Por Martín Sepúlveda B.
Texto incluido en «Pateando piedras. Un homenaje colectivo a Los Prisioneros» es un libro de crónica e investigación de vari@s autor@s, publicado en 2026 por Biblioteca de Chilenia.

Hay canciones que pasan años viviendo en un lugar ambiguo de la memoria. No son necesariamente las favoritas ni las que uno escucha con frecuencia, pero permanecen ahí, disponibles, como objetos cuyo verdadero significado todavía no termina de revelarse. Me pasó con «Exijo ser un héroe».
Siempre me pareció una canción aguda, incómoda, incluso divertida en su ironía, pero durante mucho tiempo la pensé como una pieza secundaria dentro de un disco que tiene canciones gigantescas como para no robarse toda la atención. Pateando piedras carga con varios himnos que han terminado absorbiendo casi toda conversación sobre él, y «Exijo ser un héroe» suele quedar orbitando en una categoría curiosa: la de las grandes canciones menos discutidas. Hasta hace poco, yo mismo la tenía ahí.
Volví a ella mientras escribía una serie de televisión. A veces pasa que ciertas canciones se filtran en los procesos creativos sin pedir permiso, no porque uno las haya elegido deliberadamente como referencia, sino porque de pronto empiezan a explicar mejor que uno mismo lo que está intentando construir. «Exijo ser un héroe» se convirtió así en una especie de leitmotiv involuntario para dos personajes que, en apariencia, habitaban mundos completamente distintos. Por un lado, un padre que sentía la necesidad casi desesperada de escapar de su propia vida, de sacarse de encima el peso de una identidad construida durante años como si fuera una camisa demasiado ajustada. Por otro, un hijo absorbido por el celular, atrapado en una relación ansiosa con la validación, la exposición y esa necesidad contemporánea de existir a través de una pantalla. Dos generaciones separadas por sus códigos, por su lenguaje y por sus herramientas, pero conectadas por una misma incomodidad: la sensación de que ser simplemente quienes eran no les alcanzaba.
Ahí empecé a entender que «Exijo ser un héroe» hacía algo mucho más interesante de lo que recordaba. La lectura rápida, especialmente escuchándola hoy, es pensar que Jorge González escribió una canción profética sobre el mundo de los influencers antes de que existiera Internet. La tentación es evidente. Un personaje que exige atención, relevancia, protagonismo o una forma de excepcionalidad suena peligrosamente familiar en una época donde buena parte de la identidad pública parece organizada alrededor de la visibilidad. Es una lectura seductora, porque nos gustan las profecías culturales, la idea de encontrar en canciones viejas explicaciones anticipadas para el presente. Pero mientras más pensaba en ella, más me parecía una interpretación incompleta.
Internet no inventó el hambre de validación. Lo que hizo fue volverla infraestructura. La convirtió en ecosistema, en hábito, en negocio, en extensión permanente de la conciencia. Pero la ansiedad que empuja a alguien a sentir que su vida debería ser más visible, más importante o más extraordinaria no nació con una aplicación. «Exijo ser un héroe» no predice Instagram. Detecta algo mucho más viejo y probablemente mucho más humano: el terror a sentirse absolutamente común.
Hay una decisión brillante en el título, y probablemente toda la canción vive dentro de ella. Jorge González no hace que su personaje quiera, sueñe o aspire a ser héroe. Hace que lo exija. Ese verbo cambia el tono del retrato. Exigir supone una mezcla particularmente incómoda de emociones: frustración, arrogancia, resentimiento, desesperación, incluso una sensación irracional de que el mundo tiene una deuda pendiente con uno. No estamos frente a alguien que fantasea humildemente con una vida mejor. Estamos frente a alguien que parece convencido de que merece una forma de excepcionalidad que todavía no le ha sido entregada. Eso lo vuelve ridículo, sí, pero también profundamente reconocible. Porque la gran inteligencia de la canción está en que no construye un personaje monstruoso o ajeno. Jorge González no nos pone frente a un megalómano caricaturesco. Nos pone frente a un hombre común incapaz de soportar su propia normalidad. Y eso es muchísimo más incómodo. Parte importante del rock nos enseñó a empatizar con figuras extraordinarias: el rebelde, el outsider, el genio incomprendido, el marginado brillante. Incluso cuando eran miserables, tenían una dimensión épica. El protagonista de «Exijo ser un héroe» no parece tener ninguna. No hay señales de talento oculto ni de inteligencia excepcional ni de una visión política transformadora. Lo que hay es frustración y una necesidad desesperada de dejar de sentirse invisible.
