Texto leído por Cristian Salgado Poehlmann en la presentación de La naturaleza del color (Pez Espiral, 2026), el último libro de poesía de Eduardo Serrano.

Establecimos un vínculo por primera vez en marzo en 2007. Éramos estudiantes de primer año de literatura en la Universidad Diego Portales, en calle Vergara, centro de Santiago, cuando caminábamos de regreso hacia la facultad, no recuerdo desde dónde, pero sí la conversación, que por supuesto no versó más que sobre un par de clichés.

Éramos parte de los vejestorios de esa generación. Años que recuerdo como de gloria, hermosos y que atesoro en el fondo de mi corazón. Jamás nos portamos bien.

Fue él quien se acercó a mí. Sin darme cuenta, en esa oportunidad, Eduardo me estaba mostrando una parte importante de su carácter. Importantísima, en realidad. Y es esa parte, precisamente, la que me tiene hoy aquí, sentado a su lado y frente a ustedes. Y es que dentro de esa imagen que en primera instancia proyecta, como de tipo ensimismada, apartada de los asuntos prácticos de la vida, que no rompe un huevo, se esconde una contraria, ágil y hacedora, paciente, muy próxima a la del obrero. Eduardo no es esa persona, ni mucho menos ese poeta, de las grandes gestas, volverse héroe de un día para otro, sino uno que busca el trabajo por acumulación, silente, abandonado, como una hormiga un tanto crecidita. El hombre se esconde en su subsuelo y desde allí oficia. Solo, sin pertenecer a grupos literarios, sin buscar el reconocimiento de sus pares. Le interesa la literatura y nada más.

Leí La naturaleza del color (2026) por primera vez en el verano, febrero, para ser más específicos, en una versión diferente a la actual. Me puse contento de que Eduardo me considerara para hacerle comentarios respecto de lo que podía considerar pertinente. Ya habíamos trabajado juntos sus dos libros anteriores, Gigante Magallanes (2023) y Archipiélago (2024), con una crítica y una entrevista, lo que de alguna manera reavivó nuestra comunicación, que se había visto resentida por aquello que llaman vida.

No cuento esto a la ligera. Pasa que con Eduardo nos fuimos formando a través de un mismo taller literario que empezó cuando estábamos en la universidad. O más que formando, practicando. Porque esa era en realidad la finalidad de esas juntas, que no eran del tipo guiadas con tutor, sino horizontales, extremadamente libres, con los pros y contras que esto conlleva. Toda la primera época de ese taller se desarrolló en una fuente de soda, la de la China, como le decíamos, y creo que hasta el día de hoy algunos le siguen diciendo, ubicada en Carlos Antúnez con Nueva Providencia. Aunque en realidad ese taller partió como una extensión de otro que hacíamos capitaneado. El piloto era Diego Muñoz Valenzuela, narrador, y lo hacíamos en su oficina en Providencia, al lado del metro Pedro de Valdivia. Después lo abrimos a mis compañeros de universidad y ahí entraron poetas que actualmente publican, como Eduardo y Cecilia Gajardo.

Me atrevo a decir que por aquel entonces Eduardo Serrano, en tanto poeta, era otro. Pero uno muy otro. Por eso pienso que me sorprendí tanto al leer Gigante Magallanes, su segundo libro, que a estas alturas, como dije antes, volvió a ponerle carbón a nuestra relación, chamuscada por equis o y o zeta, o JC Sánchez, quien en esos tiempos operó como un mafioso.

Esto puede sonar de perogrullo, pues todo ser humano está en conversión permanente, pero la manera en la que Eduardo entendía el objeto poético era muy distinta en los tiempos de aquel taller.

