Por Emilio Ramón

Cuando hablamos de britpop —con todo lo discutible que resulta el concepto— suele recordarse la rivalidad entre Oasis y Blur como su tema central, no solo en términos musicales, sino también como una especie de batalla cultural que dividió a Inglaterra en dos bandos. La prensa musical explotó aquella oposición hasta convertirla en uno de los grandes relatos de la década. Por un lado, la supuesta autenticidad obrera de Manchester representada por Oasis; por otro, la sofisticación artística, universitaria y metropolitana asociada a Blur. Como suele ocurrir con este tipo de binarismos, la narrativa simplificaba una realidad mucho más compleja, llena de matices, contradicciones y zonas grises.

Entre ambos polos existía una tercera vía, menos espectacular para los titulares, pero mucho más interesante desde un punto de vista cultural: Pulp. Mientras Oasis representaba una identidad obrera más ligada a la biografía y a la imagen pública de los hermanos Gallagher que al contenido de sus canciones, y Blur observaba las diferencias de clase desde una mirada irónica, a menudo distante y heredera de The Kinks, Pulp convirtió la desigualdad social en una experiencia musical concreta.

Nacido y criado en Sheffield, el cantante y compositor Jarvis Cocker creció en una ciudad marcada por la desindustrialización que transformó buena parte del norte de Inglaterra durante las décadas de 1980 y 1990. A diferencia de Oasis, sin embargo, Pulp nunca construyó una épica de la clase trabajadora. Sus canciones habitan un territorio ambiguo, poblado por personajes que observan con fascinación, deseo y resentimiento los privilegios ajenos (basta pensar en la letra de “I Spy”). Cocker tampoco entró en el juego futbolero, juerguista e intencionalmente “maleducado” de los Gallegher, sino que asumió una posición de outsider que observa y relata sus incomodidades y torpezas sin anestesia.

Esta diferencia se aprecia con claridad en “Common People”, por lejos la canción más emblemática de la banda, y que cuenta cómo una joven de origen acomodado expresa su deseo de vivir como la “gente común” porque desea experimentar la precariedad, aunque sin perder nunca la seguridad que le proporciona su posición social.

Como es sabido, Jarvis Cocker había formado Pulp en 1978, cuando aún estaba en la secundaria, y desde entonces habían pasado por la banda numerosos integrantes, habían publicado varios discos sin éxito e incluso estuvieron cerca de desaparecer. Pero, como dijo el propio Cocker en una entrevista: “Si se te detiene el reloj, al menos dará la hora correcta dos veces al día, y creo que Pulp hizo siempre lo mismo. Esperamos a que las cosas cambiasen y acabamos estando en sintonía con lo que ocurría”. Así, cuando la Cool Britannia y el britpop se apoderaron de las radios británicas, Pulp apareció con sencillos como “Babies” y “Razzmatazz”, además del LP His ‘N Hers, y todo encajó. La prensa los posicionó como una banda a la que había que prestar atención y eso era mucho, muchísimo más de lo que habían conseguido durante toda su carrera. Pero nada hacía presagiar lo que ocurriría en mayo de 1995, cuando estrenaron el single Common People.

En una entrevista para la revista Q, Jarvis Cocker recordó que había vendido algunos discos en una tienda de segunda mano de Notting Hill. En lugar de quedarse con el dinero, optó por recibir vales de compra y terminó llevándose un pequeño teclado Casio usado. Ya en casa comenzó a experimentar con el instrumento y dio con un riff que llamó su atención. Se lo mostró al bajista Steve Mackey, quien le comentó que aquella melodía le recordaba a “Fanfarria para el hombre común” (“Fanfare for the Common Man”), la composición de Aaron Copland. “Eso me dio la idea de qué iba a tratar la canción”, dijo Cocker. A partir de aquella asociación entre la melodía y el concepto de “la gente común”, comenzó a tomar forma la canción.

