La violencia suele aparecer en la literatura como un acontecimiento. En la obra de Dahlia de la Cerda, en cambio, aparece como una condición de existencia. Sus personajes viven atravesados por el narcotráfico, la precariedad, la desigualdad y la muerte, pero también por la lealtad, la ternura y la necesidad de encontrar sentido en un mundo donde las instituciones han dejado de ofrecer respuestas. Con Medea me cantó un corrido, recientemente publicado en Chile, la autora mexicana vuelve sobre esos territorios a través de un cruce tan inesperado como natural: la tragedia griega y la cultura popular mexicana.
En esta conversación hablamos sobre la vigencia de Medea, los corridos como mitologías contemporáneas, la relación mexicana con la muerte, la rabia como forma de conocimiento y los desafíos de escribir sobre la violencia sin convertirla en espectáculo. Una conversación que, más que sobre el narcotráfico o la literatura, termina girando en torno a una pregunta más profunda: cómo seguimos viviendo cuando el horror deja de ser una excepción y se convierte en parte del paisaje.

Por Martín Sepúlveda B.

En la tragedia griega, los dioses suelen aparecer cuando los seres humanos ya no pueden resolver sus propios conflictos. En tu libro, Medea aparece en un territorio donde también han fracasado el Estado, la policía, la justicia e incluso muchas veces la familia. ¿Cómo nace esa reconfiguración de Medea de figura mitológica a santa popular?

La verdad es que nunca pensé a Medea desde la lógica tradicional de la tragedia griega, donde los dioses aparecen cuando los seres humanos ya no pueden resolver sus propios conflictos. Yo la pensé como una figura del cuidado colectivo. Creo que, en México, lo único que puede salvarnos de la violencia, de la precarización y de la derechización es justamente el cuidado colectivo.

Históricamente, las tareas de cuidado han recaído sobre las madres. Yo sabía que quería escribir sobre una madre, pero una mala madre. No me interesaba hacer una reescritura donde Medea se redimiera o donde descubriéramos que en realidad nunca fue culpable. Me interesaba algo distinto: que hubiera una reparación del daño. Porque creo que el cuidado colectivo también implica hacernos responsables del daño que provocamos y tratar de repararlo.

Antes de decidirme por Medea pensé en otras figuras. Pensé en una santa o incluso en la Virgen de Guadalupe, pero inmediatamente descarté la idea porque México es un país profundamente guadalupano y no quería entrar en ese terreno. También pensé en la Llorona, pero me parece una figura tan poderosa dentro del folclor latinoamericano que preferí reservarla para otros proyectos. Entonces recordé un detalle de Medea que siempre me ha parecido devastador. No solamente mata a sus hijos, sino que además se lleva los cuerpos para impedir que Jasón pueda despedirse de ellos y darles los ritos funerarios.

En México hay miles de familias buscando a sus hijos e hijas desaparecidos para poder hacer exactamente eso: encontrarlos, llevarlos de regreso a casa y despedirlos. Pensé que había algo profundamente simbólico en que fuera precisamente Medea quien viniera a reparar ese daño. Que esa madre que una vez negó el duelo se convirtiera ahora en una santa popular capaz de ayudar a otras madres a encontrar a sus hijos desaparecidos.

Y también me interesaba que acompañara a quienes mueren atrapados por la narcomáquina. Que pudiera ayudar a un joven asesinado a morir bien, a cruzar al otro lado acompañado y con dignidad. Esa me parecía una forma mucho más interesante de resignificar a Medea que simplemente absolverla.

Medea ha sobrevivido más de dos mil años porque seguimos necesitando hablar de ciertas cosas. ¿Qué viste en ella que sentiste que seguía vivo hoy?

Vi muchas cosas que siguen completamente vivas. La primera es que los hombres que encarnan una masculinidad hegemónica rara vez llegan solos a donde llegan. Los héroes griegos no existirían sin las mujeres que estuvieron detrás de ellos. Aquiles no sería Aquiles sin el consejo de Tetis. Muchos héroes ni siquiera habrían abandonado su hogar si una mujer no los hubiera impulsado a hacerlo. Otros jamás habrían salido de un laberinto sin la inteligencia de una mujer. Y Jasón, definitivamente, nunca habría conseguido el vellocino de oro sin Medea.