Para simbolizarlo en una imagen, se trataba de un poeta que perseguía sus escritos con una ansiedad desmedida, sin filtrar demasiado, al punto de que resultaba contraproducente con la calidad de su propia producción. Exagerando y sin exagerar al mismo tiempo, Eduardo llegaba al taller con textos escritos en el reverso de una boleta de bar que trataban acerca de escribir poesía en el reverso de una boleta de bar. Esa energía, siempre presente en él, y que lo acompaña hasta el día de hoy, es la que me sorprendió cuando leí Gigante Magallanes por primera vez: encontré a un Eduardo potente, poderoso. ¿Y qué quiere decir esto? Que toda esa energía despatarrada del poeta todavía joven que escribía en las boletas de bares, ahora estaba canalizada a través de un proyecto contemplativo calmo, mediado por un ojo que le había permitido separarse de las distracciones, por así decirlo, superfluas.

Con La naturaleza del color, Eduardo cierra una trilogía en la que finalmente pudo conectarse en su relación como autor con el mundo que lo rodea y reescribirlo a su manera, ya no imitándolo según el ojo, sino enunciándolo a partir de cómo solamente se puede ser dicho –ya no visto–, algo trascendental cuando se escribe poesía.

Es por lo anterior que el poema “Acordes cromáticos”, de La naturaleza del color, se vuelve tan importante si hacemos coincidir pasado y presente de la vida de Eduardo, de su evolución como escritor. Quizás él no lo sabe, pero escribió parte de su biografía como poeta en un poema: “De pronto se vuelve necesario/ moverse al ritmo/ de las cosas lentas// salir de la velocidad habitual/ para entrar en lo que vive y se adhiere/ a la corteza de los árboles,/ bajar de golpe/ del cielo a lo microscópico.// De pronto se vuelve inevitable/ mirar las cosas/ desde otra altura/ como dejar que la mano/ de la hija pequeña/ te lleve de vuelta a la naturaleza/ entre las piedras,/ la tierra y los arbustos,// dejar que te lleve a observar/ la conducta alada/ de algunos insectos,/ o probar la sequedad/ y la aridez del polvo,// o mirar desde cerca/ la cabeza campanulada/ de ciertos hongos.// De pronto se hace necesario/ aprender el ritmo/ de las cosas lentas// como palpar la textura porosa/ de algunas hojas/ u observar de cerca/ la naturaleza del color/ que nos envuelve”.

Tiempo después, el taller que hacíamos en la fuente de soda de Carlos Antúnez con Nueva Providencia se intentó profesionalizar de algún modo y se llevó a las dependencias de la SECH, pero siempre manteniendo su independencia. Por ahí, además de Eduardo y Cecilia, pasaron figuras que hoy están bastante bien posicionadas en el panorama literario: Andrés Montero, como narrador, y Juan Carlos Cortés, como director de Abducción Editorial.

Pienso, y aquí entro en el mero campo de la conjetura, que el ojo de Eduardo, como lo conocemos hoy, se afincó a partir de dos sucesos vitales. Primero, su trabajo de tesis junto a Felipe Cussen. A partir de ahí Eduardo inicia un camino nuevo. O nuevo es tal vez demasiado dramático. Digamos que distinto. Que cambia. Ahí empieza a cambiar. Paulatinamente, claro está. Es su intenso merodear a partir de la deriva y ese irse de cabeza hacia los mapas lo que le permitió, paradojalmente, comenzar a fijarse, a ser un mejor lector y, por ende, un mejor escritor. Si bien esto no está todavía patente en Mapa de guerra (2015), su primer libro, pero sí se huele un camino a. Este poeta flaneur que Eduardo era, que se dejaba sorprender rápidamente por el universo y sus simplicidades, de pronto empezó a dejar de serlo. Y lo suyo se volvió la medición más que el tránsito. Eduardo ya había caminado lo suficiente. Ahora le correspondía ver cuánta suela había gastado. Dicho de otro modo: el cómo el recorrido afecta y dónde. Y también cuándo. El recorrido por sí solo pasó a ser instrumental.