Una vez terminada y grabada por el productor Chris Thomas, el single Common People salió a la venta el 22 de mayo de 1995, con “Underwear” como lado B. Fue un hit total, algo que Pulp jamás había estado ni cerca de alcanzar. Escaló hasta el número 2 de las listas británicas y permaneció allí durante dos semanas. Pero la consagración definitiva llegó apenas un mes después. En junio de 1995, The Stone Roses canceló a última hora su actuación como cabeza de cartel en Glastonbury, obligando a los organizadores a buscar un reemplazo de emergencia. La elección recayó en Pulp. Para una banda que llevaba más de una década luchando contra la indiferencia del público y de la industria, aquella era una oportunidad difícil de imaginar. Cuando llegó el momento de la canción, el público respondió cantando cada verso como si se tratara de un himno. Las imágenes de aquella presentación terminaron convirtiéndose en uno de los momentos icónicos del festival y, para muchos historiadores de la música popular británica, en uno de los episodios decisivos del britpop.

Musicalmente, “Common People” se sostiene sobre una estructura sencilla, construida a partir de tres acordes, pero con una extraordinaria eficacia melódica y rítmica. Su combinación de energía pop, pulsión bailable, teclados de aire retrofuturista, violín eléctrico y ciertas influencias del krautrock le dan una tensión creciente que termina explotando en uno de los estribillos más reconocibles de los 90. Sin embargo, como ocurre con buena parte de la obra de Pulp, es la letra la que termina capturando toda la atención.

La historia que relata tiene un origen real. Durante sus años como estudiante en Saint Martin’s School of Art, en Londres, Jarvis Cocker conoció a una joven griega de familia adinerada —habitualmente identificada como la artista Danae Stratou— que le confesó su deseo de vivir como la “gente común”. Cuando creó la canción, Cocker se imaginó todo lo demás: la atracción entre ambos personajes, las conversaciones posteriores y gran parte de la historia narrada. Así creó una de las frases más recordadas del britpop. La joven le confiesa al narrador: “Quiero vivir como la gente común. Quiero hacer todo lo que hace la gente común. Quiero acostarme con gente común, como tú”.

El narrador decide comenzar por llevarla al supermercado, aunque no sabe bien por qué. Pero la elección resulta significativa. El supermercado aparece como uno de esos espacios cotidianos donde mejor se manifiestan las diferencias de clase, aunque de una forma aparentemente banal. Es el lugar del consumo, de la elección entre marcas, precios y ofertas, pero también el lugar donde esa libertad de elección encuentra sus límites. Recorrer sus pasillos puede producir una sensación de accesibilidad que muchas veces se enfrenta a la realidad del presupuesto disponible. La importancia simbólica del supermercado se refuerza en el videoclip de la canción, donde los protagonistas recorren los pasillos casi como si visitaran un museo o una atracción turística, pero el momento simbólico más importante es cuando Cocker aparece dentro de un carro de supermercado empujado por la joven griega. Encerrado entre las barras metálicas, parece ocupar una especie de jaula o estar tras las rejas de una cárcel. Ella observa, experimenta y pasea; él permanece atrapado dentro de aquello que para ella constituye una curiosidad. En otras palabras, mientras la joven contempla la vida de la “gente común” como una experiencia, quienes pertenecen a ese mundo no pueden salir de él.

A continuación, el narrador le ofrece una especie de manual para convertirse en una persona común: “Arrienda un departamento sobre una tienda. Córtate el pelo y consigue un trabajo. Fuma cigarrillos y juega al billar. Finge que nunca fuiste a la escuela”. Sin embargo, “nunca lo harás bien”, le advierte, porque cuando esté acostada en la cama, “viendo a las cucarachas trepar por la pared”, siempre podrá recurrir a una solución que los demás no tienen: “Si llamaras a tu padre, él podría acabar con todo eso”. Así, la diferencia entre ambos personajes no radica solo en el dinero, sino en la existencia de una red de seguridad socioeconómica. La joven puede jugar a ser pobre porque sabe que, en cualquier momento, puede dejar de serlo. Cocker ofrece así una visión poco romántica de la clase trabajadora: empleos sin perspectivas, precariedad, frustración y una búsqueda constante de pequeñas vías de escape: “Bailar, beber y follar, porque no hay nada mejor que hacer”.