Creo que eso sigue ocurriendo hoy. Muchos hombres, famosos o no, construyen sus carreras gracias al trabajo invisible de las mujeres que los rodean. Futbolistas, empresarios, artistas o políticos llegan lejos porque hubo una mujer que los sostuvo emocionalmente, que los cuidó, que creyó en ellos cuando nadie más lo hacía. Y, sin embargo, esas mujeres suelen ser desechables.

Ahora incluso existe un nombre para ellas: «la mujer del proceso». Es la novia que le compró los primeros tachones al futbolista cuando todavía jugaba en la liga del barrio y que, quince años después, cuando él ya es una estrella, termina siendo reemplazada por una supermodelo que probablemente nunca lo habría volteado a ver cuando él no tenía nada. Esa lógica ya estaba en Medea: una mujer indispensable mientras sirve al proyecto masculino y prescindible una vez que ese proyecto se ha consolidado.

Otra cosa que sigue viva es la forma tan distinta en que juzgamos el dolor de hombres y mujeres. Los hombres han construido carreras enteras escribiendo canciones, novelas, películas o pintando a las mujeres que los abandonaron. Ahí está Picasso retratando a sus exparejas desde su propio dolor. Los hombres pueden convertir el sufrimiento amoroso en arte y nadie los acusa de estar ardidos.

Pero cuando una mujer hace exactamente lo mismo, inmediatamente aparece el estigma. Si Shakira le dedica tres canciones a Piqué, entonces el problema es que está ardida. La única excepción que se me ocurre es Paquita la del Barrio. Ella podía cantarles «Rata de dos patas», «Escoria humana», «Como perro me seguías», y los hombres terminaban llorando, cantando las canciones y hasta besándole la mano. Pero creo que eso también tenía que ver con que Paquita ocupaba un lugar muy particular: el de la madre, la señora, la jefita. Su enojo era socialmente aceptable porque estaba maternalizado.

Medea, en cambio, estaba ardida. Estaba devastada. Le prometieron amor, una familia y un proyecto de vida, y después fue sustituida por otra mujer. Tenía derecho a sentir rabia. Lo que no tenía derecho era a ejercer esa rabia contra quienes no eran responsables de su dolor. Y creo que ahí está otra de las cosas que siguen vigentes. Cuando no sabemos gestionar el sufrimiento podemos terminar dañando a otras personas. Eso sigue pasando todos los días. Pero también creo que siempre existe la posibilidad de reparar el daño. Esa posibilidad de hacerse responsable es la que más me interesaba explorar con mi Medea.

Los héroes griegos y los protagonistas de los corridos comparten algo particular: suelen ser personajes violentos, contradictorios y muchas veces moralmente cuestionables. ¿Crees que los corridos funcionan hoy como una forma de mitología popular capaz de explicar el mundo mejor que muchos discursos políticos o académicos?

Sí. De hecho, escribí un ensayo que se llama Escuchemos a las juventudes que le cantan al narco, que surgió a raíz de la polémica cuando Peso Pluma fue invitado al Festival de Viña del Mar. Me buscaron para responder a quienes sostenían que su música no debía tener cabida en un espacio cultural de ese tipo. Y la verdad es que, siempre que me inviten a debatir con un hombre blanco, burgués, heterosexual y de derechas, o que dice ser de izquierdas pero proviene de una cuna pinochetista, como era el caso de Alberto Mayol, yo encantada. A mí Peso Pluma podrá no gustarme musicalmente, pero me parecía importante defender algo mucho más grande que él: entender por qué millones de jóvenes escuchan esos corridos en lugar de simplemente condenarlos.

En ese ensayo hago un recorrido por la historia del corrido y lo comparo con la epopeya griega, pero también con un género que me gusta muchísimo: el metal épico. Encuentro muchísimas similitudes porque ambos beben de la tradición de las epopeyas, los cantares de gesta y las narraciones heroicas.

