En el libro Los Monstruos. Misfits y la estética del Horror Punk, Daniel Hidalgo se sumerge en los años originales de Misfits para pensar mucho más que la historia de una banda. Horror, punk, cultura pop, coleccionismo, estética y contracultura se cruzan en un libro híbrido que observa cómo un grupo nacido como anomalía terminó convertido en mito. Conversamos con su autor sobre Glenn Danzig, el humor camp, la frontera cada vez más difusa entre underground y mainstream y las razones por las que, medio siglo después, Misfits sigue siendo importante.

1- El libro se concentra en la etapa original de Misfits, con Glenn Danzig, y deja fuera las encarnaciones posteriores de la banda. ¿Por qué tomaste esa decisión?
La historia de Misfits, si bien su etapa original fue de apenas seis años, con sus distintas reencarnaciones y su impacto cultural suma cincuenta años de historia. Cuando me puse a armar el libro, me di cuenta de que mucho de su encanto como banda radicaba precisamente en su capacidad de readaptarse como mito, de replicar su propia historia. Que, de alguna manera, todo su misterio, su supervivencia y su imaginario se habían forjado en sus primeros años. Años en que se manifestaron como una anomalía dentro de la escena del CBGB, en medio de una escena fragmentada de horror punk (como The Cramps, The Damned o 45 Grave) que, de distintas latitudes, utilizaron la música, la lírica, el escenario, el vestuario, los afiches, como un nuevo soporte para el horror. No era cualquier horror, sino uno reciclado de los años cuarenta, de los cómics y el cine, y por una masificada cultura Halloween: vampiros, zombis, frankensteins. Tras su separación Jerry Only y Glenn Danzig se disputan la marca y los derechos de todo tipo sobre la banda. Tras el acuerdo, los Misfits retornan en los noventa sin Danzig –su cerebro creativo original–, con Michale Graves a cargo de las voces, y de ahí, la historia es distinta. Los Misfits ya no son la banda del underground con una historia frenética, sino una superproducción con discos que suenan bien, videoclips de altos presupuestos y giras por distintos continentes. En las reuniones más recientes con Danzig se presentan como mito, como monumentos de una época pasada. La verdad disfruté mucho indagar en sus orígenes porque la cultura de la Nueva York de los ochenta, puede ser perfectamente leída a partir de ellos, del mismo modo la historia del punk, porque pese a su importancia actual, los Misfits no aparecen en los libros y documentales que recopilan esa parte de la historia. Me pareció importante indagar en sus orígenes y contextos, y comprender todo desde ahí.
2- Este es tu primer libro dedicado por completo a la música. ¿Por qué elegiste a Misfits como punto de entrada? ¿Qué viste en la banda que te permitía pensar no solo una historia musical, sino también un problema estético y cultural?
Es un libro sobre música, particularmente sobre los Misfits, pero también es un ensayo sobre la cultura de una época, sobre el vínculo a veces borroso entre underground y mainstream, sobre el horror y sus representaciones, sobre el reciclaje cultural, sobre las imágenes, las representaciones y el rock como espectáculo. También sobre el coleccionismo y las formas en que nos relacionamos con las producciones artísticas del siglo XX, eso me interesaba mucho. Los Misfits cubrieron la última parte del siglo XX y traspasaron al XXI, es decir pasaron desde producir vinilos de copias limitadas que son muy deseados por los coleccionistas hasta los tiempos de las descargas en internet y las reproducciones en servicios de streaming. Se viralizaron en TikTok el 2024 con “Hybrid Moments”, una canción grabada en 1978. Es decir es una banda cuyo legado sigue activo. Escribí este libro pensando en ciertos libros sobre rock que me iluminaron mucho, sobre muchos temas, como Rastros de Carmín de Greil Marcus, Postpunk de Simon Reynolds y los textos más poperos de Mark Fisher. Casi todos los temas que me han interesado, incluso en mis obras de ficción, se canalizaban perfecto en Misfits. La verdad, no lo pensé demasiado, como casi todo lo que inicio, un día salió la idea de armar un libro sobre rock, y al día siguiente estaba ahí, frente al computador, escribiendo sobre los Misfits. Es que no había ninguna otra opción.
3- En el libro conviven dos miradas: la del investigador que viene de los estudios de estética y la del fan. ¿Hasta qué punto habla cada uno de esos dos Daniel Hidalgo en el libro? ¿Fue difícil separar —o no separar— la mirada académica de la experiencia del fan?
