A propósito de la publicación de La patria cruda (Editorial Kindberg, 2026), el escritor Nicolás Cruz Valdivieso conversa sobre los fantasmas que recorren su literatura, las huellas del estallido social, la precariedad de la vida contemporánea y un edificio de Estación Central que funciona como reflejo de un país fragmentado.
Por Emilio Vilches Pino.
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1- Primero, una pregunta muy general sobre la estructura y el género del libro ¿Lo ves como una novela? ¿Un conjunto de cuentos que se tocan entre sí? ¿Tal vez un híbrido?
La patria cruda siempre la pensé como una novela. Desde que comencé a escribirla la vi como un todo, una obra caleidoscópica sostenida y conectada por su gran personaje protagónico, el Edificio Nuevo amanecer. En él suceden las cinco líneas narrativas del libro, las que al ser leídas en su conjunto cobran mayor fuerza que al ser leídas de manera independiente.
En mis libros de largo aliento, como el Cristo Gitano y los libros que se vienen, esta estructura coral es una marca de autor que me gusta trabajar, ya que es una estructura que imita y se relaciona con la vida, donde en nuestras propias historias somos protagonistas, pero en otras somos secundarios, y donde las existencias se cruzan, chocan y se alteran con las de las personas que nos rodean.
La manera en que construyo mis libros tiene que ver también con libros que leí en mi etapa de gestación como escritor, como Vidas cruzadas de Carver, o La vida instrucciones de uso de Perec, que eran novelas poco tradicionales que tensionaban las estructuras y coqueteaban con los géneros híbridos, o películas corales como Tiempos violentos, Amores perros o Trainspotting, que me marcaron un montón y que tenían estructuras que estaban a medio camino entre el largometraje y la suma de cortometrajes entrelazados. Esa nueva forma de narrar historias me voló la cabeza. Había algo rabiosamente contemporáneo en esas obras. Aunque, claro, en el cine nadie se preguntaba qué era lo que estaba viendo, asumíamos que simplemente era una película.
2- El carácter fragmentario de la obra parece ir de acuerdo con el concepto de “colmena” que se menciona en el libro, y no solo como metáfora del edificio, sino como conjunto de historias que ocurren al mismo tiempo, en el mismo espacio, pero casi sin tocarse. ¿Te lo planteaste así desde el comienzo o la escritura te fue llevando hacia allá?
El carácter fragmentario siempre fue uno de los sellos de la Patria Cruda. Quería sorprender al lector no solo desde las temáticas que planteaba el libro o la potencia de las historias de vida que se contaban, sino también desde la apuesta estilística y de estructura. Me parecía que el escenario donde transcurrían las historias, este enorme gueto vertical de Estación Central donde miles de vidas se viven simultáneamente, era el territorio ideal para trabajar esta fragmentación que da cuenta del caos de la vida contemporánea. Incluso en la versión original del libro, la fragmentación era mayor porque cada una de las líneas narrativas que componen la novela estaba fragmentada en tres momentos o subcapítulos. Finalmente, por un consejo editorial opté por dejar una estructura fragmentaria, pero más clásica para hacerla abordable para el lector.
3- De alguna forma el edificio Nuevo Amanecer -enorme, sobrepoblado, lleno de ruidos- es el opuesto al espacio oscuro que suelen habitar los fantasmas de la literatura. ¿De dónde viene la idea de poblar este edificio no solo de personas vivas, sino también de muertos?
Los muertos son personajes habituales en mi literatura. Se trata de muertos que se manifiestan de manera realista y que tienen tanto peso en las historias como pueden tenerlo los vivos. Muertos que se sientan a nuestra mesa y nos pelean la comida, porque tienen hambre en el estómago y el alma. Creo que eso se debe a la importancia que tuvieron los muertos en mi vida, sobre todo en mi infancia. Yo me crié en un barrio cercano a la Villa Grimaldi en Peñalolén y desde muy niño la presencia de los muertos era innegable. Estaban en las historias de los detenidos desaparecidos que nos contaban nuestros viejos y vecinos. En los cantos de la música contestataria. Estaban en la plaza mirándonos jugar a la pelota y asomados a la ventana cuando nos iban a acostar para ir al otro día al colegio. Esos muertos que la dictadura no había logrado desaparecer del todo eran parte de nuestro cotidiano y por consecuencia se volvieron parte de mi literatura.