Comparten la estructura del viaje del héroe, pero también un marco ético. En los cantares de gesta aparecen valores como la lealtad al rey, a Dios, al territorio y a la familia. En los corridos encontramos algo muy parecido. Ya no se trata del rey ni del imperio, sino de la organización criminal, del barrio, del territorio, de la familia o de la propia palabra. Hablan de valentía, lealtad, sacrificio, derramamiento de sangre y heroísmo. Cambian los personajes y cambia el contexto histórico, pero la estructura narrativa permanece.

Por eso sí creo que los corridos funcionan como las epopeyas de nuestra época. No porque narren héroes moralmente ejemplares, sino porque expresan los valores, las contradicciones y las aspiraciones de un determinado grupo social. Son una forma de explicar el mundo desde abajo, desde quienes normalmente no aparecen en los discursos oficiales.

De hecho, yo utilizo corridos en mis talleres de escritura para enseñar teoría narrativa. Me parecen herramientas pedagógicas extraordinarias. Con ellos explico la diferencia entre narrador en primera persona, narrador testigo y narrador omnisciente; también la diferencia entre narrador y voz narrativa, el arco del héroe y la construcción del conflicto.

Hay un corrido que utilizo mucho: El corrido de las monjitas. Ahí puede verse con absoluta claridad cómo funciona una narración. Tenemos dos protagonistas, dos traficantes disfrazadas de monjas; un objetivo, transportar droga de Durango a Tijuana; un conflicto, un retén donde el policía encargado resulta ser ateo y decide revisar precisamente a las monjas; un clímax, cuando ellas sacan metralletas escondidas bajo el hábito y matan a los policías; y finalmente un desenlace, donde consiguen llegar a su destino. Además, el corrido construye un mundo narrativo perfectamente identificable: la carretera, la camioneta, el retén, el norte de México.

Creo que a veces despreciamos los corridos porque confundimos el contenido con la estructura. Podemos discutir éticamente aquello que narran, pero desde el punto de vista literario son artefactos narrativos sumamente sofisticados. Y, como las antiguas epopeyas, nos dicen muchísimo sobre la sociedad que los produce.

Cuando se habla de literatura sobre narcotráfico suele aparecer la discusión sobre si estas historias denuncian la violencia o terminan fascinadas con ella. ¿Cómo convives tú con esa tensión mientras escribes?

Depende de qué libro estemos hablando. Cuando escribí Perras de reserva yo estaba profundamente influenciada por la cultura buchona porque vengo de una familia buchona. Mis primas son buchonas, mis sobrinas son buchonas, mi hermano es buchón. Es decir, crecí rodeada de personas que consumían narcocorridos, que admiraban esa estética y que aspiraban a un estilo de vida asociado con la narcocultura, con ciertas marcas, ciertos códigos y ciertas formas de entender el éxito.

Al mismo tiempo, yo también estaba muy influenciada por las telenovelas colombianas sobre organizaciones multicrimen, como Sin tetas no hay paraíso o Las muñecas de la mafia. Y, además, atravesaba una situación profundamente dolorosa: una prima mía había sido asesinada en un crimen que reunía todas las características de un feminicidio, pero que el Estado decidió clasificar como una narcoejecución para no investigarlo como violencia de género.

Yo escribí Perras de reserva llena de rabia. Estaba atravesada por la violencia de las organizaciones multicrimen, pero también por una fascinación hacia ese universo porque, honestamente, era el único mundo que conocía. En ese momento no sentía ninguna tensión entre la denuncia y la fascinación. No me hacía demasiadas preguntas. Estaba escribiendo desde el dolor. La tensión apareció después, cuando comenzaron a leerme.

Me sorprendió descubrir que el personaje favorito de la enorme mayoría de mis lectoras era la China, una sicaria que, en uno de los cuentos, descuartiza a un hombre. Durante mucho tiempo me pregunté qué estaba ocurriendo. ¿Estaban romantizando la violencia? ¿Estaban idealizando a una asesina? Con los años entendí que no.

Mis lectoras no se identificaban con el crimen organizado ni con el buchonismo. Se identificaban con la rabia femenina. Creo que prácticamente todas las mujeres hemos sentido alguna vez que un hombre nos hizo daño y nunca enfrentó consecuencias. Vivimos en un país con niveles de impunidad enormes, así que leer a una mujer que devuelve la violencia produce una especie de reparación simbólica, aunque racionalmente sepamos que esa no es la justicia que queremos.