Están en una pugna constante, claramente. El investigador siempre intentó moderar la voz del fan y el fan estaba ahí para mandarlo al carajo. Fue claramente por la riqueza estética de la banda, que involucra imágenes, música y performance, que el proyecto ameritaba una investigación estética, un pensar la banda en sus símbolos y mitología más que en armar un libro informativo sobre esta. Por otro lado, un texto sobre los Misfits, también debía ser raro. Monstruoso, como indica constantemente. Tiene mucho de experimentación literaria, en el sentido de que es un híbrido entre ensayo, biografía, trabajo de archivo, historia cultural, filosofía y estudios culturales, pero con una mirada pop y contracultural, del mismo modo tiene un espíritu de divulgación de ciertas ideas sobre el arte del siglo pasado. Creo que la estética, por su amplitud como rama de estudio, es la que mejor podía encapsular el sentido del libro. La estética, es decir el estudio de las producciones culturales y la sensibilidad que esta genera, te permite armar un amplio kit de herramientas teóricas, de diversas tipologías, desde sus representaciones hasta su politicidad. Esto permite analizar objetos complejos y anómalos como Misfits. De todas maneras no me interesaba hacer un libro académico sobre punk, solo seguí la idea del punk del DIY y tomé todas las herramientas que alcancé a tomar para articular las diversas aristas de Los Monstruos.
4- Michel de Certeau planteaba que ciertos objetos de la cultura popular comienzan a ser legitimados como objetos de estudio cuando ya han perdido su peligro, cuando aquello que tenían de incómodo o amenazante ha sido neutralizado. ¿Crees que algo de eso ocurre hoy con Misfits? ¿Podemos analizarlos, museificarlos y convertirlos en objeto de estudio precisamente porque ya no resultan peligrosos?
Comparto esa mirada, sin embargo, creo que hoy más que nunca esos registros de legítimo o contracultural están más borrosos que nunca. La gran industria de la música, por ejemplo, ha logrado expandirse de tal manera que genera micromercados tan delimitados como el nicho o la contracultura de antaño, cooptados prácticamente de forma inmediata. Es por esta razón que bandas como Viagra Boys, Turnstile o incluso Misfits son parte de la parrilla de grandes festivales absolutamente comerciales como Coachella o Lollapalooza. Si bien no tienen la misma cantidad de reproducciones que el último disco de Bad Bunny ni por asomo, cubren un espacio de mercado que, en suma a otros pequeños mercados, terminan siendo tan impactantes como la canción más reproducida del año en Spotify. De igual forma, esta disputa no es nueva, pasó con los Sex Pistols cuando debutaron como el producto cultural más rentable del Reino Unido, a fines de los setenta, pasó con Kurt Cobain en la MTV de los noventa y con los Rage Against the Machine protestando contra los VMA’s, en los dos mil. El mercado tiene perfectamente estudiados y controlados estos gestos de rebeldía, como indicaba Mark Fisher, y los necesita para su subsistencia. Sin embargo, si no fuera por la gran industria musical, la contracultura de Nueva York o de Inglaterra no se habría expandido como un virus por el mundo entero, conformando sus propias comunidades locales. Piensa en el fenómeno actual del llamado género urbano, evidentemente el género musical dominante, sin embargo sus letras escandalizan profundamente a las clases ilustradas, lo mismo sus colores de piel, sus orígenes, sus imaginarios narco, su carnavalización de la violencia y la sexualización como metáfora del capitalismo, Bad Bunny tiene una letra en la que fantasea tener sexo en un probador de una tienda Gucci, el deseo ya ni siquiera es por el cuerpo o el acto sexual, sino por la apropiación del espacio de consumo. Por otra parte, su presentación en el Super Bowl de este año tenía a Trump y a la tropa MAGA tirándose las mechas. O sea, qué es el género urbano, ¿mainstream?, ¿popular?, ¿hegemónico?, ¿subversivo?, ¿capitalista?, ¿descolonizador? Entiendo que todo está planificado previamente por la industria, sin embargo, también entiendo que la contracultura siempre buscó ocupar los espacios que el sistema le brindaba, de disputarle poder incluso, llegado el momento. Es parte de su ideología y está desde sus inicios.
5- En el libro planteas que Misfits no solo cantan sobre monstruos, sino que terminan convirtiéndose ellos mismos en una monstruosidad. ¿Qué significa convertirse en un monstruo?
Todo lo relacionado a Misfits puede linkearse con la palabra monstruoso: desde lo disperso de su discografía original, por ende su archivo, su anomalía dentro de la escena con la que compartió en su época, como objeto cultural, sus rastros que sobreviven y se reescriben constantemente. Lo monstruoso se aprecia también en su relación con el tiempo, por sus referencias a los años cuarenta y cincuenta, los Misfits terminan habitando el tiempo de una manera que siempre amerita irse reactivando. Así también son monstruos dentro de la escena punk del 77 y del hardcore punk de los 80, siendo siempre una mutación. Del mismo modo, toman esta idea del monstruo romántico, ya actualizado por los cómics, por el cine B y por los relatos pulp, para convertirlo en una identidad punk. La monstruosidad es una suerte de descomposición de lo humano y las relaciones sociales, por lo tanto una nueva forma de comprender el cuerpo y la organización del mundo.

6- En Misfits conviven el horror, lo grotesco, el mal gusto deliberado y, al mismo tiempo, una vocación pop. ¿Cómo funciona esa contradicción entre lo desagradable y lo atractivo?
