Por Martín Sepúlveda B.

Hay canciones cuya historia se puede reconstruir con fechas, contratos y entrevistas. Otras, en cambio, sobreviven como sobreviven las leyendas: a punta de versiones contradictorias. Alguien asegura que fueron escritas para otro cantante. Otro dice que nacieron para un musical que nunca existió. Años después aparece el propio autor recordando una tercera historia que tampoco coincide del todo con las anteriores. Nadie parece estar mintiendo, pero tampoco nadie parece conocer toda la verdad. Todo termina cayendo, inevitablemente, en otra mitología del rock.
Pocas canciones representan mejor esa idea que «Total Eclipse of the Heart». La muerte de Bonnie Tyler sin duda tiene a todo el planeta gritando el “Turn around…” entre lágrimas, recordando una de las voces más reconocibles de los años ochenta y una de las baladas más descomunales que haya dado el pop. Pero basta con rascar un poco la superficie para descubrir que detrás de ese himno romántico se esconde una historia bastante más extraña. Una historia de egos, proyectos abandonados, vampiros y recuerdos que nunca terminan de ponerse de acuerdo.
Una de las versiones más conocidas la contó Meat Loaf durante años. Según él, Jim Steinman, su colaborador y dios del rock wagneriano, había escrito «Total Eclipse of the Heart» para el disco que ambos debían grabar después de la maravilla que fue el Bat Out of Hell. Algunos problemas legales entre el cantante y su discográfica terminaron rompiendo esa colaboración, y Steinman habría llevado dos de sus mejores composiciones a otros intérpretes: esta para Bonnie Tyler y «Making Love Out of Nothing at All» para Air Supply. Para Meat Loaf, esas canciones siempre fueron suyas, aunque jamás las hubiese llevado al estudio.
Bonnie Tyler contaba una historia distinta. Recordaba que Meat Loaf estaba furioso con Steinman por haberle entregado la canción a ella, pero que el productor le aseguró desde el inicio que siempre la había imaginado con su voz áspera, dramática, casi al borde del desgarro. Tyler nunca dudó de que la canción era para ella. Escuchó la maqueta y sintió que aquella exageración emocional, tan propia de Steinman, solo podía funcionar si era interpretada como una tragedia absoluta. Y nadie convertía una tragedia en espectáculo como ella.

Pero para conocer la verdad solo hay una fuente confiable: el hombre que compuso la canción. Cuando años después le preguntaron a Steinman por el origen de «Total Eclipse of the Heart», aseguró que la canción no había nacido pensando ni en Bonnie Tyler ni en Meat Loaf. Su verdadero origen estaba en un proyecto completamente distinto: un musical basado en Nosferatu, la clásica película muda de F. W. Murnau, en el que trabajó a comienzos de los años ochenta y que jamás llegó a concretarse. Varias de las canciones ya estaban escritas, y entre ellas había una que llevaba un nombre bastante menos ambiguo que el que todos conocemos: Vampires in Love.
Al profundizar sobre el origen y la temática del tema que ya era un hit masivo, Steinman respondió algo que parecía una broma, pero que aclaraba todo el asunto: «Si escuchan la letra, son realmente líneas de vampiros». No hablaba en metáforas. Decía que la canción trataba sobre la oscuridad, sobre su poder y sobre cómo el amor podía existir dentro de ella. Y de pronto todo empieza a calzar de una forma tan sensual como espectral.
«Turn around, bright eyes» deja de sonar como una simple súplica amorosa y empieza a parecer el llamado desesperado de alguien condenado a vivir en las sombras. El eclipse ya no es solo el fin de una relación, sino la llegada literal de la noche. Incluso el videoclip, dirigido por Russell Mulcahy, parece empeñado en conservar ese ADN gótico. Internados antiguos, niños de mirada fantasmal, palomas blancas, figuras que aparecen entre la niebla, pasillos oscuros. Nunca hay un vampiro en pantalla, pero cuesta creer que no haya uno escondido detrás de alguna columna.
Lo más increíble es que ninguna de estas historias termina anulando a las otras. Puede que Meat Loaf tuviera razón y la canción originalmente estuviera destinada a él en caso de realizar el musical. Puede que Bonnie Tyler haya sido siempre la única voz capaz de convertirla en un clásico. Puede que Steinman estuviera reutilizando una pieza escrita para un musical imposible y que jamás pensó en ninguno de ambos artistas. Las tres versiones conviven sin demasiado problema porque todas tienen completo sentido. Y eso también habla de cómo funciona la memoria cuando se mezcla con el rock. Los recuerdos dejan de ser documentos y empiezan a convertirse en relatos. Cada protagonista recuerda una película distinta, aunque todos hayan estado en el mismo rodaje.
Años después, esa genealogía vampírica encontró una forma mucho más concreta. En 1997 se estrenó en el Raimund Theater de Viena Tanz der Vampire, el musical basado en The Fearless Vampire Killers, la película de vampiros que Roman Polanski había dirigido en 1967 y que él mismo volvió a dirigir para el escenario. La música era de Jim Steinman, el libreto y las letras originales en alemán de Michael Kunze, y dentro de esa maquinaria gótica, desbordada y teatral, apareció Totale Finsternis, una nueva versión de Total Eclipse of the Heart convertida ahora sí en un dúo de amor entre Sarah y el Conde von Krolock.
Steinman contó después que su inclusión fue casi accidental: tenía poco tiempo para escribir el show, necesitaba un gran dúo romántico y recordó que esa canción, antes de ser el hit mundial de Bonnie Tyler, había nacido como una canción de vampiros. Es decir, la canción dio una vuelta larguísima por la radio, los rankings, los karaokes y la mitología ochentera, para terminar volviendo al castillo del que, al parecer, nunca había salido del todo.
Y ahí está la belleza de toda esta historia. Puede que «Total Eclipse of the Heart» sea la balada romántica definitiva de los años ochenta. Puede que también sea una canción de vampiros. Puede que haya sido escrita para Meat Loaf, para Bonnie Tyler o para un musical perdido de Nosferatu. Da un poco lo mismo. Hay canciones que dejan de pertenecerles a quienes las escribieron y empiezan a vivir de otra manera. Cambian de nombre, cambian de cuerpo, acumulan versiones contradictorias y sobreviven alimentándose de nuevas generaciones.
Como las grandes leyendas.
Como los vampiros.
Como el rock.


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