Pero desde que escribí Perras de reserva, alrededor de 2012, México cambió muchísimo y yo también. Antes el crimen organizado reclutaba principalmente a personas que sabían dónde se estaban metiendo: familiares, expolicías, exmilitares o gente que decidía entrar voluntariamente. Hoy vivimos una realidad distinta. Hay reclutamiento forzado de niños, adolescentes y personas adultas. Hay personas secuestradas para desempeñar funciones muy diversas dentro de las organizaciones, incluso médicos o personal especializado. Ese cambio transformó mi manera de mirar el fenómeno. Por eso Medea me cantó un corrido ya no nace desde la fascinación, sino desde la preocupación. Es un libro que problematiza la seducción que ejercen los corridos y el imaginario del crimen organizado sobre las juventudes, pero también denuncia el reclutamiento forzado y la manera en que esas organizaciones devoran la vida de quienes caen en ellas.

Creo que la tensión nunca desaparece. Sería ingenuo pensar que la literatura puede representar un fenómeno tan complejo sin sentir al mismo tiempo cierta atracción y cierto rechazo. Lo importante, para mí, no es negar esa contradicción, sino escribir desde ella y permitir que el lector también la habite.

En muchas novelas la muerte aparece como un acontecimiento extraordinario. En este libro parece casi una condición cotidiana. ¿Qué cambia en la escritura cuando la muerte deja de ser una excepción?

Pienso que en México la muerte dejó hace mucho de ser un acontecimiento extraordinario. Forma parte de nuestra vida cotidiana. Vivimos en un país con tasas altísimas de homicidio y feminicidio. Para muchos hombres jóvenes, pobres y racializados, morir por arma de fuego es una de las principales causas de muerte. La ejecución, el asesinato y el suicidio forman parte del paisaje mexicano. Es una realidad terrible, pero también profundamente normalizada.

Al mismo tiempo, los mexicanos tenemos una relación muy peculiar con la muerte. No solamente convivimos con ella, también la ritualizamos y, de alguna manera, la celebramos. Tenemos una santa, la Santa Muerte, a la que millones de personas le rezan para pedir favores, algunos buenos, otros moralmente ambiguos y otros definitivamente malos. Es una figura profundamente popular entre quienes sienten que Dios los abandonó o nunca los miró.

También celebramos el Día de Muertos. El primero y dos de noviembre ponemos altares, visitamos los cementerios y les llevamos a nuestros muertos aquello que más disfrutaban en vida: tequila, cigarros, mole, cerveza, juguetes o incluso las croquetas de nuestras mascotas. Creemos que durante esos días regresan a visitarnos y queremos recibirlos como si todavía estuvieran aquí.

Pero esa relación también aparece en la manera en que despedimos a quienes mueren hoy. Cada vez es más común que en los funerales de jóvenes asesinados por la violencia haya bandas norteñas tocando corridos, que se les haga una última fiesta o incluso una última parranda. Hace poco, en la feria de mi pueblo, llevaron un ataúd, presuntamente con el cuerpo del difunto, porque ese era el lugar donde más le gustaba estar. Quisieron despedirlo llevándolo una última vez a disfrutar la feria.

Hay una canción que suele sonar mucho en esos funerales, Mi último deseo. Habla de alguien que sabe que va a morir y que, antes de vestir de negro a toda su familia, quiere irse celebrando la vida. Me parece profundamente revelador que una canción así se haya convertido casi en un himno funerario para muchas comunidades atravesadas por la violencia.

Creo que, después de contar tantos muertos y de enterrar a tantas hermanas, hijos, padres y amigos, desarrollamos mecanismos para no dejarnos destruir por el dolor. Transformamos el duelo en celebración, no porque la muerte deje de doler, sino porque celebrar la vida de quienes se fueron se vuelve una manera de seguir viviendo nosotros. Eso inevitablemente cambia la escritura. Cuando la muerte deja de ser una excepción, ya no necesita ser presentada como un gran acontecimiento dramático. Se convierte en el clima donde viven los personajes. Lo extraordinario deja de ser la muerte y empieza a ser la posibilidad de seguir viviendo, de amar, de hacer planes o de encontrar momentos de ternura en medio de tanta violencia.

