el orden masculino.
En conjunto, el libro construye una identidad muy clara: horror chileno contemporáneo corporal, emocional y social, donde los monstruos nunca están separados de la historia ni de las heridas heredadas. En este sentido, Sepúlveda ya no puede negar que su prosa se relaciona con el horror: este libro es la prueba de que hoy abraza el género, aunque, por supuesto, con un toque personal e intransferible, que ya está convirtiendo su pluma en una de las más pulidas y, al mismo tiempo, brutales de la escena chilena.
Por último, imposible no celebrar las ilustraciones de Fa Casol, que complementan muy bien Los hijos muertos, porque no buscan representar literalmente las escenas más brutales, sino prolongar su atmósfera emocional y corporal. Sus imágenes transmiten oscuridad, fragmentación y una sensación constante de materia herida que dialoga directamente con la prosa de Martín Sepúlveda, obsesionada con cuerpos dañados y memorias físicas. Las ilustraciones parecen ser síntomas de los relatos, como restos visuales del dolor que atraviesa el libro. Además, destacan por saber sugerir en vez de sobreexplicar, evitando el exceso gráfico y manteniendo intacta la incomodidad y el misterio que sostienen los cuentos.
No sé si calificar a Martín Sepúlveda B. como una joven promesa, después de tres libros de relatos y otros tantos minilibros, pero sí como un escritor que está madurando su pluma y situándola como una de referencia en el horror y la violencia en Chile.
El libro puedes conseguirlo desde este jueves 28 de mayo en la Furia del Libro (Estación Mapocho) en el stand de Desastre Natural.








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