La perspectiva de Pulp resulta significativa, además, porque aparece en un momento histórico dominado por el discurso de la movilidad social. Durante los 90, la cultura británica celebraba la idea de una sociedad más abierta, donde las antiguas barreras de clase parecían diluirse. La llegada del Nuevo Laborismo de Tony Blair y el optimismo asociado a la Cool Britannia reforzaron la impresión de que el Reino Unido estaba dejando atrás sus viejas divisiones. El britpop participó en —y fue usado por— esa narrativa. Pulp, en cambio, demostró que dichas diferencias seguían estructurando las oportunidades, las relaciones y los deseos (materiales y hasta sexuales). Por ello, muchas de las canciones escritas por Cocker no muestran a miembros de las élites, pero tampoco representan una identidad obrera sólida y orgullosa. Son individuos que observan, comparan, desean y fracasan. Sus conflictos rara vez se desarrollan en el terreno de la gran política; aparecen en fiestas, relaciones sentimentales, conversaciones incómodas o encuentros marcados por la desigualdad social. Allí donde Oasis celebraba la confianza y Blur practicaba la ironía, Pulp exploraba la vergüenza, el deseo y el resentimiento.

La identificación de Oasis con la clase trabajadora merece, por cierto, una consideración más crítica. Aunque los hermanos Gallagher procedían de un entorno obrero de Manchester y construyeron gran parte de su imagen pública sobre esa procedencia —ropa deportiva, malos modales, alcohol, fútbol y una actitud desafiante frente a las élites culturales—, sus canciones rara vez abordaron de manera explícita las experiencias, conflictos o condiciones asociadas a la vida de la clase trabajadora. Su discurso no era el de la conciencia de clase, sino el de la superación de la clase.

Por el lado de Blur, desde muy temprano fueron etiquetados como “cuicos”, una acusación que se intensificó cuando la prensa convirtió su rivalidad con Oasis en una especie de guerra cultural. En buena medida, las letras de Damon Albarn pueden leerse como un intento de responder a esa imagen. A través de canciones pobladas de personajes, rutinas y costumbres británicas, Blur construyó una crónica social heredera de The Kinks. Sin embargo, la mirada de Albarn suele conservar cierta distancia respecto de los mundos que describe. Sus personajes son observados con ironía, curiosidad o incluso afecto, pero no desde la identificación.

Pulp, en cambio, parecía venir de una “different class”. En Common People —y en buena parte de la obra de Pulp— no se trata de hablar sobre la gente común, sino de mostrar cómo la gente común vive, desea, se relaciona y choca constantemente con unas diferencias de clase que condicionan incluso los vínculos más íntimos. Quizás por eso el LP Different Class —que incluyó a Common People— representa un momento tan singular. Durante años, la posición de outsider de Cocker —anónimo, precario y permanentemente al margen— le había proporcionado una mirada aguda sobre el mundo que lo rodeaba, pero el enorme éxito del disco cambió esa situación. De pronto, el observador pasó a formar parte de aquello que observaba. Ya no era el músico desconocido que contemplaba desde fuera los mecanismos del éxito, sino una figura famosa, económicamente acomodada y sometida a la atención constante de la prensa y el público. El resultado de esa transformación puede apreciarse con claridad en This Is Hardcore (1998), un álbum mucho más oscuro y pesimista, donde el entusiasmo y la ironía de Different Class dejan paso a una reflexión desencantada sobre la fama, el deseo, el exceso y el vacío que puede esconderse detrás del éxito.

Lo más llamativo de “Common People” es que la canción parece haber ganado actualidad con el paso del tiempo. La fascinación por los barrios populares —hoy puedes hasta dar un paseo por las favelas en Río de Janeiro— , la búsqueda de experiencias “auténticas”, la transformación de la marginalidad en estética son fenómenos mucho más visibles hoy que en los 90. Esta es la genialidad de ciertas obras que se transforman en clásicos: pueden ir releyéndose de forma estimulante en distintas épocas sin perder ni una pizca de su fuerza ni actualidad.

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