Quienes escribimos sobre muerte o violencia terminamos enfrentando una contradicción incómoda: necesitamos mirar aquello que nos horroriza sin convertirlo en espectáculo. ¿Cómo negocias esa frontera cuando trabajas con materiales tan extremos y tan cercanos a la experiencia real de las personas?

Creo que la diferencia está en desde dónde miras la violencia. Yo no escribo sobre un mundo que me resulta exótico ni ajeno. Escribo sobre el lugar de donde vengo. La violencia que aparece en mis libros no la conocí leyendo el periódico; la conocí porque forma parte de mi historia familiar, de mi comunidad y de mi país. Eso no me vuelve inmune al riesgo de estetizarla, pero sí me obliga a preguntarme constantemente para qué estoy contando una historia.

No creo que exista una regla que permita separar claramente la denuncia del espectáculo. A veces una escena que para mí es profundamente dolorosa puede resultar fascinante para un lector y yo no tengo control sobre esa recepción. Lo aprendí con Perras de reserva. Yo escribía desde la rabia y muchas lectoras terminaron encontrando una especie de justicia simbólica en personajes que ejercían violencia extrema. Eso me obligó a revisar mis propias preguntas como escritora.

Con Medea me cantó un corrido mi preocupación ya era otra. Me interesaba menos representar la violencia y más preguntarme qué hace posible esa violencia. ¿Qué lleva a un niño a convertirse en sicario? ¿Qué pasa con las madres que buscan a sus hijos? ¿Qué ocurre con quienes sobreviven? ¿Cómo se vive en un país donde la muerte se volvió paisaje?

Creo que el verdadero riesgo aparece cuando la violencia se vuelve un decorado, cuando solo sirve para impresionar al lector. A mí me interesa que siempre tenga consecuencias. Que cada muerte deje un vacío, que cada desaparición transforme una familia, que cada acto violento revele una estructura de desigualdad, de abandono estatal o de precarización.

No escribo para que el lector admire la violencia. Escribo para que entienda que detrás de ella hay personas. Y que esas personas podrían haber sido cualquiera de nosotros si hubiéramos nacido unos kilómetros más allá, en otra colonia o en otra familia. Creo que ahí, más que en cualquier regla estética, está mi brújula ética como escritora.

Hay mucha rabia en el libro, pero nunca parece una rabia descontrolada. Da la impresión de que está muy dirigida, que sabe exactamente dónde golpear. ¿Qué cosas crees que se entienden mejor desde la rabia que desde la serenidad?

A mí me ha enseñado mucho más la rabia que la serenidad. Yo siempre digo, medio en broma y medio en serio, que primero muerta que hacer yoga o ponerme a meditar. Yo primero tiro los vergazos y luego reflexiono. Así funciona mi cabeza.

Las mayores epifanías de mi vida no han llegado en momentos de calma. Han llegado cuando he sentido una rabia inmensa. Son esos momentos en los que siento que Dios baja del cielo a decirme algo o que mi abuela se sienta junto a mí y me dice: «Pinche chamaca pendeja, ya date cuenta». Porque mi rabia nunca aparece de la nada. Siempre viene de un lugar muy específico: de la injusticia, de la traición o de la deslealtad.

Cuando alguien me traiciona, cuando alguien no responde con la misma lealtad que yo ofrecí o cuando veo una injusticia, siento una rabia enorme. Pero esa rabia, lejos de nublarme, suele darme muchísima claridad. Muchas de las decisiones más importantes que he tomado nacieron de ahí. Me ha permitido darme cuenta de que estaba idealizando personas, colectivos o espacios que yo creía que eran mi comunidad.

Yo vivo acoso en redes sociales todos los días. Todos los días. Y eso también te enseña quién salta por ti y quién no. Sé perfectamente quiénes han estado conmigo cuando más lo he necesitado y quiénes prefirieron guardar silencio. Esa rabia de descubrir que tú has dado tanto por un espacio y que ese espacio no es capaz de sostenerte cuando te toca a ti recibir el golpe ha sido profundamente reveladora. Me dio la lucidez para abandonar lugares donde probablemente habría permanecido por lealtad, por agradecimiento o por costumbre.