Pero la canción cambia aún más cuando uno recuerda dónde fue escrita, porque no apareció en una experiencia de laboratorio rockero gringo. Apareció en Chile, en 1986. Esa ubicación importa. Los Prisioneros no estaban ironizando sobre la obsesión global de la fama desde la comodidad de las giras internacionales. Estaban escribiendo desde San Miguel, en un país disciplinado a golpes por la dictadura, donde la vida de la clase media urbana estaba marcada por la contención, el miedo, el consumo aspiracional y formas bastante limitadas de movilidad real. El personaje de la canción no parece un revolucionario frustrado. Parece alguien atrapado en la insoportable monotonía de una vida diseñada para no ofrecer demasiadas sorpresas.
Eso hace que la canción sea mucho más triste de lo que parece, porque deja de ser simplemente una sátira sobre el ego y empieza a funcionar como el retrato de una frustración más estructural. No necesariamente la frustración del que quiere cambiar el mundo, sino la del que siente que el mundo ya decidió que su papel será irrelevante. En ese contexto, exigir heroísmo deja de sonar únicamente como delirio narcisista y empieza a leerse también como una respuesta desesperada al anonimato.
Y ahí aparece una dimensión que me interesa especialmente: la masculinidad. Porque el héroe no es una figura neutra. Aunque hoy podamos discutir el concepto desde múltiples perspectivas, históricamente ha sido una construcción profundamente masculina. El héroe es el hombre fuerte, el líder, el admirado, el que deja huella, el que importa. Incluso cuando cambia de vestuario —del soldado al rockstar, del ejecutivo al emprendedor digital— sigue arrastrando una misma promesa simbólica: la de una masculinidad visible, excepcional y validada por otros.
Entonces, el personaje que exige ser héroe no solo está pidiendo reconocimiento. Está reclamando acceso a un ideal masculino. Y eso vuelve la canción todavía más interesante hoy. Porque, aunque cambien los lenguajes y los formatos, buena parte de la ansiedad masculina sigue organizada alrededor de esa misma presión por destacar. Antes el héroe podía ser el hombre exitoso, el proveedor indiscutido, el tipo que controlaba la situación o el rebelde carismático que ocupaba el centro de la escena. Hoy puede ser el emprendedor hiperproductivo, el hombre obsesionado con optimizar su cuerpo, el influencer que monetiza su personalidad o cualquiera de esas versiones contemporáneas de la autosuficiencia performática. Cambian los códigos, pero no necesariamente la herida.
A muchos hombres se les enseñó, de maneras explícitas o silenciosas, que la normalidad es peligrosa. Que una vida promedio tiene algo sospechosamente parecido al fracaso. Que uno debe destacar, dejar una marca, demostrar que estuvo aquí de una forma suficientemente visible como para que nadie pueda confundirlo con el resto. No hace falta haber leído manuales de masculinidad tóxica para absorber esa lógica. Basta con crecer dentro de suficientes narrativas culturales que equiparan importancia con excepcionalidad. Por eso la canción sigue golpeando. Porque no se burla simplemente de un personaje absurdo: expone una fragilidad bastante extendida.
