Por Emilio Ramón

Fragmento del libro «No somos Beethoven. Una genealogía del punk antes del punk» de Emilio Ramón.


El filósofo Theodor W. Adorno planteaba hace casi cien años que existen dos grandes esferas musicales: por un lado, la “música ligera”, vinculada al entretenimiento, la repetición y el consumo inmediato; por otro, la “música seria”, encarnación del arte autónomo, exigente, complejo y desligado de cualquier concesión comercial. En esta última categoría, para Adorno, el máximo exponente era Beethoven.
Lucy Berry, hermana de Chuck, fue educada en ese modelo. A mediados de la década de 1950, pasaba tardes enteras tocando piezas de Beethoven al piano familiar, recibiendo elogios y aplausos, mientras el joven Chuck, con su guitarra y su oído puesto en las nuevas músicas negras de la época, no lograba encajar en el canon doméstico. En esa casa sonaban Beethoven y Tchaikovsky, no rhythm & blues. Por eso Chuck comenzó a enviar cartas al DJ de la radio local pidiendo canciones; un acto que hoy puede leerse como la encarnación del conflicto que Adorno planteaba entre la “alta cultura” y la “música ligera”, representados por el piano docto de Lucy y la guitarra rocanrolera de Chuck.
Cuando el rock and roll estalló a mediados de los 50 y Chuck Berry se transformó en uno de sus estandartes, no tardó en escribir “Roll Over Beethoven” (1956), tema que, en palabras de Nik Cohn, “debería haber sido adoptado como eslogan universal del rock” (82). Versionada por decenas de artistas, desde contemporáneos como Gene Vincent y Jerry Lee Lewis, hasta bandas totémicas como los Beatles y los Rolling Stones, la canción se convirtió en un símbolo de la tensión entre la música de los adultos y la de los jóvenes, algo que queda graficado de manera insuperable en el cover que hizo Electric Light Orchestra, que abre con cincuenta segundos de la 5ª Sinfonía de Beethoven antes de que entre el clásico riff de introducción de Berry y comience el rock and roll.
La letra es simple: el narrador le escribe una carta al DJ local pidiéndole que deje de poner música clásica y pase los discos que a él le gustan. Tiene una necesidad física de escuchar esa música movida, de bailar: “Tengo una neumonía rockanrolera, necesito una dosis de rhythm & blues”. Y dice en el coro: “Bueno, si lo sientes y te gusta, ve a buscar a tu amante, bailen y gócenlo. Dale la vuelta y luego muévanse. Un poquito más allá y bailen juntos”. Beethoven representa para Berry la quietud y la contemplación, mientras el rock and roll es movimiento, baile y goce.


“Roll over” es una expresión que puede significar varias cosas, pero en este contexto es “hacerse a un lado”, “moverse”. Incluso podría leerse como una invitación irónica a que Beethoven se “revuelque en su tumba” mientras escucha esta nueva música. Berry remata mandándole un recado a otro gigante de la tradición: “Hazte a un lado, Beethoven, y dale a Tchaikovsky la noticia”.
En los años 60 el mensaje fue retomado no solo por la invasión británica, sino también por varias bandas de garage rock norteamericano, entre ellas The Sonics. Estos últimos son los máximos exponentes del garage más punk de esta década, e incluyeron una versión brutal de “Roll Over Beethoven” en su LP debut Here Are the Sonics (1965), actualizándola en los códigos de una nueva generación que solo querían tocar fuerte y, en sus propias palabras, “hacer temblar la tierra bajo los pies”.
Hay montones de covers punks de la canción, como los de Mountain, The Punkles y Gee Tee. Y también llegó a Latinoamérica, a través de la banda argentina Flema, que incluyeron “Punk rock sobre Beethoven” en su disco Caretofobia (2000), aunque este no es un cover, sino una referencia, una intertextualidad. El título, que traduce literalmente «over» como “sobre”, conserva la idea de poner encima de Beethoven algo que no le rinde pleitesía; ya no el rock and roll, sino el punk rock.