Creo que la rabia tiene muy mala fama porque solemos asociarla con perder el control. Yo no la entiendo así. La rabia es una emoción profundamente política. Es la emoción que aparece cuando identificas una injusticia. Si no sintiéramos rabia frente a ciertas cosas, probablemente significaría que dejamos de indignarnos.

Después, claro, hay que pensar qué hacemos con esa rabia. Puede convertirse en violencia o puede convertirse en literatura, en activismo, en organización o en decisiones difíciles. Pero esa primera sacudida, esa lucidez brutal que te da la rabia cuando te obliga a ver las cosas como realmente son, a mí no me la ha dado ninguna otra emoción.

Hay personajes que toman decisiones extremas, incluso monstruosas, y aun así nunca parecen convertirse completamente en monstruos. ¿Qué es lo que te interesa sobre escribir personajes que desafían la idea cómoda de víctima y victimario?

Porque yo soy muy así. Creo que todas las personas somos capaces de hacer cosas que, contadas fuera de contexto, nos harían parecer monstruos. Si la gente confesara con absoluta honestidad las decisiones que ha tomado para protegerse a sí misma o para proteger a las personas que ama, descubriríamos que casi nadie es tan bueno como le gusta pensar.

En México hay un programa muy famoso de entrevistas, el de Jordi Rosado, donde la broma es que ahí se han confesado más delitos que los que ha logrado investigar el Ministerio Público. Y creo que esa broma funciona porque cuando la gente siente que está en un espacio de confianza deja de intentar parecer buena. Empieza a contar quién es de verdad.

A mí me interesa escribir desde ese lugar. Mis personajes hacen cosas terribles porque las personas hacemos cosas terribles. No me interesa escribir héroes morales ni víctimas perfectas. Me interesa escribir personas.

Creo que, además, yo tengo una diferencia muy marcada entre mi moral y mi ética. Mis estándares morales probablemente son bastante bajos. Entiendo que hay personas que, llevadas al límite, pueden hacer cosas extremas. En cambio, mis estándares éticos son muy altos. Hay cosas que no estoy dispuesta a negociar jamás. Por ejemplo, la lealtad, la defensa de quienes están en una posición de vulnerabilidad o ciertos principios políticos. Yo soy perfectamente capaz de terminar una amistad de muchos años por una diferencia ética que considere irreconciliable.

Esa contradicción también está en mis personajes. Son personas capaces de actos de enorme ternura y, al mismo tiempo, de enorme crueldad. Porque así somos los seres humanos. A veces pareciera que la literatura contemporánea solo nos ofrece dos opciones: víctimas absolutamente inocentes o villanos absolutamente perversos. A mí esa división nunca me ha parecido honesta. La realidad está llena de personas que han sido víctimas en un momento de su vida y victimarias en otro. Personas que hacen cosas extraordinariamente generosas y también profundamente miserables.

Creo que mis personajes simplemente se parecen a nosotros. No intentan quedar bien con el lector ni demostrar que son buenas personas. Solo intentan sobrevivir, querer, equivocarse, defender a los suyos y cargar con las consecuencias de lo que hacen. Ahí es donde, para mí, empieza la literatura.

Muchas veces se habla del narco como si fuera una realidad paralela, pero leyendo el libro uno entiende que atraviesa la vida cotidiana de formas mucho más complejas. ¿Qué cosas siguen sin entender quienes observan ese fenómeno desde afuera?

Creo que lo primero que no se entiende es que el narco no es una realidad paralela. No es una serie, no es una estética, no es un género musical, no es solamente un señor con camioneta blindada y camisa cara. El narco atraviesa la vida cotidiana de muchísimas formas, incluso de personas que creen que no tienen nada que ver con eso.

A veces se habla del narcotráfico como si fuera un mundo aparte, pero en México se mezcla con la economía, con la política, con la familia, con la música, con el consumo, con el deseo de movilidad social y con la ausencia del Estado. La narcomáquina no funciona solamente porque haya personas malas haciendo cosas malas. Funciona porque hay territorios abandonados, juventudes sin futuro, familias precarizadas y un Estado que muchas veces llega tarde, llega mal o llega únicamente para castigar.