Esos muertos que estuvieron tan presentes en mi infancia, están también presentes en la historia de Chile. Son muertos que no queremos ver. Muertos que queremos esconder debajo de la alfombra, pero que vuelven a aparecer por más que los hayan quemado o tirado al mar con rieles de tren para que no vuelvan. Esos muertos también vuelven a mis libros. Los muertos de la dictadura. Los muertos del estallido social. Esos muertos que a Chile no parecen importarle se pasean a sus anchas por el edificio Nuevo Amanecer, que funciona como una metáfora de nuestro país, donde los muertos que hemos tratado de olvidar y de sepultar porque nos resultan incómodos y molestos, se manifiestan, cobran vidas y nos encaran.
4- ¿Piensas que tu libro dialoga con otras obras chilenas que comienzan a mirar el Estallido Social como tema literario?
La patria cruda, a pesar de no ser una obra que aborda directamente el estallido social, sino una obra de ficción en que el estallido es el telón de fondo de las historias, es sin duda parte del nuevo panorama de obras literarias que en la literatura contemporánea chilena reflejan la huella que ha dejado el estallido en nuestra sociedad. En ese sentido, dialoga con otras obras que abordan desde distintas ópticas el estallido, como pueden dialogar entre sí las islas, ya que tienen características similares y versan sobre el mismo tema, aunque desde ópticas particulares. Creo que el punto común de todas es que ponen bajo el ojo crítico un momento histórico que durante los últimos años ha sido vapuleado, negado y ridiculizado, pero que se sigue sosteniendo porque todos los males sociales por los que se peleó para corregir durante el estallido social siguen estando intactos. Todas las desigualdades y miserias sociales siguen ahí y se acrecientan día a día.
Hoy, estando en el año 2026, recién se están abriendo las puertas a nivel editorial para hablar del estallido social. Probablemente eso haga que comience a generarse un cuerpo de obras sobre ese momento histórico después de un tiempo en que casi nadie quería escuchar hablar del estallido social. Recién ahora se está abriendo el papel para escuchar a las autoras y autores. Para publicarlos y hacernos cargo de este debate histórico y del rol que puede jugar dentro de él la literatura.
5- Al titular tu libro como La patria cruda, ¿intentas simbolizar al edificio como un micromapa de Chile? ¿O la elección del título va por otro lado?
El título La patria cruda fue apareciendo poco a poco frente a mis ojos durante los días del estallido social, que fue cuando comencé a dar vida a la novela. Al vivir el estallido en zona cero me tocaba vivir constantemente rodeado de fuegos y las llamas y focos de humo, me daban la impresión de que algo se estaba cocinando a donde quiera que miraras. Algo crudo estaba en proceso de cocimiento en esos cientos de fuego que nos rodeaban. Una nueva concepción de país estaba naciendo. Desde ahí nace el apellido del título. Utilizarlo era de alguna manera reivindicar la palabra «patria» pensando que los patriotas originarios fueron gente que pelearon distintas revoluciones y batallas a lo largo de la historia de Chile contra una serie de injusticias profundas de la sociedad de su tiempo y lo terminaron pagando con sus vidas. Me gusta la palabra porque no solamente define un territorio, sino una serie de coordenadas históricas, afectivas y de pertenencia que unen a un pueblo al territorio que habita.
6- La violencia, las vidas fracturadas y la muerte parecen ser algunos de los hilos conductores del libro. Pero, desde tu punto de vista, ¿hay esperanza también en La patria cruda?
