Por Claudio Salas

Silencios en el vestuario y comentarios en sordina durante las prácticas. La cámara enfoca a Nadal y luego a su equipo, atento a cualquier reacción de su jefe. Esta escena “preocupación-momento difícil del que hay que salir” se repite en varios momentos de la serie Rafa, la que viene a ser su declaración póstuma, y traslada a la pantalla lo ocurrido múltiples veces en la trayectoria del tenista español.
El contrapunto ayer/hoy es la trenza narrativa que hace avanzar la serie. Con seguridad quienes rodeaban al Rafa niño rápido confirmaron estar en presencia de una fuerza de la naturaleza, y que cada paso de su carrera sería historia. De ahí que la serie revele gran cantidad de material de archivo, algo que sorprende y a la vez no tanto: no grabar como se grabó hubiera sido lo extraño. Las imágenes se superponen y vemos al aún flaco y adolescente Rafael con su primera estampa: bermudas, camiseta sin mangas y pelo largo, apariencia que se yuxtapone a la del Nadal postrero, grueso y cuasi calvo, cuyo rostro aparenta mucho más que los treinta y tantos que tenía en las imágenes, como revelando que la carga emocional y sicológica tras tantos años de presión le hubiera pasado la cuenta de una manera que no se observa en sus némesis Roger Federer y Novak Djokovic. Estrellas de este nivel en cualquier ámbito siempre tuvieron biografías en formato libro, o posiblemente un documental televisado en horario prime. Hoy, es ineludible una serie, es lo que se lleva, es marketing, alimento para la marca, dinero, un masaje al ego, y además lo exige el entorno, el periodismo y nosotros, los fanáticos.
La gran pregunta ante la que el equipo creativo debió enfrentarse al reunirse con Nadal y sus cercanos fue qué se va a decir, qué se quiere transmitir con esta serie. La baraja presenta muchas cartas: la narración complaciente, la sensiblera, la efectista, o la visceralmente honesta (son las menos). Luego de ver los cuatro capítulos que componen Rafa, queda la sensación de que Nadal ha decidido presentarse ante la posteridad como el héroe que avanza a pesar del dolor -o gracias a él- elevando el dolor a categoría de doctrina, donde la satisfacción proviene de la dificultad, o sea, Nadal vendría a ser el gran masoquista del tenis. Su apuesta, su decisión, es coherente y creíble, nada de lo que aparece en la serie podría ponerse en duda. La historia de Nadal es una de combate constante contra su cuerpo, y de vueltas tras serias lesiones de las que muchos pensaban, de esta sí que no vuelve.
Sin embargo, la discusión de qué es real o no en una biografía o documental tiene larga data, y es inevitable preguntarse qué hay de cierto y qué está maqueteado en esta entrega. ¿Qué quiso mostrar o resaltar Rafael, y a qué cosas Nadal le dijo, eso no, eh? Esta duda fundamental se instala porque la misma serie va sembrando un reguero de hebras, brechas, grietas que quedan reverberando. Las continuas lesiones; el Nadal megafamoso que se atraganta con su propia saliva; el uso indiscriminado de analgésicos que le dañan intestinos y estómago; el millonario que sigue viviendo con los padres hasta los 31 años y que cuando su futura esposa le sugiere que se vayan a vivir juntos, él le responde con genuina estupefacción ¡¿por qué?!; el maniático que no pisa las líneas de la cancha en los cambios de lado; o el jovenzuelo retraído temeroso de su tío entrenador, siendo esta última, por lejos, la mayor de todas las hebras flotantes.
El tío Toni Nadal viene a ser como el personaje revelación de la temporada de una serie, el papel secundario que se roba las miradas cuando interviene, el que por momentos eclipsa al mismo jovencito de la película. Intentando generar el máximo estrés en cada entrenamiento, con un pupilo aterrado de cometer errores, y actitudes rayando en el abuso, como negar el agua la primera hora de entrenamiento (“para que aprendiera a sufrir un poco”); frases inquietantes (“Quise ser así con Rafael, porque lo respeto”); grandilocuentes (“el talento se cultiva en la calma, el carácter se forma en la tempestad”); mentiras “bíblicas” al niño Rafa (“si el rival es mucho mejor que tú, yo haré llover”) y una voz rasposa digna de El Padrino, el tío Toni por sí mismo se merece otro documental o serie paralela, algo como Better Call Saul fue a Breaking Bad. Además, como buen carácter inmanejable, nadie se atrevió a enfrentarlo. En cierto punto en que la carrera de Nadal se veía estancada, y sintiendo la urgencia de un cambio, deciden no sacar al tío Toni, pero integrar al team a Carlos Moyá. Es una forma lateral, cobardona, de manifestar la necesidad de cambio. El padre de Nadal, hermano de Toni, le informa la decisión. “Yo solo no hubiera sido capaz de hacerlo”, confiesa Rafael.

