Por Cristian Salgado Poehlmann

Texto presentado en el lanzamiento del libro El estratega (Ediciones Inubicalistas, 2026), de Gustavo Palavecino. (Cuentos. Ilustraciones de Sebastián Moncada, 84 páginas).

La tarde que leí “El estratega”, el cuento que abre el debut de Gustavo Palavecino, sin nada más que un puro subidón entusiástico, me sentí obligado a mostrárselo a un compañero rojinegro emblemático, Carlos Campos, el Fido, a quien conocí una vez que fuimos a jugar contra Lota Schwager, en Coronel. De mera suerte, nos tocó al lado en el bus. El Fido se sacó una de litro de vodka y perdimos uno a cero. Había que tomar más, sin duda, esa es la cábala que se nos olvidó cumplir.

Hoy recuerdo con nostalgia la lámpara minera del carbón eternamente encendida durante los partidos allá en la Octava Región. Mucho hemos perdido en estos años con las Sociedades Anónimas metidas en el fútbol chileno. Rangers es quizás el ejemplo más dramático de destrucción de una institución deportiva de las más tradicionales del deporte chileno. Y a nadie parece importarle.

Hace pocos días el Fido vino a Santiago. Nos juntamos en el Coltauco, un bar tradicional ubicado en Serrano con Coquimbo, centro de Santiago, y ahí conversamos sobre “El estratega”, el libro del Cabezón.

Después en casa fotografié las páginas del cuento y se las envié.

–Oye, hueón –me dijo el Fido–. Se pasó el relato. Loco, pecho apretado. Grande Chico Pascual. Y gigante Cabezón. ¡Qué buena pluma! Quedé pa’l pico, con ganas de llorar.

No le he querido mostrar otro incluido dentro de este mismo volumen, “Agua y aceite”, que versa sobre la rivalidad ranguerina y curicana. Como es un cuento con un trasfondo trágico, aunque con un final esperanzadoramente psicótico, me dio miedo compartírselo. Rangers pasa por el peor momento de su historia y repartir más mala onda no sé si sea lo que necesitamos. A estas alturas, lo único que precisamos es guarisnaque.   

Está claro: la literatura de Javier Marías y la de Gustavo Palavecino no se parecen. Eso en primera instancia. Una apela, sin ser exagerado, a asuntos grandilocuentes, no se esconde en las nimiedades de la vida, pese a que sus historias son bastante personales, en tanto aquello privado que los personajes vivencian y, más importante todavía, ocultan. La otra, en cambio, la de quien aquí nos convoca, la del líder Palavecino, practica la así llamada literatura menor. En algún punto de mi vida, conseguí apasionarme por este último tipo de escritura y, lo siguiente resulta primordial, lectura. Tuve dos grandes maestros: Paul Léautaud y Roberto Merino. Después me enamoré de la crónica de manera definitiva con Jorge Ibargüengoitía.

Los textos de Gustavo son eso: literatura casuística, en la que la ficción se mezcla con la crónica, abordando situaciones que bien podrían importarle a nadie. Tal como dice el protagonista del cuento “Un millón de años”: “Nunca he podido controlarme en lo que respecta a las anécdotas o cuestiones del imaginario popular”.

Esto, insisto, a primera vista.

Existe, no obstante, una similitud entre Marías y Palavecino, no ya desde la perspectiva escritural, sino en lo pertinente a la lectura y su ejercicio posterior, no eminentemente mecánico. Hablo sobre reverberación. Uno de los méritos que reside en ambas literaturas guarda relación con el efecto que provoca distendido ya el ojo del papel y la letra impresa, cuando el acto de leer se transforma en proyección y cuestionamiento. Sus literaturas no son agua y aceite, como diría otro de los personajes de Palavecino.

Ahora bien, ¿proyección y cuestionamiento de qué?

De aspectos de la vida que creemos blindados y que, por eso mismo, no solemos revisar. Los vemos como biológicos más que como lo que son: parte de nuestra configuración cultural.

Esto es lo que más me entusiasmó de El estratega.

Bueno, aparte de esa característica que le envidio a Gustavo: escribir y hacerlo parecer un juego de niños, con una limpieza y sencillez que rutilan.