Como casi siempre pasó en el punk, se trata de un carnaval: violencia, fiesta, rabia, pogo y desorden. En Misfits es más evidente por el tema del horror, que se trata justamente de eso, de la pugna constante entre Eros y Tánatos. Mientras Eros representa el deseo, la vida y el placer, Tánatos es la muerte, la destrucción y la violencia. Tanto el punk como el horror hacen que estos mundos coexistan en una experiencia prácticamente indivisible.
7- Misfits proyecta una imagen muy seria: cuerpos musculosos, gestos agresivos y letras atravesadas por la violencia y el horror. Pero ¿ocupa el humor algún lugar dentro de esa estética? ¿Hay ironía, parodia o todo va en serio?
Muchos de los monstruos de Misfits son parodias, incluso los asesinos seriales, recurren constantemente a lo que podemos entender como camp. Lo que Susan Sontag consideraba una representación entre comillas, porque estaba centrada en el artificio, siempre era sobreactuada, exagerada y ridícula. Este horror camp viene del imaginario de los cincuenta, de la celebridad televisiva Vampira, por ejemplo, lo mismo el Crimson Ghost que se convierte en logo de la banda o las invasiones extraterrestres del comic pulp que los Misfits trasladan a temas como “I Turned Into a Martian” y “Teenagers from Mars”. En este sentido, lo camp no solo es una estética del mal gusto, sino que es una forma rupturista en que la cultura popular se rebela contra el buen gusto institucional. Sus mismas corporalidades musculosas refieren a eso. Hay teatralidad, parodia e ironía, es decir, mucho humor, pero no siempre tan explícito desde la lírica misma, donde hay más bien una violencia pornográfica y grotesca. Además, Glenn Danzig estaba influido por el cine B, particularmente por Ed Wood, a quien consideraba un genio. Entonces, hay una lectura del horror desde una óptica al menos absurda, en muchas de sus canciones. No en todas, claro. Las canciones de Misfits buscan en su mayoría que uno quede petrificado, tal cual un buen cuento de horror.
8- Desde tu perspectiva, ¿qué explica que Misfits haya logrado conectar no solo con el público punk, sino también con audiencias vinculadas al metal? ¿Qué elementos de su sonido, su imaginería o su puesta en escena permiten ese cruce?
Creo que Misfits fue, en sus primeros años, una experimentación total. Como indagó en las imágenes y la teatralidad, indagó también en los límites de lo musical. Incluso con el propio punk, en auge por esos años, fue rupturista. Si revisas el material previo al Walk Among Us (1982), que fue publicado mucho después como disco armado en Static Age (1997), te encuentras con un punk rock muy ramonero, pero con tendencia a lo oscuro, a pesar de ser bailable y con un formato de canción pop muy breve e intensa. Pero ya en Walk Among Us la banda ha mutado bastante, mantienen cierto espíritu festivo pero sus ritmos son veloces, sus guitarras ruidosas y raras. El disco siguiente, Earth A. D./Wolfs Blood (1983), que lo publicaron ya separados, es derechamente hardcore punk. Escena en la que se relacionaron principalmente con Black Flag, con quienes compartieron al baterista Robo, sin embargo, en ese espacio también fueron los raros de la patota. La categoría en los que se les apunta generalmente es el crossover, vinculado originalmente al thrash, pero que fue mutando al incorporar elementos del rap, el funk e incluso música electrónica. Creo que la experimentación los llevó a ser un híbrido sonoro que permite el cruce de distintas audiencias, de diversas subculturas. Y al tener también elementos extramusicales, los convirtió en un espectáculo muy llamativo.
9- ¿Qué otras bandas del mundo del punk te parecen atractivas para analizar desde lo estético y lo cultural?
Entiendo el punk como un periodo de profunda agitación creativa, social y política. Tiene este vínculo con las vanguardias de inicios del siglo pasado y de las revoluciones en su adn, por lo tanto me parece una herramienta muy útil para comprender el mundo. En el contexto del auge global de la ultraderecha, creo que el punk es un camino posible para retomar el pensamiento crítico, bajo cualquier forma que el espíritu punk haya tomado hoy. Incluso yendo al pasado, a los orígenes de la contracultura, a buscar respuestas a los problemas actuales. Algunas bandas que sospecho que sería interesantes de analizar, desde nuevas perspectivas, son The Cramps, The Residents, Butthole Surfers, Black Flag, Bikini Kill, GG Allin, The Slits, The Clash, The Pop Group, Devo, The Germs, Siouxie and the Banshees y Patty Smith. Me interesarían también los primeros años del punk latinoamericano, aunque esto es más bien postpunk, una desviación del punk estadounidense o británico. En Chile, me parecería interesante hacer algo sobre la banda Venus, de los noventa, que también parecieron no encajar en sus contextos, el auge y caída del Nuevo Rock Chileno, y tuvieron una trayectoria muy breve.

Daniel Hidalgo es escritor y profesor. Ha publicado los libros de cuentos Canciones punk para señoritas autodestructivas (Premio Mejores Obras Literarias 2012) y Fanfiction, las novelas Manual para robar en el supermercado (Premio Marta Brunet 2016) y El último pogo de Rita Maldita. En Santiago Ander publicó Play Again? Nostalgia y videojuegos.


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