Moyá llega y relaja el método, Nadal está grande, ya no necesita que lo enderecen, lo hecho, hecho está, ahora necesita sentirse bien y que le fortalezcan la autoestima antes que le den lecciones, en su momento aquello funcionó, ahora a otra cosa. El tío Toni, incómodo, aguanta un año, al cabo del cual avisa por la prensa que se va. “No me gusta estar en un sitio donde no me siento útil”, dice. Lo anterior seguro tuvo otras implicaciones, llantos, peleas, discusiones familiares, algo que la serie no muestra. Además, la partida de Toni es fuente de nuevos temores. ¿Cómo voy a reaccionar sin mi mentor, mi creador? De hecho, la presión no desaparece, se transforma. ¿Es, por lo tanto, el mismo Nadal quien se presiona a sí mismo? ¿No era solo terror al tío? Ante esta obsesión por seguir compitiendo, la serie sincera el abuso de analgésicos. ¿Hubo otros abusos? ¿Se burló alguna otra regla? Todas estas cosas no van a decirse aquí. Masoquista sí, pero no huevón, pareciera responder Rafael.
Ahora bien, no podían faltar en esta serie los Federer y Djokovic, hubier sido como hablar de Jagger sin nombrar a Richards, a Frida Kahlo sin Diego Rivera. Cuando se creía que Pete Sampras era insuperable como el mejor de la historia, apareció Roger Federer, quien reinó sin contrapesos entre 2004 y 2008. Con la aparición de Rafa se desató la rivalidad perfecta: el suizo impoluto de elegante revés a una mano, versus el exótico zurdo tipo Rambo de tiros poco ortodoxos; el primero entrando a Wimbledon de elegante chaquetilla blanca; el segundo, saltando, listo para ir a la guerra. Los dueños del tenis dictaminaron a este como el espectáculo final-total, la rivalidad suprema, llegando a inventar absurdidades como esa porquería de la batalla de las superficies (Federer vs Nadal en cancha mitad tierra-mitad pasto). Sin embargo, a esta fiesta de lujo se coló un convidado de piedra. Cuando las invitaciones ya estaban cursadas y la mesa servida, apareció un tal Novak Djokovic, el gran entrometido. Quién es este clown que nos viene a arruinar el negocio, de un país de segundo orden de los Balcanes, retírese, sáquenlo, parecían decir los magnates, la prensa mundial y muchos fanáticos. De alguna manera, esta intromisión no se le perdona a Djokovic hasta el día de hoy, y se le siguen buscando defectos, levantando piedras, analizando al detalle sus gestos y palabras.

Si en un comienzo Federer actuaba como el dotado que pensaba que su talento era suficiente para ganar, Nadal no descuidó lo táctico, estudió las debilidades de Roger y las explotó a su favor. Sin embargo, Djokovic fue aún más allá: al análisis táctico-obsesivo le sumó la batalla en la alimentación (adoptó una dieta basada principalmente en plantas) y en lo mental (buscó centros de meditación en las ciudades donde competía). Lo anterior, más un físico privilegiado, dieron como resultado que el hermano menor del Big Three riera último y terminara desplazando a Nadal y Federer a lugares secundarios en casi todas las estadísticas. Sin esa combinación de talento, método y obsesión, no se entienden los récords y la extraordinaria longevidad de Djokovic.
Rafa, de alguna manera, revisita la obsesión de Nadal por justificar por qué no pudo ser él el GOAT en lugar de Djokovic. Ante la pregunta planteada en uno de los capítulos sobre si le molestó la extroversión del recién llegado serbio -palabra que podría intercambiarse con aparición-, Nadal titubea y de un modo extraño, incómodo, dice «no recuerdo bien si me molestaba», respuesta que parece revelar lo opuesto. Esta declaración, y la serie en general, parece continuar lo que insinuó el español en una entrevista años atrás, en la cual argumentaba que Djokovic era el verdadero obsesionado con ser el GOAT, no él. «Yo solo intenté jugar con todas mis limitaciones, con mi pie defectuoso, estuve siempre todo cagado y conseguí ganar trofeos igual, ¿se dan cuenta ahora?», parece complementar en la serie. Pero, a ver, vamos ¿alguien de verdad cree que le daba lo mismo ser o no ser el mejor de la historia? Esta premisa contradice el fundamento mismo de la serie: ganar a como dé lugar, incluso jugando torneos con un pie totalmente anestesiado. Suena como el picado que al perder dice, mmm, tampoco me interesaba tanto.
Palabras más, palabras menos, nada de lo anterior aminora lo conseguido por el grandioso Rafael Nadal, monstruo entre monstruos. Sus catorce Roland Garros son una cadena montañosa que supera el deporte. Y sí, su historia es la de un combate constante contra el propio cuerpo, de ir a por todo al 100% siempre, y de vueltas tras lesiones de las que muchas aseguraron, de ésta sí que no vuelve. Y como un toro porfiado, volvía. Después del número 1 en 2008, ganando Roland Garros, Wimbledon y el oro olímpico en Pekín, vuelve en 2010, quizás su año peak, en que conquista tres Grand Slams seguidos (París, Londres y Nueva York). En 2013 reaparece tras superar una grave lesión de rodilla. En 2017 de nuevo: vuelve a lo más alto junto a Federer. 2022 verá su último esplendor.
Rafa Nadal cultiva la contención de Federer, y al mismo tiempo desearía partirse la camiseta como Djokovic luego de ganar, o romper raquetas para descargar la frustración. Pero no lo hace; así se lo inculcó a fuego el Tío Toni. Nadal es Nadal, un hombre agobiado, lleno de tics, que se atraganta con su propia saliva, que se anestesia completamente un pie para seguir compitiendo. Que demuestra el infierno interno apenas con una mueca, como la que dibujó cuando acababa de perder la final de Australia 2012, aquella batalla extrema contra Djokovic, gesto que condensa todo el personaje: yendo a saludar el triunfo del rival con compostura y, por dentro, con ganas de despedazar a quien felicitaba. “La gente cree que yo era un ganador. Yo no soy un ganador, soy un competidor”. Eterno, Rafa Nadal.
Claudio Salas (Santiago, 1976) es músico, escritor y docente. Autor de la novela Astrolabio (2017), ha publicado además cuentos y artículos sobre música, literatura y cine. Como músico ha integrado diversos proyectos en Chile e Inglaterra y actualmente participa en la banda Salas F.C., con la que grabó el disco Territorio Virgen (2022).


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