A propósito del quinto aniversario de la novela «Los muertos no escriben» (2021) de Emilio Ramón, publicada en Chile por la editorial Los perros románticos, conversamos con su autor sobre el proceso de creación de este retrato mordaz de los bajos fondos de la literatura chilena y la vigencia que tiene su obra en el panorama literario actual.

1- Lo primero que me atrajo de la novela “Los muertos no escriben» es el desparpajo con el que está escrita esta sátira al mundo ander literario y musical de nuestra época. ¿Qué rol juega esa desfachatez en la creación de la obra?
Este es un temazo, de verdad. Cuando hice Los muertos no escriben me propuse ser lo más honesto posible y decir lo que realmente quisiera decir. La novela se publicó hace cinco años y me tomó algunos más escribirla, así que fue concebida y apareció, probablemente, en pleno apogeo de la autocensura. Hubo un momento en que muchos autores y autoras incluso contrataban a personas para que revisaran sus libros y les advirtieran qué partes podían resultar problemáticas o ser motivo de cancelación. Se escribía mucho desde la corrección política y yo siempre he pensado, como dijo Jello Biafra, que eso es un boleto directo al aburrimiento. Así que me lo planteé casi como un desafío, decir todo lo que la novela necesitara decir, sin filtro. Creo que de ahí salió buena parte de ese tono desfachatado e insolente que terminó teniendo.
2- La estructura de la novela, compuesta de pequeños subcapítulos, le da un ritmo muy ágil a las subtramas que componen el libro. ¿Diseñaste la estructura antes de escribir la novela o se fue dando al fragor de la escritura?
Cuando tenía unos 25 años, leí la novela Trainspotting de Irvine Welsh y aluciné. Y aluciné tanto que quise escribir una novela en el mismo formato, con esos subcapítulos, cada uno con un título distinto. Y lo hice. En esa novela -que nunca llegué a publicar- aparecían personajes como Camilo K, Chancho Seis y otros. Cuando escribí Los muertos no escriben, lo que hice fue una especie de secuela de esa otra novela que nunca vio la luz -ubicada unos 15 años después-, y quise hacerla en el mismo formato, con la misma estructura de capítulos y subcapítulos, todos con un título distinto. Así que se podría decir que sí, diseñé la estructura antes, aunque muchas veces ocurre que uno en el camino se va encontrando con sorpresas y desvíos y muchas veces solo debemos dejarnos llevar por los personajes.
3- Los muertos que pueblan esta novela no son los muertos políticos de la literatura chilena asociados a la memoria. ¿Qué es lo que vuelve particulares a los muertos de la novela “Los muertos no escriben”?
Una de las características más interesantes de los fantasmas como personajes es su versatilidad. Pueden representar muchas cosas: desde pérdidas personales hasta víctimas políticas que nunca obtuvieron justicia. En ese sentido, quise incluir fantasmas que cumplieran funciones muy distintas dentro de la novela. Hay, por ejemplo, fantasmas vinculados a las víctimas de la dictadura, que se le aparecen a un ex torturador, vecino de Camilo K, y terminan empujándolo al suicidio. Pero también hay otros relacionados con tragedias personales, e incluso algunos que ni siquiera saben que están muertos. Y, por supuesto, están los fantasmas de los escritores chilenos, que funcionan de otra manera; son caricaturas, son desfachatados, son pura insolencia.
4- Dentro de los muertos que abundan en tu novela hay algunos muertos insignes. Entre ellos está el fantasma de Roberto Bolaño, figura idolatrada y mitificada, pero que en esta novela está trabajada de manera casi sacrílega. ¿Qué buscaste con su inclusión?
Los fantasmas de los escritores conviven con los escritores vivos, realizan acciones y tienen un papel dentro de la novela. Entre ellos, Bolaño ocupa un lugar importante. Lo elegí a él porque “su fantasma” sigue recorriendo la literatura chilena, y esta fue mi manera de simbolizarlo. Para construir el personaje pasé muchas horas leyendo y escuchando entrevistas suyas, tratando de que hablara como él, que usara sus modismos. De hecho, muchas frases del libro son textuales del Bolaño vivo. Pero también debo reconocer que hay un pasaje que incluí solo para provocar reacciones. No haré spoiler, pero tiene que ver con un traje de látex.