Hay esperanza en La patria cruda porque hay esperanza tanto en las luchas personales como en las luchas colectivas. Los distintos personajes que habitan la novela tienen historias de vida violentas, fracturadas, marcadas por los traumas, pero al mismo tiempo dentro del caos en el que los sumerge el estallido social, encuentran cierta esperanza más allá del humo y del sonido de las hélices de los helicópteros, una luz en el fuego. Algunos van sin saberlo hacia la tragedia, pero otros encuentran un orden dentro del caos, el sentido en el sinsentido que habitan desde siempre. De alguna manera, en el descontento colectivo que explota en el estallido social se dan cuenta de que no están solos y que eso que experimentan día a día lo sienten muchos otros también.
La patria cruda es una novela que, aunque no lo diga de manera explícita, trabaja la temática de las paternidades y de hacerse cargo de las responsabilidades que tenemos en la vida. Somos una patria de guachos, donde cada uno se salva como puede. Esto se ve de distinta manera en la obra. Este mal social se traslada a los personajes. En ese sentido, es una novela que habla sobre dejar de ser hijos y volvernos padres a través del acto de responsabilizarnos de nuestras vidas y de las personas que amamos. Por eso, el final de la novela es esperanzador y existe una posibilidad de redención. En La patria cruda, por más desesperados que estén los personajes, tratarán de buscar esa redención imposible, a veces de manera aceptada y otras de manera errática.
7- ¿Cómo ves este libro en relación con tu producción narrativa en general? ¿En qué se distancia y qué puntos se conservan de tus otros libros?
Es un libro que dialoga directamente con dos de mis libros anteriores debido a su dimensión política y social, que son El Cristo Gitano, una obra de ficción ambientada en la dictadura, y Plegarias a la Virgen de la Revolución, un diario de crónicas del día a día del estallido social. También dialoga con mis libros que vendrán, los que planteo como una trilogía de la patria: que son La encerrona, que se publica a fin de año por Libros del Amanecer, un libro a medio camino entre la novela y el libro de cuentos que aborda la pandemia, la llegada del crimen organizado a Chile, el abandono político y las vidas precarizadas que la sociedad chilena prefiere olvidar. También Donde se esconde la luz, un libro de cuentos entrelazados que, a través de historias ambientadas en el barrio donde viví mi infancia durante la dictadura y la evolución de estas historias, conecta nuestro pasado político y social con la brutalidad de la sociedad chilena de hoy, donde el dinero o la falta de él decide el destino de las personas.
8- Finalmente, ¿cómo ves el estado de la narrativa chilena de estos últimos años? ¿Existe algo así como una “escena”?
Veo que es un momento histórico donde hay un montón de gente escribiendo y publicando y en el que casi cada lector está interesado también en ser escritor. Eso le da un movimiento interesante al panorama chileno actual, con esa pregunta de fondo que se hace cada tanto, que es si hay tantos lectores como libros hoy en día. En ese sentido, no sabría decir si hay una escena como tal o tal vez tendríamos que preguntarnos qué es una escena. La gran mayoría de los autores que componen ese ecosistema están en la lucha por la supervivencia y terminarán por desaparecer por las inclemencias propias del oficio. A nadie le va a importar demasiado. Es cruel, pero probablemente es algo que se ha dado en toda época. En, ese sentido, creo que nuestra escena literaria vive entre el entusiasmo y la desesperación, y es profundamente precaria.
- Nicolás Cruz Valdivieso (Santiago, 1981) es escritor, guionista y tallerista literario. Ha recibido diversos reconocimientos a nivel nacional e internacional, entre ellos el Premio Municipal de Literatura de la Municipalidad de Santiago en la categoría cuentos (2006), el Certamen Hispanoamericano de Relatos Letra Turbia (2011), el concurso de cuentos Animita Cartonera (2012), el Premio Lector al Mejor Libro de Cuentos Publicado (2015). Ha publicado la novela gráfica El golpe: el pueblo (1970-1973), junto al dibujante Quique Palomo (2014); los cuentos No le debo nada a Bolaño y otros delirios (2015) y Narraciones quiltras (2017); la novela El Cristo Gitano (2016); la bitácora Plegarias a la Virgen de la Revolución (2022) y los libros infantiles Leo/León (2018), El viaje del guarén Abelardo (2021) y De allá y de acá (2024).



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