Cuando leí El Estratega me fijé en las distintas técnicas narrativas que Gustavo utiliza para, finalmente, hacernos replantear nuestras propias trivialidades.

Y aquí surge una pregunta a mi modo de ver interesantísima: ¿existe algo más complicado de modificar, o simplemente cuestionar, que las acciones triviales que componen nuestra existencia?

Cuando leí mis primeros Marías, salí siendo otro. Con “Agua y aceite”, el cuento que cierra el libro, me pasó algo muy similar. Si bien es una historia que cualquiera clasificaría como pedestre, cumple a la perfección la teoría del cuento de Aira, la de las múltiples historias que se superponen. Y la reflexión que el protagonista hace hacia el final, se puede extrapolar a cualquier instancia de la vida, es decir, nos incumbe a todos. Dice el protagonista, luego de perder la movilidad del cuello hacia abajo: “¿era verdaderamente tan fanático como me proyectaba? ¿Era necesario sacarse la polera y cantar que había que sodomizar al rival? Arrepentirse, creo yo, vale la pena”.

En “Un millón de años” emerge el siguiente cuestionamiento: “A las finales, ¿por qué nos tiene que gustar leer? ¿Por qué nos tienen que gustar las mismas huevadas que a los profes?”. Otra situación que podemos trasladarla a múltiples episodios de lo humano.

La literatura de Palavecino es juguetona. Se mueve en un constante tira y afloja. Lanza la piedra pero esconde la mano. Es un buen tramposo. De esos que valen la pena. Como Hugo Solís, emblemático jugador y técnico de Ranguerito, conocido por sus peripecias no del todo limpias dentro del campo de juego, aunque necesarias. Y es que el fútbol, al igual que las letras de Palavecino, también se gana fuera de solamente escrito. El mañoseo es importante, obligación. Solís pellizcaba a los jugadores, les agarraba el poto, los pinchaba, etcétera. Una técnica que daba resultados, porque los rivales se alteraban y terminaban expulsados o, a lo menos, amonestados. En sus cuentos Gustavo hace algo parecido, muestra un camino tentativo, pero luego cancela los planes. Le gusta la mentira al hombre. Sus cuentos, en varios casos, parecieran estar ocurriendo en vivo y en directo. Palavecino opera a partir de las expectativas del lector.

Hoy, pero en 1985, Megadeth sacó su primer disco, el Killing is my Bussiness… and Bussiness is Good. Hoy, pero en 2026, Gustavo Palavecino presenta su primer libro de cuentos en Santiago. Mustaine y Palavecino son dos cabros diablos. Y les puedo asegurar que el refrán ese de “Más vale un pan con Dios que dos con el Diablo” es una gigantesca mentira. Que traigan la panadería completa.

Sociedad de Escritores de Chile

12 de junio de 2026

Gustavo Palavecino (Talca, 1983). Profesor de Lenguaje y Comunicación con estudios de posgrado en Didáctica de la Lengua y la Literatura. En 2018 se adjudicó el primer lugar en la quinta versión del concurso poético Jorge Yáñez Olave de Yerbas Buenas, y en 2020 obtuvo el primer lugar en el concurso Cuentos Rojinegros II, certamen organizado por la Central de Estadísticas Deportivas (Cedep) y la fundación Soñadores Rojinegros. Ha sido gestor de actividades artísticas en las provincias de Talca y Linares, y algunos de sus textos han sido publicados en antologías y revistas literarias.

“Estas ficciones articulan sus historias con personajes atrapados en delirios futboleros, en esfuerzos y recuerdos pedagógicos semi rurales o en intentos comerciales donde el fantasma del lumpen les pone trampas a los pequeños triunfos. A través de un humor simple y ladino estas nueve piezas dan cuenta de un contexto sociopolítico que parece esquivar el futuro, la memoria borrascosa del pasado, la violencia inflamada por los medios y redes sociales, o la, hasta estas alturas, lógica ley de la justicia comprada con dinero. Sin duda, El estratega, es una buena carta para violentar la aldea que aún nos habita.”  (Claudio Maldonado)

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