También creo que desde afuera se entiende muy poco la dimensión aspiracional. Para muchas personas, sobre todo jóvenes pobres, racializados o de barrios populares, la promesa del narco no es únicamente dinero. Es respeto, pertenencia, reconocimiento, ropa, carros, mujeres, poder, una forma de existir en un mundo que de otra manera los vuelve invisibles. Eso no significa romantizarlo. Significa entender por qué seduce.

Y creo que también se entiende poco el miedo. Porque una cosa es hablar del crimen organizado en abstracto y otra muy distinta es vivir en territorios donde todo el mundo sabe quién manda, qué se puede decir, qué no se puede decir, a quién no mirar, por dónde no pasar, de quién no enamorarse, qué fiesta no aceptar, qué favor no pedir.

El narco no está afuera de la vida cotidiana. Está adentro. Entra por la música, por la familia, por el trabajo, por el barrio, por la política, por la policía, por la economía informal y también por el deseo. Por eso me interesa escribirlo no como una anomalía, sino como una estructura que organiza la vida de muchas personas.

Ahora que el libro llega a Chile, me pregunto por la mexicanidad de esta obra. Obviamente aparecen el narco, los corridos y ciertas coordenadas culturales muy específicas, pero debajo de eso también hay precariedad, abandono estatal, desigualdad y violencia cotidiana. ¿Qué te interesa que un lector chileno reconozca como cercano y qué te interesa que permanezca inexorablemente mexicano?

Creo que Medea me cantó un corrido fue muy bien recibida en Colombia porque compartimos una historia muy parecida en torno a las organizaciones multicrimen, los conflictos armados y las discusiones sobre cómo pacificar un país. Compartimos preguntas muy similares sobre el punitivismo, la reparación del daño y las posibilidades reales de construir paz.

Con Chile el contexto es distinto, pero creo que hay muchas cosas que sí dialogan. Me parece que las lectoras y los lectores chilenos van a reconocer la precariedad, el abandono estatal, las violencias estructurales y la herencia colonial que compartimos prácticamente todos los países latinoamericanos. También creo que van a reconocer algo muy importante: la memoria. México y Chile tienen historias diferentes, pero ambos saben lo que significa vivir con ausencias, con personas desaparecidas y con sociedades que siguen intentando procesar violencias que el Estado no siempre ha sabido reparar.

Y luego están las cosas que sí quiero que permanezcan profundamente mexicanas. Quiero que conozcan los corridos. Yo soy como testigo de Jehová, pero de los corridos. Voy por el mundo preguntando: «¿Tiene un minuto para hablar de los corridos?». No cualquier corrido, claro; tengo mis corridos pedagógicos. Me parecen una herramienta narrativa extraordinaria para entender cómo una sociedad cuenta sus héroes, sus tragedias y sus contradicciones.

También me interesa que conozcan nuestra relación con la muerte, con la Santa Muerte, con los altares, con los rituales funerarios, con esa manera tan mexicana de convertir el duelo en una celebración de la vida. Son cosas profundamente nuestras y me gusta que la literatura pueda viajar llevándolas consigo.

Pero, si soy completamente honesta, creo que lo que más ha conectado con lectoras y lectores de otros países no ha sido ni el narco ni los corridos. Me pasó en Francia. Yo veía a aquellas señoras francesas, blancas, católicas, de clase alta, de sesenta o setenta años, y pensaba: «¿Qué podrían tener en común conmigo?». Y, sin embargo, encontraban exactamente lo mismo que encuentran las lectoras mexicanas. Encontraban la rabia femenina.

Creo que esa es la parte más universal de mis libros. Esa rabia que nace de la injusticia, de la traición, del abandono y de las promesas incumplidas. Pero también encontraban otra cosa que me importa mucho: la ternura.

Porque, incluso cuando mis personajes están llenos de rabia, siguen siendo capaces de cuidar, de amar y de proteger a los suyos. Creo que esa mezcla de rabia y ternura es mucho más universal que cualquier frontera o cualquier contexto nacional. Y quizá por eso mis libros siguen encontrando lectoras en lugares donde, en teoría, no compartimos la misma historia.

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