La letra, escrita por el cantante Ricky Espinosa, dice: “No tengo problemas en no ser Beethoven, mis sucios tres tonos repiten esta canción. Hago lo que quiero, total no me importa. No tengo que darle a nadie alguna explicación”. Esta letra es una declaración contra la “música seria” y contra todo ideal de virtuosismo. “No tengo problemas en no ser Beethoven” es afirmar que no hace falta complejidad técnica para hacer música con honestidad. “Mis sucios tres tonos” remite al lema punk de los tres acordes que transforman la precariedad en virtud y que tan bien inmortalizó en 1977 el editor del fanzine londinense Sideburns, Tony Moon, con el dibujo de tres acordes en guitarra, con los textos “este es un acorde”, “este es otro”, “este es un tercero”, y abajo el mensaje “ahora forma una banda”.
Cuando Flema dice “hago lo que quiero, total no me importa”, retoma y actualiza décadas de desobediencia, que van desde el “¿a quién le importa?” de Eddie Cochran en “C’mon Everybody” (1958) hasta el “puedo tomar mis propias decisiones, ignoro todas las voces” de “Choices” (2021), de Amyl and the Sniffers, solo por nombrar dos extremos temporales. De hecho, la lista de canciones punk que hablan acerca de hacer lo que quieras y que no importa la opinión de los demás, es eterna.
“Punk rock sobre Beethoven” es traer el mensaje de Chuck Berry al punk. Es la misma energía, el mismo rechazo a lo rebuscado y lo tradicional, la misma defensa de la honestidad y la inmediatez. No es tanto un ataque a las figuras de Beethoven ni Tchaikovsky, sino a lo que representan: la “música seria” y la “alta cultura”, en términos adornianos. Y es curioso que hoy, cuando se intenta encontrar “el nuevo punk” en cualquier cosa que tenga un tufillo rebelde, hayan aparecido artículos y libros situando a Beethoven, Mozart y otros músicos clásicos como punks, solo porque fueron más rupturistas en lo musical o tuvieron una forma de ser más independiente.
Decir que Beethoven era punk porque era desaliñado y compuso algunas obras desafiantes, es borrar toda la cadena de circunstancias musicales y sociales que permitieron la cristalización del punk. Y también es olvidarse de que mientras estos músicos monumentales creaban sus obras inalcanzables para cualquiera que no fuera un prodigio, había montones de músicos populares que con los instrumentos que podían, hacían música que de verdad podía inspirar a quienes los escuchaban a crear lo suyo. Mientras Mozart o Beethoven tocaban en salones y cortes, el pueblo vibraba con canciones de taberna, bailes rurales, melodías urbanas callejeras, música de ferias y teatros populares. Como dice el profesor de musicología de la University of Alberta, Alejandro Carpenter, en el artículo Why Beethoven Wasn’t the Original Punk Rocker of Classical Music:


Los grandes compositores clásicos, desde Mozart en adelante, sin duda eran idiosincrásicos e individualistas, pero es muy discutible si eran punks radicalmente antiautoritarios. Puede que compusieran música que a veces irritara a sus contemporáneos, pero también escribían para la taquilla, cortejaban mecenas, buscaban popularidad y no eran anarquistas artísticos: la mayoría, incluso los más irascibles, como el ultramodernista Schoenberg, se consideraban parte de una tradición cultural más amplia y continua.


Y, algo que podemos agregar a las palabras de Carpenter: el punk es accesible, democrático. ¿O es que alguien que asistía a escuchar una obra de Beethoven salía de ahí con el mantra “yo también puedo hacerlo” en los labios? El hecho de que Adorno lo ponga como el estandarte de la “música seria” debido a su “dificultad”, ya lo responde todo.
La actitud del punk, así como su sonido y su discurso, van por un lado muy distinto, incluso opuesto. El punk trae al frente a lo imperfecto, lo desbordado. Tanto Chuck Berry como Flema —y también The Sonics, las bandas de garage y todas las bandas punk que tocaron “Roll Over Beethoven”— están diciendo que no somos Beethoven y ni falta que hace. Están declarando que aquí vienen los tres acordes y el viejo rock and roll.
Ah, y también pueden darle a Adorno la noticia.

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