5- Estás escribiendo una tesis de los fantasmas en la literatura chilena. ¿Cuál es el rol que han cumplido los fantasmas a lo largo de nuestra historia literaria?
Depende de la época. Cuando empezaron a aparecer los fantasmas en nuestra literatura, hace un siglo atrás, eran personajes que servían más bien para representar la otredad del excluido. Por ejemplo, Manuel Rojas representa a un fantasma que queda afuera de la modernidad, o la Bombal que hace hablar a una muerta que en vida no tuvo voz. Después vienen, en los años 50, fantasmas más existencialistas, y en los 60 otros más políticos. Ahí ya hay víctimas de violencias estatales que regresan para mantener fresca la memoria histórica. En la literatura postdictadura los fantasmas suelen tener que ver con las víctimas de los militares y actualmente hay mucho fantasma que mezcla el terror con lo simbólico, sumándose al pequeño boom que se ha generado a partir del éxito de Mariana Enriquez.
6- Al leer tu novela tuve la sensación de que la barrera que separa a los vivos de los muertos es más frágil de lo que pensamos. ¿Será que en realidad en la literatura chilena independiente estamos todos muertos y no lo sabemos?
Bueno, todos somos muertos en potencia, jaja. Y también la literatura es un ejercicio basado en una especie de “acuerdo espectral”. Alguien escribe un libro y otro lo lee en un momento distinto, desde otra perspectiva, incluso después de la muerte de los escritores. Es más, muchos autores murieron sin saber el éxito que alcanzarían después de muertos, como Kafka. (Por cierto, Camilo K lleva ese apellido por Josef K, de Kafka, y Max Bodrio por Max Brod, el amigo de Kafka que publicó sus textos póstumos.)
¿Y si estamos todos muertos? No lo creo, los muertos no escriben. Y acá en Chile estamos escribiendo y leyendo y haciendo cosas muy interesantes.
7-¿Dentro de qué familia de libros que se han escrito los últimos años catalogarías a “Los muertos no escriben”? ¿Te sientes parte de alguna tradición literaria?
No sé si este libro pueda situarse en una familia claramente. Al menos nunca lo pensé así. Hay elementos fantásticos, pero no es una novela fantástica. También hay algo de drama, de realismo sucio, de sátira, de humor negro, pero no diría que esa es su línea, sino una mezcla de todo eso. Creo que podría identificarme más con libros de otras latitudes, a pesar de que es una novela muy chilena. Han dicho por ahí también que es una novela punk. Y no sé si exista algo así como literatura punk, pero sí creo que el punk influyó en mi manera de escribir. En fin, creo que “Los muertos no escriben” es un poco de todo eso.
8- Tu novela tiene un edificio como uno de los personajes centrales. Y ese personaje es también un agonizante, que es la representación de un Santiago antiguo que está muriendo. ¿Cómo funciona esta suerte de narrativa del espacio dentro de tu escritura?
Sí, estoy de acuerdo en que el espacio tiene mucha importancia en la novela. Ese edificio es casi otro personaje o al menos es lo que busqué. Es un edificio viejo, deteriorado, lleno de historias y de fantasmas, pero al mismo tiempo sigue resistiendo. Y en ese sentido se parece bastante a los personajes que viven ahí, que también están un poco fuera de época, medio golpeados por el tiempo y tratando de encontrar un lugar en una ciudad que cambia demasiado rápido.
También me interesaba representar ese Santiago antiguo que va desapareciendo. El barrio de la calle Morgue es una especie de isla rodeada por edificios nuevos, centros comerciales y una ciudad cada vez más homogénea. Y la escritura como una forma de conservar lo que desaparece. Cuando Camilo se entera de que van a demoler el edificio, decide escribir su historia para que, de alguna manera, no muera con las grúas. Al final, eso también hace la literatura, guarda lugares, personas y épocas que ya no existen. Quizás por eso el edificio está lleno de fantasmas.


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