Lo interesante es que Jorge González no juzga completamente desde afuera. Esa es parte de su inteligencia como compositor. Sería fácil convertir al protagonista en un simple objeto de burla, pero la canción funciona porque hay una incomodidad de reconocimiento. Uno puede reírse de él, pero no del todo con superioridad. Porque, si somos honestos, todos hemos sentido alguna versión de ese deseo. No necesariamente fama. No necesariamente heroísmo. Pero sí la necesidad de que nuestra vida importe de una forma que exceda la rutina.
Ahí vuelvo a la serie. Mientras escribía a ese padre agotado por su propia biografía y a ese hijo atrapado en la ansiedad digital, empecé a notar que ambos compartían exactamente esa misma pulsión. Uno quería escapar de la vida que construyó porque sentía que lo había reducido a una versión demasiado pequeña de sí mismo. El otro necesitaba una confirmación constante de existencia a través de un dispositivo. Uno venía del desencanto analógico; el otro, del vértigo digital. Pero ambos parecían sufrir por una imposibilidad parecida: aceptar que quizás no había una versión extraordinaria esperando detrás de sus identidades actuales.
Tal vez esa sea una de las grandes neurosis modernas, aunque probablemente también sea más antigua de lo que nos gusta admitir. La fantasía de que existe un yo mejor, más visible, más exitoso, más importante, atrapado detrás de nuestra versión real. Toda una industria vive de alimentar esa promesa. La autoayuda, el coaching, la productividad tóxica, la construcción de marca personal, la cultura del emprendimiento aspiracional. Todo parece organizado alrededor de la idea de que ser uno mismo, así como uno es, no basta. Siempre falta una transformación, una optimización, una narrativa más atractiva.
En ese sentido, sí, la canción dialoga brutalmente con el presente. Pero no porque Jorge González haya predicho las redes sociales, sino porque entendió una ansiedad que internet simplemente magnificó. La diferencia entre el personaje de 1986 y el usuario contemporáneo desesperado por atención quizás no es tan radical como nos gusta pensar. Lo que cambió fue la interfaz. Antes la frustración ocurría en silencio o en circuitos mucho más pequeños. Hoy se expresa con métricas, algoritmos y una capacidad infinita de comparación.
Hay, además, algo devastador en la idea de heroísmo que plantea la canción. Un héroe, en teoría, hace algo. Se arriesga, transforma, sacrifica. Pero aquí lo que parece importar no es la acción heroica, sino su imagen. No el acto, sino el reconocimiento. No la ética, sino la visibilidad. Esa confusión me parece una de las observaciones más filosas del texto. Y probablemente una de las razones por las que sigue resultando tan incómodamente actual.
No me interesa, de todos modos, convertir la canción en una tesis perfectamente cerrada sobre capitalismo, masculinidad o ansiedad digital, aunque todos esos temas estén ahí. Parte de su fuerza está en que trabaja sobre una emoción profundamente humana. Hay algo genuinamente doloroso en querer importar. En querer que la propia existencia deje algún tipo de marca. El problema empieza cuando confundimos significado con exposición, o cuando aceptamos la idea de que solo lo excepcional merece reconocimiento.
Quizás por eso «Exijo ser un héroe» sigue funcionando con tanta fuerza, porque no habla realmente del deseo de grandeza. Habla del miedo a desaparecer entre los demás. Y esa ansiedad puede habitar tanto a un hombre atrapado en la grisura chilena de los años ochenta como a un adolescente pegado a una pantalla o a un personaje de ficción intentando romper con su vida. Lo perturbador no es que la canción se haya adelantado a su tiempo. Lo perturbador es que seguimos pareciéndonos demasiado a ella.

Martín Sepúlveda B. (Santiago, 1993) es escritor, profesor y pintor. Autor de los libros de cuentos El diablo también, Los perros perdidos y Los hijos muertos. Con Santiago-Ander, además, ha publicado las Guías de campo de Twin Peaks, Los Soprano y Breaking Bad, y (en coautoría) 100 películas de terror: catálogo de bolsillo.


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