El segundo suceso es uno de orden familiar. Y está plasmado en un poema de La naturaleza del color. Se llama “El sentido del tacto”. “Cuando la hija corre a tocar/ el lomo elástico del gato/ y hunde su mano/ en el blando pelaje del felino,// no llega jamás a tomar contacto/ con la flexibilidad de su cuerpo,/ sino que solo alcanza a palpar las rápidas vibraciones que se impugnan,// solo la velocidad/ de microscópicos granos de arena/ que se destruyen/ trazando órbitas indescifrables.// Cuando la hija se apresura a tocar/ el lomo del gato/ y desliza la palma de su mano/ en la línea curva de su cuerpo,// no llega a palpar nunca/ su textura y complexión dinámica,/ solo percibe la interacción/ de corrientes de aire y electricidad/ que los envuelve,// porque ambos están hechos de vacío/ y hay un espacio minúsculo/ que separa al cuerpo de la mano,/ entre los dedos y el terciopelo del felino,// y aunque la niña siga el sinuoso lomo/ con la palma de la mano/ o la flexible columna con la yema de los dedos,/ sus valles interiores/ ya se encuentran entrelazados”.

Aunque está de más decirlo, pues el escrito habla por sí solo, la aparición de los hijos es capaz de generar estas instancias lingüísticas que solo el poema mediante el poeta puede hacer aparecer. Un hombre padre no genera la palabra de la misma forma que un hombre a secas.

El otro día estaba leyendo el último libro de Soledad Bianchi, que se llama Entre puntos de lectura. Allí sale una cita. Bueno, el libro es en general un gran compendio de citas y anotaciones de la propia Bianchi. Pensando en mi amistad con Eduardo, esa amistad universitaria de segunda mitad de los 2000, hay una cita de Descartes que bien podría haberla dicho cualquiera de los dos en ese entonces y explicarnos así por qué nos hicimos amigos: “Los malos libros provocan malas costumbres y las malas costumbres provocan buenos libros”.

Una vez, hace un año, después de leer Archipiélago, el tercer libro de Eduardo, le hice hincapié en que los sueños parecían importarle. “Son de importancia decisiva –me respondió–, ya que en los sueños se manifiestan temores y también anhelos que muchas veces se convierten en material de creación debido al lenguaje simbólico en el que se manifiestan. Además, esconden una serie de emociones que la voz lírica intenta reproducir en el texto”.

Esta tendencia hacia lo onírico es algo que Eduardo no abandona en La naturaleza del color. Y en esta ocasión es capaz de extenderla hacia otra voz. Se trata del poema “Amanecer”: “Despierta papá/ todavía es de noche/ y no ha parado de llover.// La casa parece flotar,/ como si estuviéramos a la deriva,/ en el océano.// Despierta papá,/ he tenido un sueño:// la casa era un bote/ balanceándose al ritmo de las olas,/ mientras navegábamos/ por una ciudad cubierta de agua,// techos y postes sumergidos/ moviéndose bajo el mismo pulso y a lo lejos los relámpagos en el cielo.// Me quedo quieta, papá,/ Escuchando si el agua/ también entra/ en nosotros”.

Imaginemos que como humanidad nos enfrentamos a un gran desastre, natural o no, a partir del cual se destruyen buena parte de las bibliotecas, públicas y privadas. Puede ser un incendio, un terremoto, una bomba nuclear, un marepoto, etcétera. Ante un escenario como este, traigo a colación a Joseph Joubert, un moralista y ensayista francés del sigo XIX, quien dijo: “Cuando ya no haya bibliotecas y pocos libros estén a salvo, probablemente se ocultarán los más pequeños, los que contengan a la vez más doctrina y menos palabras, al igual que en un incendio, en un saqueo, en una huida, te llevas primero los diamantes”.

¿Salvarían ustedes, en un caso así, La naturaleza del color?

Como dijo el escritor mexicano Gabriel Zaid, “Un libro no leído es un proyecto no cumplido”.

            24 de abril. Bar Liguria Merced

Cristian Salgado Poehlmann (Valdivia, 1982). Estudió Letras. Escribe. Puedes ver una porción de su trabajo en https://linktr.ee/cristiansalgadopoehlmann y/o contactarlo para algún asunto periodístico y/o literario acá @poehlmanncristiansalgado. Fiel seguidor de Rangers de Talca.

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